‘Los magos’ de Lev Grossman: Whiskey para el aquelarre

Ediciones B Chile lanza ‘Los magos’ de Lev Grossman, una novela ideal para los huérfanos de ‘Harry Potter’.
Parecería fantástico ponerlo por escrito, pero la magia dentro de la literatura tiene vida después de la aclamada saga ‘Harry Potter’ de la británica J.K. Rowling. Y más todavía. Ese subgénero de las letras fantásticas ha adquirido una plenitud y madurez que el chico de Hogwards no podría haber entretejido con sus amigos Hermione y Ron.
Esa es la primera, y a la vez última, conclusión a la que se puede llegar después de haber leído bajo un extraño encanto las páginas de ‘Los magos’, novela autoría de Lev Grossman, destacado crítico literario de la revista Times, que de la mano de Ediciones B llega al mercado chileno.
Y ese juicio que pareciera apresurado, pero en todo caso inequívoco, sorprende al comenzar a formarse en el lector desde la portada misma. No es gratuito, en ese sentido, que ahí reluzca un magnífico blurb del gran George Martin, el genio detrás de la saga de la hoy imprescindible ‘Canción de Hielo y Fuego’, que parecería decirlo todo: ” ‘Los magos es a Harry Potter’ como un trago de whisky a una taza de té“.
No es para menos. Porque los lectores salen ganando con ese agregado de licor a una bebida a la que parecía haberse acostumbrado con cierta fatiga el paladar, después de años de consumir la receta de Rowling y sobre todo sus adaptaciones cinematográficas.
En Los magos, estamos frente a una trama intensa que mezcla la historia de Quentin, Eliot y Alice, entre otros personajes contundentes, con un estilo intrigante que engancha la atención y que avanza como las cuchillas afiladas de unos patines sobre la superficie lisa y blanquecina de una pista de hielo.
Pero, un momento. ¿Quién es Quentin Coldwater?
Es un chico de  17 años, insatisfecho con el mundo, inseguro en el área emocional. Hasta ahí, nada particularmente original. Pero, a la vez, es un protagonista lleno y hasta pagado de sí mismo gracias a sus brillantes habilidades intelectuales que intenta entrar en la universidad de Princeton, pero en su lugar se encuentra —de un momento a otro—, dando el examen de ingreso en Brakebills. Una universidad de magia ultra secreta, escondida en la rivera del Hudson en el estado de Nueva York.
Gran parte de la novela gira en torno a “Q” acostumbrándose a la vida como un joven que  recientemente ha ganado su independencia, en un colegio lleno de alumnos-magos, iguales o más brillantes que él. Sin embargo, hay una subtrama mucho más potente que en un principio no se nota y es la razón principal por la que ‘Los magos’ resulta una lectura interesante para todos los fanáticos de la fantasía no tradicional: se trata de un giro de tuerca que los llevará a cuestionarse qué es real y qué es fantasía.
Todo ello, obviamente, dentro de esa intrigante realidad de la ficción.
Obsesión no superada
La escritura de Lev Grossman es apreciable, entre otras virtudes, por su economía, recurso que evita que se detenga en detalles que en manos menos diestra resultarían disertaciones o descripciones insustanciales.
Aún así, es capaz de perfilar de forma notable los rasgos de sus personajes. Por ejemplo, su cinismo, el propio de personalidades que saben de sus talentos y andan así por el mundo. Pero dentro de esas perspectivas generales, de desprenden habilidosas capas que consiguen darle profundidad a cada uno de ellos a través de sus particularidades.
En esa vertiente, puede decirse que Quentin enfrenta ciertas burlas de su círculo más cercano, franco bullying algo al estilo de la tercera entrega de ‘American Horror Story: Coven’, pues nunca superó su obsesión por una serie de cinco novelas de fantasía para jóvenes-adultos, ambientadas en un mundo fantástico llamado Fillory que, como el mismo Grossman reconoció, tiene un gran parecido al mundo de Narnia.
No en vano, la forma en que Quentin llegó a Brakebill fue a través de una nota que estaba en el manuscrito inédito —y hasta ese momento, solo parte de la mitoligía geek—, de la sexta entrega de Fillory y mucho más de Christopher Plover. Tal como Lucía Pevensi caminó a través del ropero para llegar a Narnia.
O, para ejemplificarlo mejor, es como si un fanático de la serie ‘Canción de hielo y fuego’ recibiera en un sobre ‘Vientos de invierno’, sexta parte de la saga escrita por Martin y que de entre sus páginas saliera volando una nota que lleva al lector sorpresivamente hasta Invernalia.
Así comienza la gran aventura de Quentín. Un joven fanático de los libros de fantasía que de repente se encuentra enfrentado con la existencia de la magia; un lector obsesionado con un mundo mágico –como posiblemente los lectores de Rowling o del propio Grossman—, es lanzado sin previo aviso a un universo que resultó ser tan deprimente como la vida que llevaba en Brooklyn.
Y es en esa vida en la que, finalmente, tiene que enfrentarse a sí mismo y reconocer que la ilusión, que en su infancia y parte de la adolescencia lo mantuvo alejado del mundo cuando éste no llenaba sus expectativas, no es fácil de sobrevivir cuando deja de estar en el ámbito de la ficción. Son dos mundos o dos caras de una misma moneda que tiene a la realidad y a la ficción como telones entrecruzados de fondo.
