Buscando al creador: a propósito de los 30 años de Blade Runner

Este año se cumplieron 30 años del estreno de Blade Runner, pero aquí más que hablar de la película nos daremos la lata de ensayar una teoría acerca del cine de Ridley Scott, pero principalmente en torno a sus iconográficas películas de ciencia ficción.

Aquí estoy y me afianzo;
formo hombres
según mi idea;
un linaje semejante a mí,
que sufra, llore,
goce y se alegre” -Goethe-

Este pequeño extracto del poema “Prometeo” de Goethe resume de buena manera una de las obsesiones que ha llevado al hombre, durante su camino civilizado, por el desarrollo tecnológico y científico: la recreación de la vida. Pero no sólo en la ciencia, sino también en la mayoría de sus expresiones porque ¿qué es un retrato al óleo sino una mímesis o una copia de la realidad, pero a manos de un hombre?… y así con todo lo demás, el cine, la literatura, la fotografía y la más perfecta de todas, la música (donde desde el acto de copiar se pasa a una de creación pura). Todos son esfuerzos del hombre por levantarse sobre la mecánica creativa de la naturaleza y, para los más religiosos, por sobre el sometimiento a la mano divina de la creación.

En cierto modo, gran parte de las búsquedas humanas en ciencia tienen relación con buscar y encontrar el origen, con hallar ese momento en donde antes no había nada y de pronto aparece algo, en entender cuáles son las lógicas que generan ese milagro llamado “vida” o “existencia”. Y en este mismo esfuerzo es donde poco a poco el ser humano y la humanidad comienza a concebirse como una segunda naturaleza, como un mundo dentro de otro mundo, como una racionalidad que tiene conciencia de sí y que en esta autoconciencia se vuelve distinta y separada del los entes naturales.

De alguna manera nosotros, la humanidad, ya somos una especie de androide, una suerte de versión de un creador que al parecer buscaba una respuesta y que, luego de crearnos, nos dejó colocados sobre la superficie terrestre con el fin de que nos quedáramos trabajando para hallar esa enigmática respuesta, a través de los siglos y a través de las distintas generaciones. Esto último podría ser también la explicación de nuestro propio impulso de replicar el mismo gesto y la misma idea de echar a andar nuestras creaciones, para ver si en el camino y en las diversas vueltas de sus desempeños, finalmente nos devuelven una respuesta. No es tan descabellado tomar esta idea como una premisa para entender el modus operandi de nuestra civilización, pero la verdad es que esta idea se me vino a la cabeza con “Prometeo”, la película con la que Ridley Scott volvió a visitar el mundo de su inaugural cinta “Alien” y le entregó un sustento bastante más que contundente a la historia. Si lo recuerdan, en esta suerte de precuela, Scott da la pista de que aparentemente la vida de la humanidad tendría su origen en seres extraterrestres que habrían dejado nuestra cepa en el planeta Tierra y que después habrían vuelto con el fin, aparentemente, de acabar con nosotros por razones que no se explican (aunque a más de alguien se le podrían ocurrir varias razones). Ahí estaría entonces ese primer movimiento, del creador que deja que su creación marche sola con el fin de encontrar en su desarrollo alguna respuesta.

El siguiente paso estaría en que esta misma creación intentaría replicar más tarde el movimiento de su propio creador. Aquí aparece, entonces, “Blade runner”.

EN BUSCA DEL CREADOR

Ya han pasado 30 años del estreno de “Blade runner” y la película sigue envejeciendo con esa dignidad que sólo le pertenece a las cintas que han sido capaces de mirar más allá y han innovado -estética y discursivamente- el modo de mirar el futuro. Ya sea como cinta hermanada con el origen del cyberpunk o como piedra fundamental de la ciencia ficción de futuro cercano, “Blade runner” hace varias cosas como para no encasillarse bajo una simple etiqueta. Está en ella el reconocimiento, por ejemplo, a la estética del manga nipón –con todo lo que su herencia transcultural significa-, está la cita al género negro con un Harrison Ford imbuido en un estilo Humphrey Bogart, está también la crítica a las grandes corporaciones de oscuros propósitos y manejos y está, ciertamente, el ejercicio de recreación de la vida a manos del hombre. Y aquí sigue el círculo que describí más arriba. El androide rebelde (una suerte de autómata sicópata) al que enfrenta Ford, o mejor dicho Deckard, es justamente un nuevo humano (en el sentido de que es un ente que ha sido creado, aunque en este caso el término sea “fabricado”) que está viviendo el proceso de buscar sus propias respuestas, pero en lugar de crear (es decir, en vez de repetir el proceso) comienza a destruir y a buscar pistas tratando de llegar hasta su creador.

Lo curioso es que en este proceso del androide, interpretado por Rutger Hauer, donde la destrucción acompaña la búsqueda de su creador, se produce una sintonía con la película “Prometeo” cerrando así de modo coherente el círculo de ciencia ficción de la obra de Scott. Los humanos, o la historia de la humanidad, también ha sido un camino lleno de destrucción (incluso contra el propio planeta) en medio de este esfuerzo por responder a sus preguntas y por acercarse a la fuente de origen (llámese fuente de la juventud, experimentos genéticos, creación de nuevas especies, generación de energía, inteligencia artificial). Y justamente “Prometeo” muestra a esta humanidad que finalmente parece estar llegando a la fuente de origen de nuestra vida, que paradójicamente es al mismo tiempo la fuente de origen de nuestra futura destrucción.

Por esta razón esta película en cierta manera nos devuelve al mejor Ridley Scott, tal vez ya no inaugurando nuevos caminos dentro del género, pero sí al menos retomando lo que ya había comenzado con “Alien” y con “Blade runner”. Un cine de ciencia ficción que aunque esté situado en el futuro habla de nosotros mismos y de las consecuencias de nuestro propio tiempo.

 

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