Una breve caricia

La Ballena DiosEsta es una de las primeras novelas de ciencia ficción que leí. ¿A qué edad? No es importante, pero podría ser a los trece o catorce años. Pero las sensaciones permanecen frescas. Fue la primera vez que sentí aquello tan importante en el género fantástico que es “el sentido de la maravilla”, la capacidad de obtener un placer estético e intelectual a través de la relación detallada de cosas bastamente inexistentes. En la vida de un nerd, de todo nerdiano, es un momento equivalente a la pérdida de la virginidad, tan adictivo como excitante, que va disminuyendo con la edad hasta llegar a las dimensiones más humanas. Pero la primera vez es increíble.

Es cierto, temería volver a leerlo porque encontraría todos los errores y las fallas literarias que cargan las obras de ciencia ficción de la década de los 1970’s. Y no es cierto, porque volví a leerlo en mis veintes y rememoré los buenos momentos y la sensación de encontrarme con un viejo amigo, de los amigos de infancia que se ocultan detrás de un rostro de pequeñas arrugas, pero que conservan las líneas de expresión de sus sonrisas de niño.

Parece ser que es una novela de culto entre la gente que la leyó. Si se dan una vuelta por Amazon o la misma internet se encontrarán con que muchos la consideran la mejor novela de ciencia ficción dura. No llegaré a tanto, no sabría si lo fue porque tengo como dogma no elegir los-mejores-libros-para-llevar-a-una-isla. El libro forma parte de un lejano futuro y es precursora del subgénero del biopunk -dentro de esa manía de los norteamericanos de clasificar todo. La Ballena Dios, de T.J. Bass relata las aventuras de Larry Dever, un chico que se accidenta gravemente en una estúpida broma de adolescente, para ser criogenizado a la espera de una cura definitiva. Saltando hacia adelante en el tiempo, llega a una era en que los recursos de la Tierra han colapsado -sus mares, sus tierras- y la sociedad se ha ido al carajo. Existe la Colmena, en donde los hombres se han refugiado a un costo altísimo, convirtiéndose en meros peleles pálidos sin voluntad ni ganas de vivir. Existen los humanos de afuera, estabilizándose en tribus primitivas. Y existe la Rorqual Maru, una de las última cosechadoras de proteínas de la Colmena, mitad ballena mitad mecanismo, que navega los desprovistos mares tratando de entender por qué ya no puede recalar en ningún puerto. La novela rebosa de ideas brillantes, ecologismo y terminología médica, dado que su autor era cirujano, lo que no impedía que la acción se desatara y se abriera ante el lector como un vasto fresco del futuro. La novela fue lo suficientemente buena como resultar finalista en los premios Nebula y Locus, de 1974 y 1975, respectivamente.

Hace poco, hará un mes y medio, la desempolvé buscando libros que prestarle a Juan Calamares. Me quedé mirando su portada y recordándome lo mucho que la observaba cuando niño, maravillado por todas las promesas que me susurraba. El futuro murió en el año 2000, pero antes de eso era una edad cierta que venía y en la que íbamos a tener aventuras espectaculares por el espacio y por los insondables mares de la Tierra. Para mí, parte del futuro era averiguar todos los secretos de los abismos junto a Rorqual Maru. La portada era de un artista oscuro llamado Darrell K. Sweet, al que nunca he oído nombrar, pero es ampliamente conocido por haber sido elegido por Robert Jordan para ilustrar las portadas de su saga La Rueda del Tiempo. Calamares la leyó y devolvió, diciéndome luego que le parecía parte de un tiempo perdido en el que la literatura podía especular tan alegremente sobre el fin del mundo. No fueron esas las palabras, fue algo más coloquial.

El 5 de diciembre, todavía intrigado en las sensaciones que me produce la portada, me fijé que al costado inferior derecho estaba la firma del artista, que googleé y tomé el primer enlace. Llegué hasta su sitio, pero su arte no me impresionó mucho, lo siento. Sin embargo, busqué la ilustración que me obsesionaba, sin resultados. Entré en la tienda y hasta pensé en enviarle un correo diciéndole cuánto me gustaría tener colgada en mi habitación su ilustración. Volví a Google y leí el segundo enlace: “Darrell K. Sweet, 1934 – 2011 | Tor.com”. Me quedé pestañeando, pero era más que cierto. De pronto, uno se va así como así y quedan todas nuestras pertenencias botadas, todos nuestros comentarios rabiosos o felices, nuestra obra desperdigada para que otro nos escriba diciéndonos que quiere colgar a Rorqual Maru en los muros. Y no podríamos contestar, nunca más.

Solo fue el principio, porque a la siguiente semana voy y me entero de la misma manera que Juan Carlos Planells había pasado a otra vida. Y aquí tengo que ordenar mis ideas porque su presencia en mi vida ha sido la misma que la de un formador de caracter que pasa desapercibido. En la época que terminé La Ballena Dios, llegué a una revista española de ciencia ficción llamada Nueva Dimensión, en ella Planells escribía las reseñas literarias con pasión y con la certeza que la ciencia ficción también podía tener un cánon literario. Me inculcó una noción de orgullo friki, de que no podía estar penada una literatura de género que lanzaba a diestro y siniestro las preguntas que ya no se hacían desde los filósofos griegos. Su paso por otras publicaciones siempre eran del mismo tono: marejadas de pasión y precisión, las mismas que un ermitaño podría invertir en hablar sobre un cuadro que ha visto todas las noches desde hace décadas. Todos los comentarios apuntan a que él se ha llevado parte de una época que brilla ahora a distancia sideral.

