Luis Saavedra Vargas: el mejor escritor de ciencia ficción chileno que usted no conoce (y que debiese leer)

Lleva décadas en el mundo literario, siendo mentor, guía y editor de talentos consagrados y emergentes. Siempre en solidario segundo plano, apoyando a los demás. Pero llegó la hora de que la figura del escritor Luis Saavedra Vargas sea el foco. Su primer libro firmado como solista, “Lentos animales interdimensionales”, es un compilado de 16 cuentos donde la ciencia ficción nacional demuestra que posee a uno de los cultores más potentes de América Latina. Claro, no tiene plan de marketing ni Comunity Manager, pero sí un talento y obra que hablan por sí mismas. Este es el mundo interior del señor Luis Saavedra.

Por: Ernesto Garratt (publicado originalmente en https://www.lared.cl/2022/cultura/luis-saavedra-vargas-el-mejor-escritor-de-ciencia-ficcion-chileno-que-usted-no-conoce-y-que-debiese-leer)

Luis Saavedra Vargas se ríe detrás de sus lentes de lectura cuando hablamos sobre lo que hemos escuchado como escritores ante las mismas respuestas: “que la ciencia ficción es de nicho”, “que no vende”, “que no es literatura”. Luis Saavedra, uno o sino el mejor escritor de ciencia ficción chileno que usted no conoce (y que debiese leer), no cree en ese tipo de respuestas ni en las visiones nacidas desde la academia literaria que ignora y menosprecia el tipo de historias que él viene apoyando desde hace décadas en Chile. 

Las obras completas como gestor y editor de Luis Saavedra más su libro en solitario “Lentos Animales Interdimensionales” catalogados en Goodreads.com

Guía, mentor, editor y apoyo para varias generaciones de escritores y talentos emergentes y consagrados, Luis Saavedra Vargas ha estado detrás de la promoción y gestión cultural de lo que muchos llaman con desprecio “ciencia ficción chilena”, pero que él se ha encargado de cuidar y hacer crecer en nuestro país. ¿Ejemplos de su aporte como gestor cultural? Las numerosas ediciones de Poliedro, compilados de la sci fi local con varios autores que se han iniciado en sus páginas. Las ediciones de Fobos, ejemplares valiosos con ensayos y puntos de vista novedosos sobre el arte de anticipar el futuro en las letras, suman al aporte de Saavedra; y para qué hablar de los talleres, cursos y quizás lo más importante, su solidaria estampa y apoyo en un medio, el literario, cruzado por egos, egoísmos y envidias de distinto calibre. 

La misma risa que esgrime en esta conversación la mostró por primera vez que lo conocí. Fue en los años 2000s, en un Encuentro de Fantasía y Ciencia Ficción en el Centro Cultura de España, antes de la Comic-con y sus materialistas senderos. Recuerdo que estábamos en una charla-discusión entre Jedis (fans de Star Wars) y Treekies (fans de Star Trek) y me doblé de la risa cuando ambos y rivales grupos discutían qué nave era mejor: si el Millenium Falcon, de La guerra de las galaxias; o la  Enterprise de Viaje a las estrellas. 

Los gritos iban y venían, los ánimos se caldeaban en un salón repleto de ambos equipos, los Jedis y los Treekies. Hasta que desde una orilla alguien desenrolló en lo alto un plano gigante de la nave corealiana de Han Solo y con el índice apuntando hacia un punto donde en inglés se leía “Restrooms”. 

-¡El Millenium Falcón tiene baño!, muéstrenme dónde mean y cagan los Treekies en la Enterprise. ¡Muéstrenme!

Un silencio recorrió la sala y, desesperados, los Treekies desenrollaron un plano gigante del Enterprise buscando los “restrooms”. Varios manos y miradas se posaban en diversos rincones de la nave y en ninguna parte se anotaba la palabra “baños”. 

-¡No tienen baños!- gritó el muchacho Jedi que sabía que había ganado esta partida estéril, inútil pero sin duda, imposible de olvidar. 

-Los Treekies no tienen baños, ¡leru, leru!-. 

-Luis: ¿Cómo comenzaste en la escritura de ciencia ficción y cómo ha sido tu proceso en un país donde la academia menosprecia este género?.

