Volví al futuro

Cuando veo  ‘Volver al futuro‘ 1 y 2 (¿hagamos como que la tercera parte no existe? ¿vale?), la pantalla de mi tele (vieja, nada de touch ni nada) conectada a mi equipo de DVD (me niego a que sea considerada tecnología obsoleta) adquiere las cualidades del DeLorean porque me lleva al pasado.
No de la historia de esta saga de Robert Zemeckis, con Marty McFly en plan de un tipo de Doctor Who torpe y gratamente ignorante (para la ciencia tenemos al bueno de Doc) y cambiando de novia, de la linda Claudia Wells a la maravillosa Elisabeth Shue, si no que al pasado de uno viendo en los años 80 cómo luciría el futuro: radiante y divertido y con autos voladores y con la a veces esperanzadora música de Alan Silvestri de fondo, marcando el hito de un viaje que podría traer esperanza y un mejor porvenir.
Hoy es 21 de octubre de 2015 y Marty, en ese día y año de la secuela de ‘Volver al futuro‘, saltó de 1985 a su propio futuro para cambiar su destino: evitar la ruina de su familia y la propia. Y uno, ahora más viejo, más arrugado, cuando uno vio a McFly saltando en el cine hacia ese futuro, saltamos muchos con él al abordaje de una fantasía optimista y casi de cartoon, como es el santo seña del director Robert Zemeckis que filma –personajes de carne y hueso o animaciones- como si fuera un animador de la llamada Terraza Termina, ese antro maravilloso y creativo, un rincón de los estudios Warner clásicos, cuando no había restricciones ni límites para crear la grandeza de los ‘Looney Toones’, Bugs Bunny, Porky’s y el Pato Lucas.
Zemeckis viene de esa escuela, ok, no es tan viejo, pero su obra y cuerpo de trabajo tiene esa moral y ética y es parte de la inspiración de su estilo: un maniqueo y gracioso movimiento dramático “animado” que hace de ‘Volver al futuro’ una pieza de culto, ok, lista y empaquetada para llevar para nerds de todo el mundo, pero además una pieza maestra lista y empaquetada para sorprender y derrochar ideas, geniales ideas.
Como, por ejemplo, la fecha.
Marty McFly, en la era Reagan no viaja al año 3000 si no que a la vuelta de la esquina: 30 años en el futuro porque lo que importa es lo que le va a pasar a él. A sus hijos. A su vida. Y, ergo, lo que importa es lo que nos pasa a nosotros siguiendo a ese adolescente que tanto adolece del solemne y castrador saco de la adultez.
Este 21 de octubre es una efeméride nerd, quizás un número sin importancia, pero su peso simbólico y dentro de la cultura pop es tan importante como una de las mejores ficciones del cine. Esta es una fecha hito porque, emocionalmente, como el buen recuerdo de una buena película que es, nos afecta y mucho cuando 30 años han pasado y sin DeLorean mediante, muchos hemos viajado lenta y a veces feliz y otras tristemente por la vida en dirección a un futuro que no tiene autos voladores, ni hay Tiburón 19, ni patinetas de leviten ni la sensación de la promesa de una alegría que no llegó.
En el comienzo, Robert Zemeckis creó a Marty McFly  a la imagen y semejanza de un joven llamado Eric Stolz, pelirrojo de increíble registro dramático pero sin la chispa, sin la juventud, sin lo esencial:
No adolecía de adultez.
Era un viejo chico que en el rodaje de 1984, de la primera “Volver al futuro”, resultaba perfectamente la versión vieja, encerrada en el cuerpo de un teenager, de Marty McFly. Entonces, antes de siquiera terminar la película, Zemeckis destruyó su creación y negoció con los dueños de su primera elección, Michael J. Fox, los estudios NBC y la serie ‘Lazos familiares’, para volver a ese joven petizo canadiense, bueno para la talla y fresco y juvenil.
Un amigo me decía que con el paso de los años, 30, nos hemos vuelto muchos una versión vieja del MartyMcFly de Eric Stoltz en este Hill Valley que parece Chile, con tablets, pantallas touch, drones y el futuro listo para vender en la vitrina, pero en cómodas cuotas listas para garantizar la deuda eterna de los ciudadanos y ciudadanas y mantener engrasada la maquinaria del mejor invento hasta ahora: el robo legal de ISAPRES; AFP; y demases.
Somos Eric Stoltz porque hemos perdido la magia y la chispa y la esperanza de una generación realmente perdida en ese bloque de años que el DeLorean viajó en un pestañeo, y que a nosotros nos moldeó, formateó y quitó los sueños durante treinta años, bajo un sistema feroz que nos ha convertido en Terminators, aniquilando y devorando al del lado sin conmiseración, culpa ni remordimiento.
Sí, mi amigo suena grave. Es grave el loco.
Los soñadores e ingenuos chicos de los 80 que querían imitar a Marty McFly, y que además se imaginaban llegar a adultos siendo tan cool como Han Solo, Indiana Jones, El Vengador, que se transforma en un Robot y más héroes o aventureros, este 21 de octubre de 2015 muchos de ellos no son nada más que, me decía mi amigo pesimista, gordos, avaros y apagados adultos, más adultos que el Eric Stoltz que nació viejo de carácter.
-¿Qué has dicho, Biff?
-“Gallina McFly”
-¡Nadie me llama gallina!
A McFly nadie lo llamó gallina.
Ni lo fue.
 Ese 21 de octubre de 2015, Marty McFly podría estar llegando del pasado para evitar que todo se vaya al carajo.
Pero esta realidad ¿alterna? ¿En la que Biff es el jefe?, ¿los malos son los jefes y todo está podrido? sin duda es más gris, más árida y más parecida a la realidad futurista de ‘Children of man’, de Alfonso Cuarón, una película que es como si apagaran el neón colorinche de la noche eterna de ‘Blade runner’ y te mostrarán los ‘leftovers’ de lo que quedó a plena luz de día.
En la calles vacías de alegría.
Grises.
En el triste, solitario  y final.
Si Robert Zemeckis fuera el director de cine de este presente, si este presente fuera su película, seguro nos daría esa cristiana “second chance” que le brinda a sus personajes en sus películas con Ebenezer Scrooge enfrentando los fantasmas de navidades pasadas, presentes y futuras (‘Un cuento de Navidad’), con náufragos perdidos en su propia salvación (‘Castaway’), detectives buscando redención entre toons (‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’), pilotos borrachos asumiendo su alcoholismo (‘El vuelo’) y con un niño viajando al pasado, presente y futuro y de nuevo al pasado, para que el libre albedrío no se transforme en desastre final del Apocalipsis.
La fecha.
21 de octubre de 2015.
Sí, es la fecha de una película de Hollywood, comercial, con efectos especiales y hasta tonta para tu novia o novio que no entiende lo que significa para ti.
Pero es la fecha, el día, el mes y el año, en el que debes recordar por qué nadie nunca debe llamarte gallina.
Nunca.

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