Patentes de software: revisitando a Reagan

¿Se acuerdan cuando el mundo era deliciosamente inestable, cuando las potencias eran potencias y apilaban sus falos transoceánicos acicalados de uranio como si hubiera tantos planetas que bombardear? Bueno, piensen en el mismo botón rojo, pero reemplacen el concepto “radioactividad” por “patentes comerciales”. En vez de la oficina oval, imagínense el despacho de un CEO. Y donde deberían ver al alto mando, materialicen un bufete de abogados.

A ver si mi siguen. Apple demanda a Samsung (su principal proveedor de pantallas) por más de una decena de violaciones de sus patentes. Samsung contraataca y lo demanda de vuelta en una guerra que ya se extiende por 20 países. Google compra Motorola y sus 17 mil patentes pensando en blindarse contra la espada de Damocles legal que pena sobre Android, pero no es suficiente para evitar que Oracle lo lleve a tribunales por el uso de Java en su sistema operativo. Yahoo!, que ya había ganado varios millones a costa del mismo Google, demanda a Facebook por haber utilizado propiedad intelectual de diez patentes enfocadas en la publicidad en línea, obligando a la empresa de Zuckerberg a salir a comprar empresas o derechamente patentes (ayudado por su socio comercial Microsoft). Varia Mobile demanda a Blackberry y Samsung por algo tan etéreo como el sistema que usan para enviar sus emoticones por SMS. La lista sigue, preocupa y aburre.

La pregunta del millón: ¿por qué está pasando esto ahora?

Resulta que las patentes de software son un problema relativamente reciente. Cuando digo reciente, me refiero a que antes de los ochenta no existían como tales. Cuando digo problema, estoy tratando de transmitir lo que muchos ya han advertido: el sistema está lejos de ser perfecto y es muy ambiguo sobre qué cosa se puede patentar y sus alcances. Varias leyendas de la industria, como Steve Wozniak, Linus Torvalds o Tim Berners-Lee, han puesto el acento sobre el riesgo que significa para la innovación el hecho de que en cualquier momento una empresa pueda ser demandada por acercarse demasiado a algo que otro ya inscribió. Y en muchos casos no estamos hablando de un desarrollo completo. Ni siquiera un prototipo. Un artículo de The Guardian del año pasado concluía que para un creador independiente ya es casi imposible desarrollar una nueva aplicación sin estar rozando una patente propiedad de algún gigante. La respuesta de la industria tampoco ha sido tranquilizadora. Las empresas más grandes han salido de compras para protegerse de posibles conflictos legales y su estrategia más común en tribunales consiste en contraatacar con las esquirlas de otras demandas. Con esa dinámica histérica la mayoría de los juicios no fructifica o se arreglan fuera de la corte (una prueba de que la ambigüedad de la legislación aumenta el temor de perder en tribunales). Claro, siempre está el riesgo de que los conflictos escalen, como el que tiene enfrentado en estos momentos a Oracle y Google sobre el uso de las API de java. Oracle exige la nada despreciable suma de 1.000 millones de dólares, lo que se está resolviendo con incómodas entrevistas a testigos y la presentación de pruebas, en un proceso que alinea un ejército de 74 abogados, repartidos en ambos bandos. 

El asunto se pone más interesante y huele verdaderamente a podrido cuando empiezan a aparecer los llamados Trolls de patentes. Se trata de empresas que se dedican a reunir portafolios de patentes para simplemente dejarlas hibernando. Basta con que encuentren una víctima, que puede ser un emprendedor o un gigante de la industria, y lo extorsionarán legalmente. El New York Times mencionaba el caso de Intellectual Ventures, un “holding” poseedor de 1.100 sociedades que utiliza con la única finalidad de demandar a quién se tope con alguna de sus “creaciones”. Especulación pura y dura.

Sin embargo, no todo está perdido. La nota discordante la está poniendo Twitter, quién la semana pasada se vistió de Gandhi, lanzando una iniciativa que bautizó como IPA (Innovator's Patent Agreement) la cual busca justamente evitar que las patentes frenen el desarrollo tecnológico. ¿Cómo lo haría? Devolviéndoles el control de estos trozos de código a los ingenieros que las inventaron (hoy lo ceden a sus empleadores), quienes podrán determinar no sólo si estas pueden venderse a un tercero, sino también si la misma empresa puede usarlas para defenderse de otras en caso de litigio. La idea es que más compañías se sumen a esta campaña legal, pero la tarea no es nada fácil, sobre todo considerando que actualmente las patentes son un commodity que produce y cuesta mucho, mucho dinero.

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