Los marcianos llegaron ya… y ustedes van para allá

No pudo completar estudios académicos más allá de la educación media, porque el trabajo se convirtió en una prioridad, pero las letras estaban presentes en su vida desde su temprana juventud. En la adolescencia, entre otras ocupaciones, vendía periódicos y por las noches se sumergía en los libros casi de manera fantástica en bibliotecas públicas. 365 días. De tal forma que Ray Bradbury nació en Waukegan, Illinois, el 2 de agosto de 1920 y, luego de diversas mudanzas familiares, en 1934 se asentó en Los Ángeles, California, aunque su imaginación lo hizo partir no sólo de época, sino que saldría al espacio y llegaría incluso a Marte.

Desde el primero de sus cuentos (‘El dilema de Hollerbochen’, publicado en la revista amateur Imagination, en 1938), sus colecciones de relatos, novelas y guiones, el estilo de Bradbury se gestó como con genes de fantasía general, de ciencia ficción en particular, y un cierto grado de costumbrismo en el que precisamente lograban impactar esos mundos extraordinarios con sitios, gadgets o condiciones distópicas no a manera de adivinación, sino de advertencia.

Es como si el autor de las ‘Crónicas marcianas’, ‘Remedio para melancólicos’, ‘Farenheit 451’ y ‘El peatón’, en la década de los cincuenta del siglo 20, a la que se remontan algunos de sus mejores relatos, dijera a los lectores y a su sociedad: van para allá, para un mundo de ansiedades, de tensiones atómicas y de mundos cósmicos que los verán pasar y extinguirse junto con sus pasiones, gustos y herramientas, como el de la lectura misma.

Y no era para menos, porque como un gran escritor de fantasía y ciencia ficción, Ray Bradbury, más que futurista, vidente o profeta, era un observador de las tensiones de su mundo. Por ello logró plasmar en sus letras un atento lienzo del miedo nuclear, de la guerra fría, de las disputas raciales, de la distorsión humana cotidiana con el culto a la máquina o la ultradependencia tecnológica que se insinuaba, en mayor o menor medida, durante la segunda mitad del siglo 20 en Norteamérica.

Lo maravilloso, y no por ello menos paradójico de su literatura, es que todas esas distopías, temores y contextos sombríos, también significaron desde el inicio una ventana para el lector, a través de la que podían fugarse a explorar mundos nuevos, desconocidos y anhelados incluso en su vida aspiracional.

¿Qué más ambicioso puede mencionarse que una colonización en Marte, justo para una especie al borde de la extinción, que revalorara los hot-dogs, la limonada en el porche en una cómoda hamaca al atardecer?

Por ello es que también se convirtió en un autor adaptable, y socorrido en formatos de radio, televisión y cine, en los que incluso participó como guionista. Rol, en que el escritor incluyó dentro de sus habilidades, la de arquitecto; cuando por casualidad, comenzó a escribir storylines para las ferias internacionales, e incluso, sus metáforas e imaginario futurista, quedaron grabadas en los textos originales de la atracción, Spaceship Earth del Epcot Centrer —inauguradoel año 1982—, estructura que también ayudó a diseñar. 

Sobre estas materias no cursadas, pero ciertas en los autores de ficción, Bradbury escribió en su ensayo ‘The Pomegranate Architect’:

“Cuando miro hacia atrás en los últimos cincuenta años de mi trabajo en arquitectura, no puedo dejar de pensar en la vez que visité la Feria Mundial ‘el Siglo del Progreso’ en Chicago en 1933. Tenía doce años, y mientras deambulaba por esa increíble ciudad que habían construido, me enamoré del futuro. Y después de salir de la feria, me fui a casa al pequeño pueblo de Illinois donde vivía y en el patio trasero de la casa de mis padres, construí edificios con papel y cartón, sin saber que dentro de treinta años, en mi propio futuro, comenzaría mi trabajo arquitectónico ayudando a construir otra Feria Mundial, la Feria Mundial de Nueva York de 1964, comenzando así mi carrera como el único arquitecto accidental del mundo”.

Y no sólo era visual en la proyección de sí mismo, su pasado y su futuro, sino que lo era principalmente, en sus personajes y en sus imágenes —bomberos que provocan incendios, un hombre con tatuajes animados, un periodista que salta de un tren a un pueblo para resguardar una noticia, pero que a la vez descubre secretos fantásticos—, sino que sus temas son de una profundidad ágil e inspiradora.

Se advierte en la fecunda literatura de Bradbury no sólo una huella personal y de autor, sino también buena parte de su explosión creativa. Con tantas historias y personajes concebidos con ritmo y energía infatigable, es imposible no escribir una buena historia de vez en cuando. Bromas aparte —porque el humor, desde luego, está cultivado por este autor como forma pero igual como fondo, pues es la manera en que muchos de sus personajes o situaciones resisten—, es un método de trabajo que es próspero en volumen (diez novelas, una cuarentena de colecciones de relatos, poesía, teatro y no ficción) y por supuesto en notoria calidad.

Los premios y diversos reconocimientos a su obra y a su trayectoria no cesaron desde los años 40 hasta el 2012, cuando el 12 de junio murió “para vivir por siempre”, como parafrasea el escritor argentino Rodrigo Fresán en Página /12. Además, hay algo que no es menos importante, a ojos de los tiempos que corren. Ray Bradbury Acertó. No se equivocó en la manera de imaginar el rumbo que tomaba la sociedad. Los cacharros tecnológicos como cepas distópicas, los totalitarismos e ideologías extremas, así como los dispositivos engrupiendo nuestra vida, son tan reales como la necesidad de un territorio virgen e inhóspito para volver a empezar, para ser pioneros y no sucumbir en nuestro ritmo cotidiano de existencia y organización social. Podría decirse, sin exagerar, que tal vez sin bailar el ricachá, pero los marcianos llegaron ya.            

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