‘Mi Vecino Totoro’ y ‘La Tumba de las Luciérnagas’: Los clásicos de Ghibli

A nadie le cabe duda alguna acerca la singularidad de la animación japonesa, tanto por su estética como por las historias y mundos que se tejen en sus series y películas. Sin embargo, no menos cierto es que, dentro de esa industria de la entretención, los estudios Ghibli ocupan un lugar crucial y preponderante gracias a una línea estética y un discurso a prueba de lugares comunes y sin concesiones con lo comercial. Películas como ‘El Viaje de Chihiro’, ‘La Princesa Mononoke’ o ‘Mi Vecino Totoro’ son ejemplo de ese espacio singular que abrió por el año 1985, Hayao Miyazaki y sus colaboradores.

Hay que recordar que Miyazaki nació en medio de la Segunda Guerra Mundial, conflicto en el que Japón no solo estuvo involucrado alineado con Alemania, sino que también sufrió una dolorosa derrota sellada por el horroroso lanzamiento de dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Bueno, se podría decir que esos hechos, sumados a la particular idiosincrasia y cultura de los japoneses, fueron el caldo de cultivo para una especial imaginería audiovisual llena de monstruos, miedos, personajes miserables, pero también de héroes, magia, leyendas y folclor.

En el persistente camino de Miyazaki, el realizador hizo sus armas en la compañía Nippon Animation trabajando en muchos de los clásicos que afectaron la sensibilidad de varias de nuestras generaciones, entre ellos, las legendarias series ‘Marco’ y ‘Heidi’, que fueron auténticos melodramas telenovelescos para los pequeños en los años ’70 y principios de los ’80.

Este año se cumplieron 32 años de uno de sus filmes más entrañables, el cual, además, se ha convertido en el símbolo de la compañía de Miyazaki: ‘Mi vecino Totoro’, escrita y dirigida por Miyazaki. Curiosamente, también se cumplen 32 años de otra famosa película de los estudios Ghibli, ‘La Tumba de la Luciérnagas’, que fue dirigida por Isao Takahata, socio de Miyazaki y con quien también trabajó en la época de Nippon Animation.

Las dos películas se estrenaron como un programa doble, donde la primera función era ‘Mi vecino Totoro’ y en segundo lugar se exhibía ‘La tumba (…)’. La decisión detrás de este doblete no es tan clara, pero se ha dicho que la ausencia de verdaderos héroes en las dos historias y, además, con dos protagonistas femeninas en una de ellas, fueron factores que hicieron dudar del éxito de las cintas. Y bueno, si bien es cierto que Totoro no tuvo éxito en el cine, sí ganó una enorme popularidad poco después cuando en Japón se exhibió por televisión, generando de paso, una tremenda industria de merchandising que sigue funcionando hasta el día de hoy.

LAS CLAVES DE UN CLÁSICO

El elemento mágico que muy sutilmente empieza a aparecer, incluso como una parte orgánica de la realidad, es una de las claves de ‘Mi vecino Totoro’. Algo que tiene mucho que ver con la cultura japonesa y la consuetudinaria presencia de demonios o yokai en sus relatos y creencias. Sus protagonistas son dos niñas que junto a su padre llegan a una casa en el campo, mientras su madre se encuentra en un hospital de la ciudad. Ya desde los inicios el elemento mágico se hace presente con unos espíritus cuya forma es similar a las motas de polvo que deambulan por la casa. A esto se suma un ente que aparece y es seguido hacia el bosque —lugar donde normalmente aparece— por una de las niñas. No hay mucha explicación de nada. Las cosas suceden simplemente.

Esta es una estrategia en la que resuena también ‘Alicia en el País de las Maravillas’, la historia de Lewis Carroll que comienza también con una niña siguiendo a una criatura que es un conejo antropomorfizado y donde los acontecimientos no se explican y cuando tratan de hacerlo, sólo se reciben argumentaciones absurdas. En el caso de Totoro, Miyazaki opta más por los silencios, las miradas, los movimientos y los gestos leves que dan indicios o permiten intuir cosas al espectador. De hecho, ni siquiera sabemos de qué ha enfermado la madre de las niñas. Tampoco se explica la aparición de Totoro, ni el viaje que las niñas emprenden en un gato-bus.

Es tan intrigante y confuso, que incluso han aparecido teorías que buscan, a través de los distintos símbolos de la cinta interpretar qué es lo que realmente sucede. Una de esas hipótesis plantea que Totoro realmente es el espíritu de la muerte (tatarimokke, es el nombre que se le da en el folclor nipón al espíritu protector que guía las almas de los niños fallecidos) que finalmente lleva a las niñas al inframundo en donde se encuentran con su madre, que en realidad no ha sobrevivido. Algo así como el shinigami del manga ‘Death Note’.

‘Mi Vecino Totoro’ en tal sentido podría ser una especie de ‘Divina Comedia’ en la que, en lugar de tener a un Dante descendiendo al infierno para encontrar a su Beatriz, nos muestra el viaje de dos niñas al país de los muertos para encontrarse con su progenitora. ¿Y el gato-bus? Pues sería como el transporte al infierno griego, es decir, como la barca del Caronte que sirve para atravesar el lago del Averno.

TOTORO EL ESPIRITU DEL BOSQUE

El personaje de Totoro también representa por sí mismo ese especial vínculo que tiene la cultura japonesa con la naturaleza. Se trata de un espíritu que protege el bosque, muy propio del sintoísmo, y que, por lo tanto, se vincula con ese espacio alejado de los vicios humanos, lo que explicaría en parte por qué las niñas se ven acogidas en dicho lugar al que no pueden acceder los adultos ya corrompidos por el mundo social. Y claro un adulto no puede ver a Totoro, lo que resulta evidente en esta lectura ya que la infancia es también un símbolo de pureza, tal como lo es la naturaleza misma.

