Mad (Miller): Rápida, furiosa, perfecta

La escena sigue nítida. Un niño, sordo, chascón, salvaje, lanza un boomerang que en primera instancia se incrusta sangrante en el cráneo de un punky rubio en pleno desierto, y luego, cercena los dedos de un motoquero. Con el puro sonido del viento de fondo. Un salto de celebración y el pequeño se esconde en una mínima cueva, cual zorro. Era ‘The Feral Kid’, personaje de Mad Max 2 ‘The Road Warrior‘ del año 1981. Y que, para esa época, como muchas otras secuencias y/o corrosivos y bizarros sujetos de la saga de George Miller, te angustiaba, te trastocaba, por lo incorrecta, cruda y sin respeto. Con un asco y sabor culpable de no poder dejar de verla, y disfrutarla.
Un cabro chico fileteando con placer, ahí estaba todo. Pero sólo era un grano de arena, un minúsculo pedazo de tierra de todo el universo/desierto que Miller creó con la trilogía del desquiciado policía Max Rockatansky (sí, apellido más que ad hoc), que junto con catapultar a Mel Gibson a la fama configuró un sinfín de códigos del cine de acción y ciencia ficción, y de la misma cultura pop de la época. Desde la forma de filmar (con la “road movie” en otra frecuencia) hasta la configuración de un referente, el referente ‘Mad Max’, tanto estético como cinematográfico (a la par con libros de Moebius o films de Jodorowsky).
Ese que pasa por películas de terror (la icónica máscara de Jason de Martes 13 Parte III) y futuristas, cómics, modelos de autos, hasta en comerciales de moda o videoclips de las Spice Girls (“Say you´ll be there”). Y que no hace más que testificar (ojo, verbo clave) en que estábamos frente a un tipo talentosísimo y firme en su cuento, que usó su oficio de enfermero y los cuerpos que veía ahí para indagar en lo que más quería: filmar. Traspasando los áridos paisajes de su Australia y la sicodelia anarquista, drogadicta y pesimista de las subculturas de inicios de los 80´s a la pantalla grande. Siempre en movimiento, rodando, en vehículos hechizos y tunados –hasta con Tina Turner de pasada-, con peinados estrafalarios, máscaras y plumas. George Miller, un loco, un loco cuático.
Así, pasaron 30 años desde la última película del soldado errante. Llegando a setenta en el cuerpo del verdadero “Mad” (Miller), que para las y los que no sepan, es el mismo detrás de las infantiles y a ratos oscuras ‘Babe, el cerdito valiente‘ y ‘Happy Feet’. Treinta años de esta novela post apocalíptica en la cual él mismo reconoció que faltaban capítulos, y que sólo esperaba la tecnología para reactivarla, volver a aceitarla y poner el pedal a fondo. Esperamos, escribió, filmó. Y lo logró con creces. ‘Mad Max: fury road’, recientemente estrenada, se arma con un tremendo elenco y piloto en cada auto, moto y camión. Con el rudo, dramático y también algo deschavetado Tom Hardy como Max, y la profunda, sequísima y ciber-amputada Charlize Theron en el rol de Imperator Furiosa, quizás, la real protagonista de esta cinta. Sumándole Nicholas Hoult (“Bestia” en las nuevas X-Men), las bellas Zoe Kravitz y Rosie Huntington-Whiteley, junto con varias y varios actores que han desfilado en otros trabajos de Miller, como Hugh Keays-Byrne quien interpreta al villano líder en esta versión, Inmortan Joe, y que en su juventud hizo lo mismo con Toecutter en la primera y rarísima Mad Max  de 1979.
Todos encendiendo los motores al ver a Max siendo apresado por sus recuerdos (el asesinato de su hija y mujer) y por un grupo de yonkis soldados que rinden culto a este dictador que procrea y domina a vírgenes, y que tiene a toda una ciudadela envuelta en la pobreza, la hambruna y la falta de agua. Que por lo demás recuerda algo a Darth Vader y Bane por su forma de hablar y circuitos para vivir. Y donde la mesiánica Imperator Furiosa, en un acto de redención y rebeldía, decide escapar de este “padre opresor” para salvar a las jóvenes “madres” de este esclavizador orden, cruzando su camino e imposible misión con el ex policía que manejaba el “Interceptor”. Dentro de parajes polvorientos, tormentosos (aplausos a esta locación con truenos y planos apaisados), colores turbios, sofocantes, oxidados, seres deformes y desmembrados; y con una acción que no da respiro, coreográfica, con las y los buenos sin escapatoria, dotada de efectos especiales de primer nivel, pero por sobre todo, con un estilo de las películas de acción de los 80, del cuerpo a cuerpo, del detalle a la majestuosidad, con explosiones por doquier que complican tanto como una cadena al cuello o un pie descalzo.
Jugando además con un sinfín de mensajes y lecturas, desde un feminismo que tiene fuerza, dominio y coraje contra el desorden patriarcal, hasta guiños a temas medioambientales y políticos. ¿Lo claro? aquí hay entretención por montones, dando cátedra de una verdadera obra kitch y de acción (hablamos de un viejo dirigiendo y escupiendo a la camada de noveles directores en este género), y que para los conocedores de la trilogía esto será el paraíso (o el infierno en realidad) porque vuelve en grande, recargado, con más vísceras y hasta lactantes en peligro, sin ningún pudor. Quizás para el espectador ajeno a estos lenguajes y tonos, la película decante en el cansancio y el hastío, agotando por considerar “más de lo mismo” o  porque “le pone mucho”, pero ojo, siempre hay un más allá, una tuerca o gesto que satura pero hace volver a la fina ruta de la historia, coherente en su estilo y tiempos. Y bueno, si es así, lamentablemente no tienen nada que hacer en esta carretera mortal, la que es para estómagos firmes y de gustos un tanto enajenados. Como el buen Miller profesa.

 

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