Era el tipo de catástrofe que Quientin creía haber dejado atrás el día que penetró en aquel jardín de Brooklyn, cosas como aquélla no pasaban en Fillory. Allí estallaban conflictos, sí, incluso violentos, pero siempre heroicos y nobles; y nadie que fuera realmente bueno e importante terminaba muerto al final del libro. Ahora, en una de las esquinas de su mundo perfecto había aparecido una grieta, y el miedo y la tristeza se vertían por ella como agua sucia a través de una presa rota. Brakebills ya no le parecía tanto un jardín secreto como un campamento fortificado. No era una novela, donde las maldades se corregían automáticamente; volvía a ser parte del mundo real, donde las cosas malas, las cosas amargas sucedían sin razón aparente y la gente pagaba por hechos que no eran culpa suya“, escribe Grossman en ‘Los magos’.
Ilusiones mágicas terribles
A través de la caracterización de los personajes que integran el grupo de Quentin —Eliot, Josh, Janet y Alice—, el lector puede percibirlos como magos físicos y positivistas, que incluso en alguna fiesta pueden llegar a la pelea con otros magos de naturaleza más bien mística por discutir la existencia o negación de Dios.
Con la ironía típica de alguien que lleva varias piscolas en el cuerpo, Eliot le lanza a un contrincante ideológico: “Dios nos guarde de los magos cristianos. Eres como mis padres. Eso es lo que dirían exactamente mis cristianos padres. Si algo no se ajusta a vuestra teoría, bien, es porque… oh, espera, sí que se ajusta, pero Dios es tan misterioso que no podemos comprenderlo porque somos unos pecadores. ¡Eso es tan jodidamente fácil…!”.
Con igual acierto en su construcción, escuchamos hablar a Alice, una chica cerebrito, o a Janet y su infaltable proclividad a la sensualidad y lengua filosa, que le llevará a acostarse incluso —o más precisamente— con los chicos que quizás no debería.
Y todo ello con una ambientación con la que Grossman puede conquistar a los amante del género de los aquelarres, pues describe con gran emoción lo que se siente ser un fanático de la literatura fantástica, lo que significa desear tanto que un sueño se haga realidad para luego tratar de olvidar a toda costa lo que se descubre cuando alguien te muestra lo que había detrás de ese sueño.
Ciertamente, ésa es también una de las razones por las que algunos fanáticos de las novelas fantásticas lo detestaron. Porque revela el truco del mago. Porque el backstage acarrea cierta desilusión y el que descorre la cortina que cubre los secretos queda en riesgo siempre de ser un infiltrado, un aguafiestas.
Pero de la mano de Grossman, el lector descubre que el subgénero de la magia se caracteriza no sólo por lo que resulta obvio, sino también por esa capacidad de crear ilusiones terribles que están dentro de los mismos personajes. O, lo que podría explicarse con palabras de Darío Argento, el célebre director reconocido en el cine giallo: “Yo estoy dentro de todos mis monstruos”.
Magos terrenales
Es en ese contexto de realidad fantástica es que Quentin y compañía deben ir resolviendo sus problemas emocionales, los que se potencian por las circunstancias y conflictos que en ese mundo se van presentando: la envidia, la competencia en ramas tan difíciles como la química orgánica, física, y empeorado por una misteriosa criatura que es capaz de congelar a todos mientras devora, en plena clase, a una de sus compañeras.
Sin embargo, a pesar de lo vivido siguen siendo un grupo de universitarios carentes de empatía. De hecho tienen poderes mágicos que no siempre utilizan para hacer el bien, y como la mayoría se encuentra por primera vez lejos del control paternal, se desmadran en el carrete, el alcohol y mucho sexo casual.
En realidad, son jóvenes y magos muy terrenales, desinteresados y bastante cínicos, incluido Quentin que está demasiado concentrado en mirarse el ombligo como para darse cuenta de la suerte que tiene, a pesar de los peligros y misterios que debe enfrentar.
Quentin pensó que debería sentirse feliz. Era joven, tenía buena salud, buenos amigos y dos padres razonablemente sanos(…)Formaba parte de la clase media-media. Y el promedio de sus notas era tan alto que la mayoría de la gente ni siquiera imaginaba que fuera posible(…)no era feliz, ¿por qué?”, se cuestiona el narrador del libro.
Acaso, en rigor, porque el ego no lo deja ver más allá de sí mismo. Como a tantos adolescentes adultos de la llamada generación pre-millenial.
Esa es una de las partes fascinantes de la novela de Grossman. Magos o aprendices mezquinos, como si la magia no fuera en realidad capaz de hacerlos distintos al resto del mundo. Aunque es un truco literario del autor, porque sí que lo son.
‘Los magos’ es una novela oscura y en el trayecto de la historia podrá reconocerse hasta qué punto. Cada personaje fue dejando pedazos de su corazón roto, porque al igual que cualquier persona corriente con expectativas, fueron heridos.
Es una novela sobre adolescentes, sí, pero sus personajes y problemas son complejos y van creciendo; se gradúan, se van a vivir a nueva york, donde deben comenzar una vida para nada mágica.
En ese momento, tienen vuelcos alucinantes y diversos niveles de cinismo que a los lectores de fantasía pura y dura les puede resultar difícil de tragar.
Pero si se atreven con ‘Los magos’, encontrarán una historia de cualquier manera muy gratificante y que posiblemente permanecerá por mucho tiempo en su memoria, como las obras que los hicieron fanáticos al género. Grossman pone el whiskey para el aquelarre. Los huerfanos de Hogwarts no pueden faltar.
‘Los Magos’ de Lev Grossman
Ediciones B
Precio de Referencia: $8900

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