Por otra parte, el mensaje ecológico también es indiscutible. La madre ausente es ahora reemplazada por la madre naturaleza, representada por Totoro quien acoge a estas niñas desvalidas o, mejor dicho, a estas pequeñas hermanas que se encuentran alejadas del cobijo maternal. Amor de la naturaleza que también se ve desde el mundo de los adultos, pero ya transmutado en esculturas a deidades agrícolas y ritos que rodean también la trama, aunque de manera más tangencial. Los adultos tienen un acceso más distante a la dimensión espiritual que reside en la naturaleza, mientras que los niños pueden entrar a ella porque aún están en esa dimensión pura.

Teorías más o teorías menos, análisis más o análisis menos, lo interesante de Totoro es que logra emocionar con cosas simples, apelando a temores infantiles clásicos: el bosque en el que una niña pequeña se puede perder, la desaparición de un padre o una madre, las criaturas del más allá o los espíritus que merodean las cosas. Todo esto sin caer en el juego bobalicón y rimbombante con que el cine más comercial agobia a las audiencias infantiles que hoy en día ya están sobre estimuladas en las salas con las cabritas edulcoradas y la gaseosa gigante. Y aun así, increíblemente la obra de Miyazaki ha terminado convirtiéndose en un ícono de la cultura pop y sus personajes se han visto citados en series como ‘Los Simpson’ y ‘South Park’.

EL DRAMA DE LA GUERRA

Entrando en un terreno más pedregoso, y por eso tal vez se entiende la decisión de Ghibli de estrenar juntas ambas películas, ‘La Tumba de las Luciérnagas’ se adentra en el mundo de la guerra y de sus víctimas. El mismísimo crítico Roger Ebbert calificó esta cinta como una de las mejores películas de temática bélica. Crítica que para algunos podría resultar exagerada, sobre todo para quienes esperan que ese calificativo se reserve a una trepidante cinta de acción.

Pues bien, no es así, aquí los protagonistas son dos hermanos, un adolescente y una niña pequeña, que tratan de sobrevivir en el Japón de la Segunda Guerra Mundial, mostrando justamente la precariedad de los seres humanos, especialmente de los niños, en medio del horror de un conflicto armado.

Los dos protagonistas enfrentarán también la pérdida del cobijo maternal, una vez más la ausencia de la madre como tópico Ghibli. Eso sumado a un Japón bajo bombardeo y una situación de carestía que termina por convertir a los dos personajes en parias que buscan sobrevivir enfrentados al hambre y la desprotección más feroz.

A diferencia de ‘Mi Vecino Totoro’, la cinta de Takahata, si bien toca elementos ligados con la espiritualidad japonesa, se inserta más propiamente en el mundo social de los adultos en donde los criterios para la vida son otros. Aquí ya no hay espíritus pacíficos y puros, estamos fuera del ámbito de la sagrada naturaleza, estamos en poblados y ciudades que buscan sostenerse en medio de las bombas y la devastación. Es un holocausto que será el corto preámbulo antes del holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki. Y lo poco que puede ofrecer la naturaleza aquí son breves escapes, esos que son permitidos por sus propias maravillas, como esas lucecitas voladoras que maravillan a la pequeña Setsuko.

La cinematografía de Ghibli es ciertamente un cine que no menosprecia a los niños, que no esconde la verdad maquillándola con colores y fuegos de artificio. Hay dureza, pero tal como en la vida, junto a ella también se despliega la poesía y la magia. Aquí es donde más claramente se reflejan esos años de aprendizaje de Takahata y Miyazaki en Nippon Animation, donde resuenan esos claroscuros de las historias de ‘Marco’ o ‘Heidi’.

Historias en las que frecuentemente el mundo de los niños se ve golpeado por el mundo de los adultos y en ese choque, en ese drama —que muchas veces se vuelve melodrama— se abre la posibilidad de reflexionar sobre la identidad de cada uno. Algo especialmente importante cuando se trata de espectadores infantiles que la mayoría de las veces se ven alienados en la actualidad por realidades virtuales de videojuegos, en los que la vida y la muerte se definen por bonos y vidas extras, y donde el riesgo real no se palpa y la identidad es apenas un avatar.

En un terreno más personal, esta es una de las razones por las cuales, hace un tiempo atrás comencé una pequeña campaña para que en la televisión abierta nacional se exhibieran las películas del estudio Ghibli, justamente pensando en esa particular mirada que aporta el trabajo de Miyazaki y sus colaboradores. De alguna manera, es volver a una vieja tradición de narrativa infantil que no teme entrar en ese terreno que limita entre el mundo adulto y el de los pequeños, algo parecido a lo que se ve en la recopilación de relatos que hacen los hermanos Grimm —donde la muerte y las miserias humanas y de otras criaturas no están ausentes— o la literatura de Collodi con su Pinocho que muchas veces resulta feroz y descarnado, o los cuentos de Andersen que también abordan la vida desde una visión de mundo que no le hace el quite a las sombras de lo humano. En realidad, este es un sello perteneciente a una gran tradición de relatos europeos y asiáticos, por pensar sólo en los que he tenido la fortuna de conocer.

Y ahí radica la importancia de los estudios Ghibli y sus películas, en su capacidad para indagar por los vericuetos de la humanidad desde una cierta empatía que sirve también como ejercicio de una moral bien entendida, que consiste en el estremecimiento ante lo otro, ante la diferencia, ante el choque de los opuestos. Son ejercicios de sensibilidad que, en más de algún sentido, abren la posibilidad de que los niños, esos futuros adultos que construirán el mundo, puedan formarse de una manera menos conductista, menos prejuiciosa y menos mecánica.

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