Especial 100 años de Ray Bradbury, el mensajero del tiempo

Imagen: Roberto Mazuela.

Este 22 de agosto se cumplen 100 años del nacimiento de Ray Bradbury, el escritor estadounidense más influyentes de la historia moderna y en NerdNews lo celebramos regalándoles este sentido homenaje.

Tanto el talentoso escritor, Alberto Rojas como el editor y escritor de ciencia ficción, Luis Saavedra, describen en sus fantásticas columnas, la fascinación y huella que dejó el escritor de ‘Crónicas Marcianas’  en ellos, desde su infancia hasta el día de hoy. Por otra parte, nuestra editora, la adorable Paulina Arancibia, nos perfila a un autor que si bien  es reconocido por ñoños y civiles, siempre hay nuevos detalles que ayudan a conocer y comprender de alguna manera, la trascendencia de un autor. De la misma manera, nuestra colega Mariana Poblete, analiza, en su conmovedor texto, uno de los cuentos más brutales de Bradbury: ‘Vendrán lluvias suaves’.

Le mostramos lo complejo y maravilloso de un autor de fantasía y ciencia ficción, ése que consiguió la inmortalidad a través de sus historias, relatos ambientados en otros planetas o distopias que profetizaron nuestro presente y el suyo, tal como él mismo reconoció “Mi futuro se decidió cuando tenía doce años y fui a un carnaval y vi a un hombre, el ‘señor Eléctrico’ que estaba sentado en una silla eléctrica, mientras recibía shock eléctricos y me quedé parado en la plataforma y él se agachó con una espada en llamas, llena de electricidad me apuntó y me dijo ¡Vive para siempre!”

Y con este especial, es como le decimos nuevamente a Bradbury,

¡Vive para siempre! Estimado Ray.

Shadow Show’: Una sorprendente antología-tributo a Ray Bradbury

Niño viejo busca verano no muy usado, ojalá barato

Ray Bradbury y el fuego distópico de ‘Fahrenheit 451

Vendrán Lluvias suaves’: Sueños solitarios del futuro

Los marcianos llegaron ya… y ustedes van para allá

Los marcianos llegaron ya… y ustedes van para allá

No pudo completar estudios académicos más allá de la educación media, porque el trabajo se convirtió en una prioridad, pero las letras estaban presentes en su vida desde su temprana juventud. En la adolescencia, entre otras ocupaciones, vendía periódicos y por las noches se sumergía en los libros casi de manera fantástica en bibliotecas públicas. 365 días. De tal forma que Ray Bradbury nació en Waukegan, Illinois, el 2 de agosto de 1920 y, luego de diversas mudanzas familiares, en 1934 se asentó en Los Ángeles, California, aunque su imaginación lo hizo partir no sólo de época, sino que saldría al espacio y llegaría incluso a Marte.

Desde el primero de sus cuentos (‘El dilema de Hollerbochen’, publicado en la revista amateur Imagination, en 1938), sus colecciones de relatos, novelas y guiones, el estilo de Bradbury se gestó como con genes de fantasía general, de ciencia ficción en particular, y un cierto grado de costumbrismo en el que precisamente lograban impactar esos mundos extraordinarios con sitios, gadgets o condiciones distópicas no a manera de adivinación, sino de advertencia.

Es como si el autor de las ‘Crónicas marcianas’, ‘Remedio para melancólicos’, ‘Farenheit 451’ y ‘El peatón’, en la década de los cincuenta del siglo 20, a la que se remontan algunos de sus mejores relatos, dijera a los lectores y a su sociedad: van para allá, para un mundo de ansiedades, de tensiones atómicas y de mundos cósmicos que los verán pasar y extinguirse junto con sus pasiones, gustos y herramientas, como el de la lectura misma.

Y no era para menos, porque como un gran escritor de fantasía y ciencia ficción, Ray Bradbury, más que futurista, vidente o profeta, era un observador de las tensiones de su mundo. Por ello logró plasmar en sus letras un atento lienzo del miedo nuclear, de la guerra fría, de las disputas raciales, de la distorsión humana cotidiana con el culto a la máquina o la ultradependencia tecnológica que se insinuaba, en mayor o menor medida, durante la segunda mitad del siglo 20 en Norteamérica.

