La nerditud no tiene límites

París, agosto de 2012. Un millón de panoramas aparecen en mi cabeza menos ir al cine a ver una película gringa estando en Francia. Menos si la cinta se trata de un superhéroe. ¿Cómo voy a pagar 10 euros por ver Batman? Pero como todavía estoy enamorada y quiero que mi marido-nerd se sienta grato en la ciudad luz, en sus merecidas vacaciones, accedo a ver la última entrega del hombre murciélago.

Dos horas cuarenta y cuatro minutos después, no me arrepiento de la decisión. Porque el filme, de hecho, está muy bien. Pero sí me sorprendo de mi capacidad de aguante previo a la función: las horas perdidas en el barrio Saint Germain viendo tiendas de comics, el dolor de pies de tanto vitrinear en sitios como Fnac o Virgin buscando algún libro-DVD-BlueRay nerd que no se encuentre en Chile, y cómo no, la tolerancia para hacer como que me trago esa frase que dice: “Te prometo que éste es el último que me compro”. Por eso, prefiero la playa, el sol y la arena para irme de vacaciones. Ahí no hay ningún periplo nerd donde distraerse. Espero no estar dándole ideas a los creativos que buscan oportunidades de negocio…

 

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