‘Vendrán Lluvias suaves’: Sueños solitarios del futuro

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Ray Bradbury es considerado uno de los escritores más influyentes del siglo XX. Escritor de ciencia ficción, fantasía y de algunos guiones de Hollywood, Bradbury fue capaz de traducir algunas de las ansiedades de su tiempo en historias de un futuro cercano y posible.

No es coincidencia que sus obras más conocidas como ‘Fahrenheit 451’ y ‘Crónicas marcianas’ estén situadas en fechas relativamente cercanas para nosotros. La distopía donde los libros son quemados por ser considerados una amenaza sucedía en 1999 y la historia sobre la colonización de Marte y sus consecuencias en la sociedad comienza ese mismo año. Un pasado de hace 20 años.

Sin embargo, de este último hay un cuento que es francamente desolador en todos los sentidos. No sólo por sus descripciones brutales y el contexto en que se encuentra, sino por la ansiedad que representa un futuro cercano. Me refiero a ‘Vendrán Lluvias Suaves’.

Vendrán Lluvias Suaves’ se trata de la humanidad a través de los objetos creados por esta. Es 2026, en Allendale, California. La guerra nuclear ha devastado el pueblo, dejándolo como otro Chernobyl y lo único que ha quedado en pie es una casa con un programa computacional que sigue la rutina dada por sus dueños originales: La familia McCellan.

La tragedia más grande se ve desde la cotidianidad de la casa, quién está prácticamente condenada a seguir los horarios de personas que alguna vez existieron. El único sobreviviente de los McCellan es su perro, quien ha pasado de un canino gordo y mimado a una sombra llena de llagas por la radiación. Y lo peor, tanto el perro como la casa insisten en llamar a los dueños, pero sólo hay silencio.

Conocemos a los McCellan sin conocerlos directamente. Vemos que las brillantes habitaciones de los niños con sus jirafas en las paredes. Sabemos lo que desayunaba la familia y  que el señor se sentaba en su biblioteca a las nueve para leer y, esta vez, al no haber nadie, la casa escoge el poema ‘Vendrán Lluvias Suaves’ de Sara Teasdale. 

Al final, la casa se termina quemando, culpa de una falla en sus sistemas. Y en un principio, pareciese que podría descansar, pero seguirá dando la fecha del suceso: 5 de Agosto de 2026 por siempre. 

Decir que el cuento es demoledor es poco. Al leerlo da escalofríos porque sabemos que lo más humano que existe acá son los recuerdos: Que alguna vez un lugar tan desolado albergó vidas comunes y corrientes.

Y en el contexto del libro, es la consecuencia de la expansión de los humanos en el planeta rojo y del egoísmo de estos.

En estos tiempos, donde la pandemia se ha convertido en un fenómeno global y cada vez más, los gobiernos autoritarios se están haciendo más comunes, los cuentos sobre la ansiedad futura se convierten en un espeluznante recordatorio de un “¿Qué tal si?”.

Este texto nos lleva a lugares oscuros. Quizás demasiados. Pero que ahora son necesarios para darnos cuenta que no podemos dejar que en seis años más, pase lo que describe este cuento. Porque aún tenemos tiempo de sentir la verdadera lluvia suave.

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