Lo maravilloso, y no por ello menos paradójico de su literatura, es que todas esas distopías, temores y contextos sombríos, también significaron desde el inicio una ventana para el lector, a través de la que podían fugarse a explorar mundos nuevos, desconocidos y anhelados incluso en su vida aspiracional.

¿Qué más ambicioso puede mencionarse que una colonización en Marte, justo para una especie al borde de la extinción, que revalorara los hot-dogs, la limonada en el porche en una cómoda hamaca al atardecer?

Por ello es que también se convirtió en un autor adaptable, y socorrido en formatos de radio, televisión y cine, en los que incluso participó como guionista. Rol, en que el escritor incluyó dentro de sus habilidades, la de arquitecto; cuando por casualidad, comenzó a escribir storylines para las ferias internacionales, e incluso, sus metáforas e imaginario futurista, quedaron grabadas en los textos originales de la atracción, Spaceship Earth del Epcot Centrer —inauguradoel año 1982—, estructura que también ayudó a diseñar. 

Sobre estas materias no cursadas, pero ciertas en los autores de ficción, Bradbury escribió en su ensayo ‘The Pomegranate Architect’:

“Cuando miro hacia atrás en los últimos cincuenta años de mi trabajo en arquitectura, no puedo dejar de pensar en la vez que visité la Feria Mundial ‘el Siglo del Progreso’ en Chicago en 1933. Tenía doce años, y mientras deambulaba por esa increíble ciudad que habían construido, me enamoré del futuro. Y después de salir de la feria, me fui a casa al pequeño pueblo de Illinois donde vivía y en el patio trasero de la casa de mis padres, construí edificios con papel y cartón, sin saber que dentro de treinta años, en mi propio futuro, comenzaría mi trabajo arquitectónico ayudando a construir otra Feria Mundial, la Feria Mundial de Nueva York de 1964, comenzando así mi carrera como el único arquitecto accidental del mundo”.

Y no sólo era visual en la proyección de sí mismo, su pasado y su futuro, sino que lo era principalmente, en sus personajes y en sus imágenes —bomberos que provocan incendios, un hombre con tatuajes animados, un periodista que salta de un tren a un pueblo para resguardar una noticia, pero que a la vez descubre secretos fantásticos—, sino que sus temas son de una profundidad ágil e inspiradora.

Se advierte en la fecunda literatura de Bradbury no sólo una huella personal y de autor, sino también buena parte de su explosión creativa. Con tantas historias y personajes concebidos con ritmo y energía infatigable, es imposible no escribir una buena historia de vez en cuando. Bromas aparte —porque el humor, desde luego, está cultivado por este autor como forma pero igual como fondo, pues es la manera en que muchos de sus personajes o situaciones resisten—, es un método de trabajo que es próspero en volumen (diez novelas, una cuarentena de colecciones de relatos, poesía, teatro y no ficción) y por supuesto en notoria calidad.

Los premios y diversos reconocimientos a su obra y a su trayectoria no cesaron desde los años 40 hasta el 2012, cuando el 12 de junio murió “para vivir por siempre”, como parafrasea el escritor argentino Rodrigo Fresán en Página /12. Además, hay algo que no es menos importante, a ojos de los tiempos que corren. Ray Bradbury Acertó. No se equivocó en la manera de imaginar el rumbo que tomaba la sociedad. Los cacharros tecnológicos como cepas distópicas, los totalitarismos e ideologías extremas, así como los dispositivos engrupiendo nuestra vida, son tan reales como la necesidad de un territorio virgen e inhóspito para volver a empezar, para ser pioneros y no sucumbir en nuestro ritmo cotidiano de existencia y organización social. Podría decirse, sin exagerar, que tal vez sin bailar el ricachá, pero los marcianos llegaron ya.            

‘Vendrán Lluvias suaves’: Sueños solitarios del futuro

Calificación:

Ray Bradbury es considerado uno de los escritores más influyentes del siglo XX. Escritor de ciencia ficción, fantasía y de algunos guiones de Hollywood, Bradbury fue capaz de traducir algunas de las ansiedades de su tiempo en historias de un futuro cercano y posible.

No es coincidencia que sus obras más conocidas como ‘Fahrenheit 451’ y ‘Crónicas marcianas’ estén situadas en fechas relativamente cercanas para nosotros. La distopía donde los libros son quemados por ser considerados una amenaza sucedía en 1999 y la historia sobre la colonización de Marte y sus consecuencias en la sociedad comienza ese mismo año. Un pasado de hace 20 años.