La Ballena Dios tiene una precuela: Más que humano, escrita en 1971, cuando me estrellé en este planeta, cayendo desde el vientre de mi madre. Lamentablemente no tiene el mismo impulso creativo, pero está ambientada en el mismo escenario de la Colmena e igualmente fue nominada a mejor novela en el Nebula de ese año. Cronológicamente, la leí mucho después, cuando ya no me podía impresionar. T.J. Bass no escribió mucho más; en una decisión que nadie todavía explica, se alejó para tener una fructífera vida en la medicina y se le considera uno de los primeros en promover el trote como una forma de incrementar la salud y evitar los accidentes cardiovasculares. Su carrera literaria duró seis años y es muy inútil preguntarse qué más hubiera escrito porque así son las decisiones de algunos hombres, radicales y prácticas. Tal vez un bien mayor necesita asesinar a un bien menor y la literatura ha salvado muy pocas vidas comparativamente. T.J. Bass murió el martes 13 de diciembre y ya no le podré preguntar qué otras Rorqual Maru existían en su imaginación.

Supongamos que es 1984 y yo tengo trece años. Supongamos que todavía despierto con retazos de El Regreso del Jedi invadiendo mis sueños. Supongamos que deseo todo lo que huela a batallas espaciales y futurismo cromado. Supongamos que mi madre me dice que para comprar el álbum de The Queen, The Works, tengo que limpiar diariamente las estanterías del bolichito de abarrotes que nos da de comer, a cambio de una moneda de cien pesos a la semana. Trabajo durante tres semanas para juntar los trescientos que cuesta el disco en una tienda en Puente Alto y al fin puedo escuchar los tonos electrónicos, la guitarra del astrofísico Brian May y la voz aguda de Freddie Mercury. Íntimamente sé que la razón de escucharlo es su historia de un futuro gobernado por entidades que aplastan al hombre común. “Todos escuchamos Radio Ga Ga”, canta Freddie en medio del miedo a la Tercera Guerra Mundial. En las siguientes semanas, y todo a vista y paciencia de mi madre, junto el suficiente dinero para comenzar a comprar novelitas de a duro españolas, que llegaban a los quioscos chilenos. Inverosímiles relatos espaciales que terminaban con el capitán encamándose con la chica de turno, luego de derrotar razas completas de monstruos y genios obsesionados con destruir el universo, todo un cóctel de lo absurdo que se convierte en el prólogo de mi historia de lector antes del libro de Bass. De mi madre también obtengo el dinero para comprar La Ballena Dios, aunque no recuerde bien el momento. Sería fácil decir que ella es la principal culpable de mi condición nerd, pero la verdad es que no hay a quien culpar. Y sin embargo me queda la duda. A mediados de octubre de este año, mi madre parte a una tierra multicolor en donde ninguno de nosotros, los vivos, la puede alcanzar.

Mi primera impresión de todo esto fue la breve caricia, que la vida es como la ajada portada de mi copia de La Ballena Dios. Poco a poco, se va destiñendo, diciéndome adiós, cortando los puentes que me tienen unido a mis orígenes. La sincronía de estos eventos me estremece y me deja un momento viviendo entre mundos como un personajes de Fringe. Pero es un pensamiento idiota que me acorralaría en la nostalgia. Me tranquilizo y escribo esto que es la mejor manera que tengo de espantar duendes.

Como ya no importa mucho, porque sus obras están descatalogadas y no hay quien las vuelva a publicar -aunque aún se las puede encontrar en librerías de viejo en San Diego-, aquí se pueden encontrar las dos novelas que conforman el fresco del futuro que Bass imaginó en la década de los 1970’s. Son las dos novelas que están compuestas de los relatos publicados en revistas de ciencia ficción entre 1969 y 1972. Háganme un favor y léanlas con gozo, escuchando las canciones ensoñadoras de Cocteau Twins.

La muerte es un extraño componente de la vida, porque a pesar de ser el cierre final, está rondando, rodeándola, abrazándonos. Los seres vivos se acostumbran a todo y la terminan obviando, pero hay veces que la muerte se encarga de situarnos en el contexto, que todo esto no es más que un sueño dentro de un sueño en el sueño de un gigante hindú. Una breve caricia y ya estamos hablando de ella, discutiéndola, introduciéndonos y volviéndola a incorporar a nuestra memoria y experiencia. Una breve caricia y me recuerda que le debo mucho a mucha gente, tanta que ahora todos comparten un mismo rostro. Pero hay algunos a los que simplemente los seguiré recordando, aún sin la intervención de la muerte, como a esta misma novela, a Juan Carlos Planells, a T.J.Bass y a Darrell K. Sweet. A mi amada madre no es necesario recordarla, ella vive en mí.

Ballena Dios, mi copia

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