 -No recuerdo un momento exacto. Soy hijo de los 1970s; dictadura de Pinochet, Star Wars y una noción del futuro de la Humanidad que todavía era optimista. Un cóctel propenso al fantástico y la imaginación fílmica. Me gusta decir que el momento en que me incliné hacia la ciencia ficción fue a principios de los 1980s, cuando mi madrina me regaló un ejemplar de Un anillo alrededor del sol, de Isaac Asimov. Desde entonces, me declaré un fanático del género. Y como buen fanático, un día pensé que la lectura no era suficiente y pasé a la siguiente etapa. Empecé haciendo pequeños textos, más surrealistas que otra cosa, y luego dibujé un cómic fantástico y primitivo en un cuaderno que todavía conservo. La intención que me devoraba era crear ciencia ficción contemporánea en Chile. Conocía libros de género chilenos, pero todos ellos me parecían pretéritos. Conocía autoras y autores nacionales, pero eran de una época anterior a la mía. Entonces me atreví a escribir para llenar ese vacío, porque desconocía que el panorama no era tan yermo y había una cierta actividad ya desarrollándose, aunque desconocida. La historia de la ciencia ficción chilena es una historia de náufragos que se reconocen y luego se odian, pero esa es para otro artículo.

“Lentos animales interdimensionales”, editado por la editorial ariqueña Cathartes, es un viaje encomiable de 16 relatos anclados en Chile y la América Latina menos conocida. Se trata de un conjunto de textos que avanzan quizás de menos a más y como anota con certeza el sitio especializado www.comiqueros.cl, “mientras en el primer cuento del volumen, titulado ‘El río del mundo’, tiene solo una perspectiva en la voz de un narrador protagonista, páginas después vemos historias narradas de manera coral. Este es el caso del ‘Viajero incandescente’, donde un grupo de criaturas que parecen más cercanas a la fantasía demuestran que la ciencia ficción puede ser la respuesta detrás de la magia. Los temas también se van profundizando, y uno de los más recurrentes es la muerte. Ya sea a través del propio yo con la vejez que nos espera, tema tratado en el cuento ‘El último rey de Macedonia’, por medio del duelo (Este incómodo momento) o por medio de los intentos de Camilo Santelices de alargar su vida a través de androides, ya que no soporta esperar la muerte a la que le ha condenado su enfermedad. Este relato, llamado ‘Todos nosotros, zombies’, es probablemente uno de los mejores del tomo y no parece una coincidencia que esté dedicado a Hugo Correa”.

-Tu primer libro de cuentos es un trabajo impresionante, podría decirse que está a la altura de los trabajos de escritores estadounidenses por el tono y terminación acabada. ¿Tienes referentes en este sentido que puedas comentar?

-Mi primera y última referencia está en la ciencia ficción norteamericana. Mi escritura está cruzada por la cultura gringa antes que cualquiera otra, desde citas al cine de carretera y los laconismos de las grandes llanuras hasta la violencia de la vida personal de J.D. Salinger. Era inevitable, de niño me acostumbré a ver televisión desde la apertura de transmisiones hasta la carta de ajuste, fui tevito y una esponja. La parrilla de programas de esas décadas está plagada de series estadounidenses, dobladas a un castellano que todavía anda resonando en mi cabeza porque no era castellano, sino un dialecto que todos comprendíamos, pero nadie reconocía como propio. Y en cuanto a literatura, la ciencia ficción que cayó en mis manos venía toda del país del norte del Río Grande; eran ocasionales los textos rusos o europeos, y aún más escasos los latinoamericanos. Sin embargo, mentiría si no reconociera también mi veta propia, la de mi experiencia de vida. La experiencia de vivir en un país llamado Chile, en una región llamada Latinoamérica. Así que mis personajes también atraviesan golpes de estado, la inequidad disfrazada de chiste amargo, la piel y los ojos oscuros, y el río Mapocho. Jamás me negaría a mí mismo la oportunidad de habitar una cierta geografía emocional y física que mezcla conceptos de cyberpunk y un pasado convulso de rostro pétreo y colosal, que es cómo imagino a la América que no se llama América. Es en esta intersección de sombras estelares y soles de fusión fría que mi voz resuena. 

-Has sido una guía y has hecho de mentor de varios escritores a quienes has ayudado o has guiado, ya sea desde el rol de editor, gestor cultural y la publicación incansable de iniciativas como Poliedro… en este sentido cuéntame ¿cuándo decidiste poner foco en tu propia carrera? 