Sin embargo, de este último hay un cuento que es francamente desolador en todos los sentidos. No sólo por sus descripciones brutales y el contexto en que se encuentra, sino por la ansiedad que representa un futuro cercano. Me refiero a ‘Vendrán Lluvias Suaves’.

Vendrán Lluvias Suaves’ se trata de la humanidad a través de los objetos creados por esta. Es 2026, en Allendale, California. La guerra nuclear ha devastado el pueblo, dejándolo como otro Chernobyl y lo único que ha quedado en pie es una casa con un programa computacional que sigue la rutina dada por sus dueños originales: La familia McCellan.

La tragedia más grande se ve desde la cotidianidad de la casa, quién está prácticamente condenada a seguir los horarios de personas que alguna vez existieron. El único sobreviviente de los McCellan es su perro, quien ha pasado de un canino gordo y mimado a una sombra llena de llagas por la radiación. Y lo peor, tanto el perro como la casa insisten en llamar a los dueños, pero sólo hay silencio.

Conocemos a los McCellan sin conocerlos directamente. Vemos que las brillantes habitaciones de los niños con sus jirafas en las paredes. Sabemos lo que desayunaba la familia y  que el señor se sentaba en su biblioteca a las nueve para leer y, esta vez, al no haber nadie, la casa escoge el poema ‘Vendrán Lluvias Suaves’ de Sara Teasdale. 

Al final, la casa se termina quemando, culpa de una falla en sus sistemas. Y en un principio, pareciese que podría descansar, pero seguirá dando la fecha del suceso: 5 de Agosto de 2026 por siempre. 

Decir que el cuento es demoledor es poco. Al leerlo da escalofríos porque sabemos que lo más humano que existe acá son los recuerdos: Que alguna vez un lugar tan desolado albergó vidas comunes y corrientes.

Y en el contexto del libro, es la consecuencia de la expansión de los humanos en el planeta rojo y del egoísmo de estos.

En estos tiempos, donde la pandemia se ha convertido en un fenómeno global y cada vez más, los gobiernos autoritarios se están haciendo más comunes, los cuentos sobre la ansiedad futura se convierten en un espeluznante recordatorio de un “¿Qué tal si?”.

Este texto nos lleva a lugares oscuros. Quizás demasiados. Pero que ahora son necesarios para darnos cuenta que no podemos dejar que en seis años más, pase lo que describe este cuento. Porque aún tenemos tiempo de sentir la verdadera lluvia suave.

Ray Bradbury y el fuego distópico de ‘Fahrenheit 451’

Dentro de su extenso trabajo como escritor, esta es una de las obras que más me impactó y sobrecogió. Un título que mantiene una vigencia inalterable más allá de las hojas de papel.

Hace ya demasiadas décadas, en mis años de escolar, dos libros de Ray Bradbury abrieron una ventana llena de luz y aire fresco en medio de tantas lecturas que nunca dejaron huella. Me refiero a ‘Fahrenheit 451’ y a ‘Crónicas marcianas’, que me sorprendieron desde sus primeras páginas y cuyo recuerdo sigue vivo como el día en que los leí por primera vez.

En el caso de ‘Fahrenheit 451’, fue la aproximación a una distopía que me asombró y conmovió de una manera distinta a lo que me habían producido otros títulos semejantes, como ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley; o ‘1984’, de George Orwell.

En un futuro cercano, todos los contenidos e informaciones se consumen a través de pantallas de gran tamaño ubicadas en hogares y lugares públicos. En esa sociedad los libros impresos están prohibidos por el gobierno porque —supuestamente— hacen infelices a las personas y fomentan las diferencias entre la población. Y los encargados de “hacer cumplir la ley” son los bomberos. Esa sola idea me pareció aterradora y de una vigencia permanente.

¿Y el título del libro? Simple: 451 grados Fahrenheit (unos 233 grados Celsius) es la temperatura a la que se quema el papel.

Publicada por primera vez en 1953, desde entonces ha vendido más de 10 millones de ejemplares, está traducido a 33 idiomas en 38 países y jamás se ha dejado de imprimir. ¿Por qué? Tal vez, precisamente, por su singular trama distópica.

