Los 80’s y los slashers conservadores

La primera vez que vimos morir a  Johnny Depp fue en la película ‘Pesadilla’, la primera de la saga de 1984, dirigida por Wes Craven. La idea de Freddy Krueger, en corto y durante todas las películas de esta franquicia, era despedazar adolescentes en sus sueños. Si te duermes, si te atreves a relajarte y cerrar los ojos, si cedes terreno al descontrol onírico, al deseo suelto y puro del inconsciente, pues te mueres por obra y mano de Freddy Krueger. Pero más castigado resultas si durante ese trance de relajo mental cometes el pecado de la excitación y, oh, peor, el sexo.

Claro, Johnny no muere por el pecado de la lujuria. Muere a manos de Freddy porque se duerme. Cierra los ojos frente a la orden explícita de la película: no te duermas. Que es la orden de la era Reagan. Era conservadora, moralmente represora y casi religiosa. Rodeada por un puritanismo oficial que hizo nacer en el seno del cine de terror camp y chulo de Hollywood, monstruos castigadores y castradores, listos para cercenar cualquier intento de acto sexual o libido alta, o excitación entre sus personajes, y claro, entre la audiencia.

A Freddy Krueger se suma el monstruo de ‘Martes 13’, Jason Voorhees, quien detrás de una máscara de hockey se encarga de asesinar a machete limpio a hordas de jóvenes que tratan de copular en sus visitas al maldito Lake Crystal: cuartel general de este sicópata inmortal y que siempre regresa de la muerte listo para espantar cualquier atisbo de deseo carnal entre los intrascendentes protagonistas: jóvenes bellas (os) y fits que duran (vivos) menos que gas en un canasto.

Jason Voorhees es un sujeto callado, silencioso, como la culpa. Y su mutismo es calcado del villano de la saga ‘Halloween’, que comenzó con genio y fuerza en 1978 gracias a John Carpenter: el mejor domador de monstruos del cine moderno. Michael Myers, el monstruo de ‘Halloween’, se esconde detrás de una máscara de William Shatner de goma, y digamos que este ser monstruoso, comenzó con la manía de atentar contra las vidas de babysisters, que se mostraran en actitudes casquivanas durante el argumento de la cinta.

‘Hellraiser’ o ‘Puerta al infierno’ de Clive Baker quizás fue la saga más aterradora de monstruos castigadores de los años 80: Pinhead no sólo castigaba la lascivia, sino que era un verdadero ángel exterminador que debía torturar a todo aquel que cargara con un gramo de culpa. Experimento sado-masoquista en extremo gore. Pinhead es el monstruo más monstruoso porque no se acerca a la parodia como Freddy Krueger, ni se queda en el efecto sombra de Jason o Michael, es decir, que siempre está aunque sea en silencio. Pinhead, por el contrario, no se esconde en las sombras de un armario o detrás de un arbolito. Se te aparece, como marzo, cruel y con la frente en alto: listo para hacerte añicos.

Los monstruos de los años 80, como queda claro, son expertos en coitus interrumpus: los Freddy, los Jason, los Michael, eran la mejor propaganda anticonceptiva de una era consternada por la sexualidad. Apanicada por el libertinaje. Esos monstruos, quizás, encajan demasiado bien en el Chile 2020, con un congreso ultra conservador que se niega a entregar educación sexual pública en un Chile con enormes tasas de contagio de VIH. Y ese, queridos amigos y amigas, sí que es terrorífico. Del terror, francamente. 

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