-Lo había olvidado. Lo olvidé todo cuando me di cuenta que estaba todo por hacer. A finales de los 1980s encontré una comunidad dedicada a la ciencia ficción, la SOCHIF (Sociedad Chilena de Ciencia Ficción y Fantasía), que me acogió y me dejó actuar. SOCHIF venía del quiebre del Club Chileno de Ciencia Ficción, que vivió en la década de los 1970s y se extinguió con la llegada de la democracia. Fue un momento de gran efervescencia social y política, y sentíamos que algo renacía, que había un llamado a construir. Eventos, fanzines, fándom. Me transformé en secretario, me sumergí en las actividades como en un sueño y dejé olvidado mi primer motor, aquel que me daba el fuego. Me uní a otro colectivo, Ficcionautas Asociados, fungí de organizador de eventos y edité publicaciones y fanzines. Y luego de mucho tiempo, desperté de ese sueño y me di cuenta que había sido negligente conmigo mismo. Renuncié a la Alciff, Asociación de literatura de ciencia ficción y Fantástica chilena, en un acto de autoafirmación. De otro modo, iba a continuar involucrándome en actividades. Ya estaba trabajando en “Lentos Animales Interdimensionales”, junto a Cathartes Ediciones, y no había sido consciente de todo los textos que había dejado diseminados a lo largo de la flecha del tiempo, lo que me recordó aquella pulsión de la escritura. ¿Eso significa que me arrepiento de mi otra historia en la ciencia ficción? No, fui muy feliz, conocí mucha gente, que creo que fue lo mejor que me pasó, guardo grandes recuerdos, hice todo lo que pude.  Ese fue mi aporte al género en Chile y no me queda nada más. Así que aquí estoy de nuevo, en el principio. Esta es una historia que la tengo que escribir solo.

Ilustración que acompaña el relato “La creación del perdón” del libro “Lentos Animales Interdimensionales” de Luis Saavedra.

– En “Lentos Animales Interdimensionales, tu primer libro autónomo, tuyo firmado en solitario, hay un abanico notable de registros e historias de sci fi y fantasía pero siempre con los pies en la tierra… ¿Cómo definirías ese estilo? 

No lo sé, es imposible que uno defina su propio estilo estando tan encima de su obra. El libro es un abanico de las inquietudes que a través de los años me han atacado y dominado, pero siempre hay una constante que atraviesa todos los textos, que es el amor y la muerte. Entre estos dos polos sucede toda la vida y la literatura, así que puede que sea una definición acomodaticia, facilista, pero que me sirve de vehículo. Creo que lo más importante de todo es la creación de una voz propia, y con esa voz consolidada puedes abordar cualquier género y cualquier tópico con éxito. ¿El por qué no voy mucho más allá del planeta Tierra? A pesar que siempre leí inmensas sagas galácticas, con escenarios complejos y grandilocuentes, que desbordaban sentido de la maravilla, decidí quedarme en el misterio que es el ser humano. Hubo un movimiento dentro de la ciencia ficción anglosajona que se llamó New Wave, que decía que ya era habíamos explorado el espacio exterior y ahora le tocaba el espacio interior, en referencia al lugar sicológico. En mis relatos, se explora más ese tipo de espacio, que se me antoja igual de maravilloso que un nuevo planeta. Por eso no tengo muchos textos que salgan de la Tierra, pero en esos textos trato de reproducir esa sensación de maravilla que me dejó con la boca abierta, en libros como El nombre del mundo es Bosque o Mundo Anillo. 

Luis Saavedra tiene una auto conciencia enorme. Sabe que si tuviera Comunity Manager, que si ridiera tributo al mercadeo de RRSS tal vez sería un influencer. Pero lo suyo no es iluminar sin fondo. Incómodo, arruga la nariz y se toma el marco de los lentes para decir esto: 

“Los dejo invitados a visitarme en mi libro ‘Lentos Animales Interdimensionales’, que se vende en las webs de Buscalibre y Pirita Distribución. Es un libro que se lee con tranquilidad, ojalá al borde de una silla cómoda, ojalá bebiendo un vaso de lo que más les reconforte. Acérquense a mí a través de sus textos y después me invitan un café para contarme qué les parecieron”.