El protagonista es Guy Montag, uno de esos bomberos que, tras acudir a un “llamado” en el que una mujer prefiere quemarse viva con sus libros, se queda furtivamente con un ejemplar. Una decisión que le cambiará la vida para siempre a un hombre acostumbrado a no cuestionar los mensajes oficiales, la historia ni mucho menos la autoridad. Después de todo, lo que él y esa sociedad necesitan saber es lo que entregan permanentemente las pantallas ubicadas en cada calle, esquina, casa y departamento.

En 1966 la novela de Bradbury fue adaptada al cine por François Truffaut, transformándose en un clásico instantáneo. Y en 2018, la cadena HBO se arriesgó con un remake escrito y dirigido por Ramin Bahrani, protagonizado por Michael B. Jordan (‘Pantera Negra’, ‘Creed’), Michael Shannon (‘Hombre de acero’, ‘La forma del agua’) y Sofia Boutella (‘Kingsman’, ‘Star Trek Beyond’).

Hay que decirlo: el remake es bueno, sobre todo porque tomó la misma historia y la transformó en una versión para este presente, en el que —por ejemplo— los drones acompañan a los bomberos en sus misiones y transmiten los allanamientos en tiempo real a la sociedad, casi como si fueran un reality.

En 2009, ‘Fahrenheit 451’ también se publicó en formato de novela gráfica, cuyo guion estuvo a cargo del propio Bradbury, mientras Tim Hamilton se encargó de las ilustraciones.

Sin embargo, más allá de las adaptaciones, lo cierto es que esta novela mantiene su vigencia por todos los temas que aborda: la desaparición de los libros impresos (cuando se publicó aún no se soñaba con los ebooks), la fragilidad de la cultura y el conocimiento, la capacidad de reescribir la historia, así como la ignorancia como instrumento de dominación y control de las sociedades.

Pero también porque rescata lo más profundo de la esencia humana: la sensibilidad, la curiosidad y la capacidad de asombro.

En ese sentido, el mundo de ‘Fahrenheit 451’ ofrece una densidad que pocas obras de este tipo pueden ofrecer. Es difícil saber si Bradbury alguna vez consideró volver al universo que había creado en 1953, pero resulta indudable que —asumiendo que se trata de una novela icónica— no resulta difícil pensar en que podría inspirar una secuela, una precuela e incluso un spin-off. Algo similar a lo que Amazon hizo con ‘El hombre en el castillo’.

Todo esto y más encierran las páginas de esta famosa novela de Ray Bradbury, quien —irónicamente— durante años fue muy crítico de internet y de los libros digitales. Y que recién en diciembre de 2011 (un año antes de su fallecimiento) autorizó que ‘Fahrenheit 451’ tuviera una versión digital y se distribuyera en formato ebook.

Tal vez consideraba que el libro impreso, con su textura y olor, era el mejor soporte para una obra imperecedera como esta; ciertamente, una novela incombustible al paso del tiempo.

Niño viejo busca verano no muy usado, ojalá barato

‘El vino del estío’ (‘Dandelion wine’, 1957) es una novela que presagia todas aquellas novelas, y sus adaptaciones al cine, que tratan sobre la infancia misma. Todo lo que configura una infancia; el momento histórico, las primeras experiencias, la elasticidad del tiempo; se encuentran en esta novela de Ray Brabdury, que no suele ser muy nombrada. Sí, convengamos que Mark Twain se adelanta a Bradbury con ‘Las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn’, en ochenta años, y que ‘Papelucho’, de Marcela Paz, fue publicado en 1947. Pero cuando pienso en la génesis de ‘Cuenta conmigo’ (Rob Reiner, 1986) y ‘Stranger things’ (Duffer brothers, 2016), se me viene a la cabeza el nombre de Douglas Spaulding, de 12 años cumplidos, en el verano de Green Town.

No es casualidad, yo la leí un verano en Puente Alto, más o menos a la misma edad. Ha sido uno de los pocos libros a los que vuelvo para encontrar esa aura de sanctasanctórum, en la que poder ver los reflejos de lo que fui entonces. Yo quise para mí las experiencias de Douglas; esas aventuras surrealistas, fantásticas, de terror, sin tener mucha conciencia que yo viví las mías en el planeta Chile, en los años ’80s, en plena dictadura. Tal vez por eso, porque vibrábamos en una misma sintonía, empaticé con el personaje, que no es otro que el mismísimo Ray en 1928.

