‘La Ciambra’: La sombra de la inocencia perdida

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Existen muchas formas de ser hombre, la cultura popular se ha encargado de mostrarnos eso. El cine, en específico, es de los medios que más ha influido en la gente a la hora de adaptar algún comportamiento, o de “enseñarles” a las personas como tienen que ser. Lo ha hecho durante años con las mujeres, relegándolas, muchas veces, a un segundo plano. Y lo ha hecho también con los hombres, cuando muestra las pocas formas “correctas” de desarrollar la masculinidad.

‘La Ciambra’ explora una de las maneras más tradicionales de ser hombre: Esa que tiene al macho proveedor como protagonista, al que toma en sus hombros el peso de una familia completa, por más extensa que sea; y responde con todo lo que se le pide, aunque eso signifique pasar a llevar a otros.

El 2014, Jonas Carpignano, un guionista y director italoamericano, dirigió un cortometraje llamado ‘A Ciambra’, que narraba la vida de una familia gitana en una pequeña comunidad romaní en la región de Calabria, Italia. Una de las zonas más empobrecidas del país, y con los índices delictuales más altos. Ese trabajo triunfó en Cannes, y ganó el premio Discovey, en la Semana de la crítica, en dicho certamen francés.

Tres años más tarde, en 2017, también en Cannes, estrenó la versión extendida de su corto, producida por un emblema del cine, Martin Scorsese. Y con ella, no sólo recibió reconocimiento en Europa, sino que también fue nominada a un Independent Spirit Award y representó a su país en la carrera para Mejor Película Extranjera en los Academy Awards, pero finalmente no fue propuesta para la noche de la ceremonia. Aún así, fue condecorada como el mejor film italiano del año.

Y todos esos galardones y distinciones internacionales fueron entregados por lo crudo y real de su narración, que a ratos parece un documental, debido a las dinámicas familiares que son retratadas en casi dos horas de largometraje, filmado con cámara en mano, que dan la perspectiva de que somos un personaje más dentro de esa desolada realidad.

La familia es primero

Lo que hace que la película en momentos parezca un documental, es que los personajes son realmente una familia. En específico, se trata de los Amato, un grupo de gitanos que habitan La Ciambra, una pequeña comunidad romaní en Gioia Tauro en Calabria, Italia. Y el protagonista es el más joven de los hijos Amato: Pío, de tan solo 14 años.

Pío se enfrenta al mundo como un hombre, aunque su familia no lo vea así, y sigan tratándolo como un niño, aunque su postura ante la vida sea todo lo contrario. Siempre con un cigarro encendido en la boca, Pío se mueve por La Ciambra como dueño y señor, aunque lo demás no lo acepten.

En medio de la precariedad de una vida rechazada por los verdaderos dueños de la zona, ‘los italianos’, los gitanos son mal mirados y maltratados; sus estructuras —políticas— familiares son incomprendidas, o simplemente, no aceptadas. Es tanto la enajenación social que sufre este grupo étnico, que llegan a un punto en que, su única manera de sobrevivir es a través del delito; ya sea robando autos, sustrayendo alambres de cobre o colgándose a la electricidad, para evitar altos costos que genera una casa atiborrada de personas, en las que se incluyen, su abuelo, sus padres, sus hermanos, sobrinos, tía y primos.

En este contexto, cuando Cosimo —el hermano más admirado por Pío—, es detenido por sustraer vehículos en la parte más acomodada de la ciudad, y el patriarca, Rocco, es llevado preso por robar luz, el joven ve una oportunidad para comenzar a ser tomado en cuenta por su familia, no como un niño, sino como un hombre capaz de hacerse cargo de la casa.

Es así como Pío comienza un viaje sin retorno hacia la adultez, lleno de malas decisiones y dolores que le curtirán la piel para siempre. Ya no es el niño de mamá, es un delincuente inteligente y estratégico, que se aprovecha de la confianza e ingenuidad de la gente para llevar comida a la mesa.

Sin vuelta atrás

‘La Ciambra’ habla de un tema tan específico que puede llegar a ser ajeno para un espectador con el perfil como el nuestro. Pero el cine es más universal de lo que creemos y captamos. Los guetos que obligan a vivir a ciertas comunidades aisladas existen en todo el mundo, y por supuesto que también los hay en Chile.

Los Amato viven en un arrabal que los obliga a ver como los carros de TrenItalia pasan sin descanso por las vías que rodean los bloques de departamentos en los que habitan. Donde miles de pasajeros pasan día a día, ignorantes de las realidades que se viven a pocos metros de sus despreocupados trayectos.

Son esos trenes, algunos más lujosos que otros, la metáfora perfecta para una vida que les pasa por encima, y los abandona sin remedio. La existencia de Pío avanza, él crece, pero no tiene más esperanza que convertirse en el capo del barrio y dedicarse a lo mismo que se ha dedicado parte de su ascendencia: al robo y el engaño.

Pareciera que no existe otro destino para la pobreza que, ese que ha ‘elegido’ el joven protagonista, al menos en esta realidad desprotegida en el sur de una Italia palpitante. Y además de no ser bienvenidos por sus orígenes romaníes, los Amato son la paria de una sociedad que no hace mucho por ellos, y en ese entorno amargo, los niños despojados de oportunidades dentro de la norma, crecen para convertirse en lo mismo que detestan.

Como he escrito tantas veces en este mismo medio, el paso tumultuoso de niño a adulto, esa etapa llamada adolescencia, es siempre difícil y dura. Al fin y al cabo, significa abandonar los cimientos de una vida, en la mayoría de los casos, dependiente y protegida, para dar paso a la autonomía y a la ‘libertad’.

Pero ese tránsito es aún más complicado en un entorno como el que enfrenta Pío, que debe validarse como hombre a toda costa. Esa figura del macho tradicional que lo ronda sin descanso, con la figura fantasmagórica de un abuelo que está en los últimos momentos de su vida: Una sombra que lo asecha sutilmente a lo largo de la película, y lo lleva a la desesperación por convertirse en un líder capaz de suplir cualquier carencia que pueda tener su familia, compuesta principalmente por mujeres.

‘La Ciambra’ es de esas películas que se toman su tiempo para construir el relato, pero sin duda atrapa al espectador. Con una historia dura y difícil de mirar a ratos, es un ejemplo explícito de la desigualdad. Jonas Carpignano logra armar de manera orgánica una cinta que, como ya escribí, se asemeja mucho a un documental.

Pío Amato, el joven protagonista, se echa al hombro toda la carga emotiva y dramática de la película, y lo resuelve sin problemas. Es realmente un actor nato, que sabe cómo guiar la narración. Incluso en la escena final, una de las más desoladoras que he visto en una película coming of age, Amato consigue entregar, con toda su inocencia perdida, una excelente actuación.

Esta es una película que merece la pena ver y analizar, por todos esos pequeños detalles que podemos encontrar en su trama que, aunque sencilla, cala hondo. Este es un excelente trabajo, de un tipo de cine que muchas veces no conocemos por no ser comercial, y que deberíamos explorar mucho más.

Ficha Técnica

Título original: ‘A Ciambra’.
Año: 2017.
Duración: 113 min.
País: Italia.
Dirección: Jonas Carpignano.
Guion: Jonas Carpignano.
Fotografía: Tim Curtin.
Reparto: Pio Amato, Koudous Seihon, Damiano Amato, Iolanda Amato, Patrizia Amato, Susanna Amato, Francesco Pio Amato y Rocco Amato

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