Una cosa por otra ‘El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos’

En las sagas cinematográficas hay pocas chances para las apuestas. Es jugar con fuego, o con lásers, o con embrujos en el caso del género aventuras y/o de ciencia ficción. Y son pocas las ecuaciones que realmente dan que hablar con números azules, como transformar al enemigo asesino en el bueno y héroe (‘Terminator 2‘), amputar al protagonista y cerrar con el triunfo del mal (‘Star Wars: El Imperio Contraataca‘) o cambiar desde un tufillo adolescente y brillante a un drama oscuro y marchito (‘Harry Potter: El Prisionero de Azkabán‘).
En la última producción de la trilogía de El Hobbit y porque no decirlo, de la franquicia de “El Señor de los Anillos”, hay algo así. Más sutil, más de aire, más de firma. Un cambio que puede ser maravilloso o letal según los ojos críticos de los fans y seguidores acérrimos del imaginario de Peter Jackson y J.R.R Tolkien. No sólo porque es la cinta más corta en duración, sino porque tiene otro ritmo y prioridades, quizás respondiendo a nuevos públicos o generaciones.
Vamos por partes. ‘El Hobbit: la Batalla de los Cinco Ejércitos’ evoca a un videojuego. Por donde se lo mire. Es una proyección de LOL (League of Legends), Prince of Persia, Age of Empires, God of War o incluso Mario Bross (o a las acrobacias de Légolas), que no es malo, sino diferente. Además se debe reconocer que en la mega industria de los videojuegos hoy por hoy realzan por su guión e historias.
Porque acá el espectador podrá contemplar las escenas de acción más bellas y épicas de toda la saga – y del género de cine mágico y de leyendas-, con una visualidad perfecta, atractiva y desbordante, sin dejar de lado la emoción y el corazón. Como el director de ‘Bad Taste‘ nos tiene acostumbrados.
Evadiendo las melodías a pulso y los tiempos entre parajes (ahora los caminos largos se hacen cortos), para dar rienda suelta a la lucha y la batalla desde todos los planos y escenas. Convirtiéndonos en un soldado elfo, enano, humano u orco más en la pantalla. Calentando los motores desde los créditos para una guerra colosal y trepidante. ¿La contraparte? El trabajo de los personajes e incluso de los protagonistas se reduce, sin saber incluso quién maneja los hilos del filme ¿Bilbo? ¿Thorin? ¿Bardo?; las dosis de humor son mínimas, extrañando los puntos altos de las anteriores ‘El viaje inesperado‘ y ‘La desolación de Smaug‘ donde teníamos a los 13 enanos entre chistes y porrazos, y a el pequeño Bolsón de director de dichos gags.
Y por último, los giros e importancia de ciertos hechos por sobre otros causan ruido al compararse con sus antecesoras, definiendo temas relevantes incluso antes de lo esperado. Situación que puede tener argumento en esta división en tres partes de una historia que quizás no ameritaba tal repartija, teniendo pocos arcos dramáticos para desarrollar. Por eso depende del paladar, si es uno que se regocija con la personalidad de las otras cintas de ‘El Señor de los Anillos‘ o del que busca algo nuevo, fresco y directo; eso sí , siempre dando un buen sabor de boca al sumar y restar.
Cabe destacar que ésta luce también por tener guiños y referencias a la saga fílmica madre de Tolkien, mostrando a personajes como nunca antes los habíamos visto.
Sobre su trama, y sin spoilear,  es imperante ver ‘El Hobbit: la desolación de Smaug‘, pues de inmediato se agarra del hilo del capítulo anterior, sin tomar aire, viendo como Smaug se dispone a incinerar las tierras de Bardo (Luke Evans), Thorin (Richard Armitage), el rey enano, empieza a luchar contra sus fantasmas internos de la codicia y el poder al quedarse en el dorado Erebor (situación muy bien lograda y adaptada);  y un ejército de orcos y elfos, comandados por Thranduil (Lee Rapace) y su alce (es tan genial que debe mencionarse), van a su encuentro.
Teniendo a Légolas (Orlando Bloom) y Tauriel (Evangeline Lilly) en el dilema de a quién deben responder, si a su corazón o a las órdenes; y con Bilbo (Martin Freeman) y Gandalf  (Ian McKellen) sin las fuerzas ni la presencia para tomar cartas en el asunto, el cual cada vez se pone más abominable y desesperanzador.
Una historia que tiene la premisa de la redención o la perdición de los reyes y castas, del poder y el legado personal por sobre el bien común de los pueblos y la Tierra Media. Como la canción de Los Ángeles Negros, como toda la columna vertebral de este universo.

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