A Bradbury no lo puedo ubicar en qué momento le conocí. Quizá siempre lo hice, es parte del ADN de todos los aficionados a la ciencia ficción. Una de mis primeras lecturas de su obra fue en la escuela básica. Su ‘Encuentro nocturno’ (1950) era parte de los libros de enseñanza en castellano. Parte de ‘Las crónicas marcianas’, también. El encuentro de Tomás Gómez (sí, en español) con un marciano, una cálida noche en el Planeta Rojo, se transformó en toda una revelación que me hizo querer saber más del autor. Y es cuando se me nublan las memorias, porque mi padre tenía una pequeña colección de revistas para adultos que yo descubrí casualmente. En ellas, había también otro relato, ‘El peatón’ (1951), que se adelanta a varios temas que revisaría en ‘Fahrenheit 451’, y que le acompañarían hasta el último momento.

Bradbury es un urbanita y le encantan las ciudades vivibles, aquellas en donde su población las hace suyas y ocupa sus plazas y calles para hacer un ideal de vida social que quizás sólo estuvo en su cabeza. Siempre miró con preocupación la destrucción de la civilidad y la arquitectura, y estuvo disponible para ser consultado sobre estos temas. Escribió diatribas sobre la pérdida de un sistema de vida norteamericano, con tanta pasión, que casi se tiene la sensación de que el autor se había arrojado a los brazos de los reaccionarios. Le leí cuentos tan malos y lacrimógenos, lamentándose de que el mundo ya no era de cierta manera, que comencé a sospechar que ya se le habían escapado las cabras para el monte. Sin embargo, se lo perdoné todo a fuerza de recordar cuantos libros nos había dado para la posteridad. ‘Crónicas Marcianas’, ‘Remedio para Melancólicos’, ‘Canto el cuerpo eléctrico’, ‘Fahrenheit 451’, ‘El hombre ilustrado’,La feria de las tinieblas’, ‘El maravilloso traje de color vainilla’,Cementerio para lunáticos’. Viniendo desde la Edad de Oro de la ciencia ficción norteamericana, ayudó a crear una imagen pública del género a nivel mundial.

En todo caso, haciendo un ejercicio de pensamiento lateral, qué extraña idea esa de incluir ciencia ficción en revistas para adultos.

Volviendo a ‘El vino del estío’, hay ciertas imágenes que se quedaron conmigo. Los amantes condenados que nunca pueden coincidir en el mismo flujo del tiempo y el coronel anciano que escucha los cascos de los bisontes. La familia haciendo la limpieza anual y azotando las alfombras, despegando las historias pasadas para acumular nuevas. La Máquina de la Felicidad, la Máquina Verde, las máquinas del tiempo. La terrible Madame Tarot. En 2013, con Kathy nos fuimos de luna de miel a Nueva York, nos gastamos todo lo que pensamos iba a ser una fiesta de matrimonio, pero que se fue complicando y finalmente decidimos en que la plata iba a tener mejor destino en un viaje fantabuloso.

En Coney Island pasamos por la entrada de bajo nivel que da acceso al parque de diversiones y la increíble rueda de Chicago. En un rincón encontramos una máquina de decir fortunas y dentro de ella nos miraba Madame Tarot. Pusimos una moneda en la ranura y comenzó a moverse espasmódicamente para liberar las tarjetitas que te decían tu fortuna. No me acuerdo qué decía la mía, yo sólo pensaba en el mecanismo mágico que la hacía moverse y en la gran tradición de autómatas que, a lo largo de la historia, nos han fascinado. Desde jugadores robóticos árabes del medioevo hasta la última amante de ‘Casanova’ (Fellini, 1976). Ese relato de Bradbury, en el libro, es una verdadera experiencia del género del horror.

No lo sabía, pero ‘El vino del estío’ forma parte de una trilogía. Me sorprendió saberlo porque no te consideraba, Ray, capaz de caer en una trampa publicitaria de ese calibre. Quizá no fue tu idea, pero la trilogía de ‘Greentown’ sigue con ‘La feria de las tinieblas’ (1962) y ‘El verano de la despedida’ (2006). ‘La feria de las tinieblas’ tuvo una adaptación fílmica en 1983, con Diane Ladd y Jason Robards, que no es tan mala como dicen sus detractores. En un episodio de ‘Freakazoid!’ (1995), Fanboy le cuenta a nuestro héroe que ‘Tron’ (1982) no fue el peor fracaso para Disney, aquel año, sino esta película. Cierto, pero qué descaro. Hay gente que sólo quiere ver arder el mundo.

¡Ay Bradbury, te moriste! Y desde entonces no paras de hacerlo todos los años, impajaritablemente. Todavía nos queda gente a la que sorprender y en internet, en la misma fecha, sale la noticia de tu muerte como un evento fresco, de la semana pasada. Ese es un detalle más para agregar a tu increíble forma de creatividad. Siempre, siempre, siempre, te recordaré como el hombre al que seguimos hasta su despacho, en la intro de ‘El teatro de Ray Bradbury’ (1985), y que se dice: “La gente me pregunta de dónde saco mis ideas”, y la respuesta es obvia. Todos vivimos dentro de tu cabeza.

‘Shadow Show’: Una sorprendente antología-tributo a Ray Bradbury

El libro reúne 26 cuentos de destacados escritores inspirados en la obra del autor de ‘Crónicas marcianas’ y tantas otras inolvidables obras. Y, además, tiene una edición como novela gráfica.

Cuando el 5 de junio de 2012 el mundo se enteró del fallecimiento de Ray Bradbury, una etapa se cerró para siempre en la historia de la literatura estadounidense y universal. Bradbury, junto a otros autores de ciencia ficción como Arthur C. Clarke, Frank Herbert o Isaac Asimov era parte de una generación que había ayudado a construir los pilares de este género a lo largo del siglo XX. Y su partida deja un vacío indiscutible.

Sin embargo, el autor de títulos que ya se consideran clásicos como ‘Crónicas marcianas’, ‘Fahrenheit 451’ o ‘El hombre ilustrado’, sigue vivo hasta hoy precisamente a través de las historias que escribió y que, año tras año, nuevas generaciones van descubriendo.

En ese contexto, vale la pena destacar el valor de ‘Shadow Show’, una suerte de antología-tributo a su obra que se comenzó a trabajar cuando Bradbury aún estaba vivo y que incluso cuenta con un prólogo escrito por él mismo.

Publicado en el año 2012, a pocos días del fallecimiento del escritor, ‘Shadow Show’ reúne 26 relatos inspirados en los mundos creados por Ray Bradbury, en el que participaron autores de larga trayectoria como Neil Gaiman (‘The Man Who Forgot Ray Bradbury’), Margaret Atwood (‘Headlife’), Harlan Ellison (‘Weariness’), Joe Hill (‘By The Silver Water Of Lake Champlain’), Audrey Niffenegger (‘Backward in Seville’), Charles Yu (‘Earth: A Gift Shop’) o David Morrell (‘The Companions’), entre otros. Y cuyos editores fueron Sam Weller y Mort Castle.

Weller fue el biógrafo autorizado de Ray Bradbury y dos veces finalista del Premio Bram Stoker. Además del autor de ‘Las crónicas de Bradbury: La vida de Ray Bradbury’ (2005) y ‘Escuchar los ecos: Las entrevistas a Ray Bradbury’ (2010).

Por su parte, Castle tiene una carrera como escritor de terror y profesor de escritura con más de 500 relatos publicados, además de haber sido nominado siete veces al Premio Bram Stoker.

Desde su publicación, ‘Shadow Show’ ha tenido una buena recepción por parte de los lectores. Y en 2015 la editorial IDW publicó una adaptación al cómic que al año siguiente ganó el Premio Bram Stoker como Mejor Novela Gráfica.

A Bradbury le entusiasmaba este proyecto y lo dejó claro en el prólogo, donde expone su mirada sobre la antología: “En este libro descubrirás relatos ambientados en sótanos oscuros y cuentos ambientados en las oscuras velocidades del espacio profundo; hay historias en pequeños pueblos y grandes ciudades. Aquí encontrarán ángeles guardianes y demonios internos. Hay personajes que están atormentados sin un fantasma a la vista. Hay historias tranquilas, historias alegres, historias tristes e historias aterradoras. Este libro se lee como una transcripción de mis propias pesadillas y sueños. Estas son historias de ciencia ficción y fantasía y misterio y, sobre todo, de imaginación”.