Eterno resplandor de un nerd con pocos recuerdos

 

Recuerdo que en una ocasión de mi perdida infancia (perdida en el sentido de que recuerdo poco de ella, no como ahora que sí estoy perdido pero gracias a mis malas costumbres), tuve que prepararme para una fiesta del colegio a la cual tenía que asistir disfrazado.

El evento tenía relación con la semana de aniversario del establecimiento (un colegio de número al que había ido a parar gracias a la crisis del 80) y la idea es que dentro de esta fiesta de disfraces se premiaría al alumno que se presentara con el atuendo más original.

Yo, como buen niño al que le preocupan cosas vacuas como ésa, comencé a pasar los días pensado en cuál sería mi mejor opción de disfraz. Y si bien estaba claro que no era mi primera fiesta de disfraces, el problema comenzó cuando me di cuenta -haciendo una revisión de mis anteriores incursiones en el mundo del “costume”, documentada actualmente con fotos-, de que venía usando el mismo bendito disfraz en todas las fiestas desde los 4 años, el que consistía en lo siguiente: una banda roja con una calavera que me colocaba en la cabeza, un barba hecha con un trozo de carbón, otra banda roja que me ponía en la cintura, pantalones negros, camisa blanca, unas botas negras, una espada de plástico y voilá… era un pirata.

Estaba claro que con eso no llegaría a ninguna parte, lo que además me hizo ver (o me hace ver ahora) que recién estaba empezando a adquirir eso que se llama “gusto”, algo que se educa justamente en la arena social, cuando uno comienza a cuestionarse a partir del juicio de los demás. La pregunta, entonces, que me quedaba era ¿de qué diablos podía disfrazarme? (mención aparte merece que durante los tiempos de la dictadura el merchandising no era tan intenso como ahora y que no habían tiendas de disfraces, sino a lo más de cumpleaños, en las que con suerte se encontraba alguna máscara de Titanes del Ring). Pero la solución finalmente llegó.

Por esa época y a mis tiernos 11 años, yo estaba obsesionado con las películas de “El planeta de los simios” que habían sido transmitidas recientemente por la televisión abierta (me refiero a la saga de los años 70). A eso se sumó que un amigo que solía prestarme sus juguetes me había entregado hacía un par de años (sí, de ese tipo de “préstamos”) una máscara de gorila negra y de plástico que era como un gran casco que te lo ponías y te quedaban los agujeros de los ojos y de la boca para el contacto exterior. La idea entonces saltó inmediata: sería uno de los soldados gorilas de “El planeta de los simios”. Era perfecto, me pondría la máscara (lo cual en cierto modo también protegía mi identidad y aliviaba mi posible pudor, cada vez más desarrollado), utilizaría un Winchester de juguete, me pondría mis botas y…. faltaba algo…el traje. Y ahí salió nuevamente el factor de mi madre, siempre presente en las tareas colegiales que implicaban tejer, bordar y zurcir. Ella tomó una tela gris y la convirtió en un mameluco con cierre que aunque no era exactamente como la ropa de los soldados simios en la película, sí era una buena síntesis de todos los trajes de ellos.

Una vez que tuve mi atuendo preparado comencé con la siguiente etapa de la caracterización: los movimientos de un simio. No fue difícil. Tenía que caminar algo agachado, agitando un poco los brazos y dando giros bruscos a la cabeza. Ya estaba listo.

De la fiesta misma no recuerdo mucho más que el hecho de sentirme sofocado dentro de mi traje y que las gotas de sudor corrían sin cesar por el interior de la máscara de plástico. Lo otro es que descubrí lo difícil que era sociabilizar con una máscara y sobre todo con una tan fea como la mía. De hecho, mi objetivo secreto también era impresionar a Jimena, la chica más linda del colegio. Cosa que estuve lejos de lograr ya que no solamente perdí ante el disfraz de robot del Leyton (fabricado con simples cajas de cartón), sino que Jimena terminó conversando gran parte de la fiesta con JC, que estaba disfrazado de ¡Capitán Futuro!, que  lo único que tenía era una pistola japonesa que se parecía a la de Futuro y una chaqueta de look espacial. Eso le bastó para llevarse el premio mayor: la chica.

 

RECUERDO APARTE: La máscara de simio nunca la devolví, porque ese amigo nunca volvió a aparecer. Con los años la máscara pasó de mi pieza a la bodega y de la bodega al patio. Una tarde, después de una semana de lluvia, la descubrí entre medio de los tupidos arbustos del jardín. Estaba con su abertura hacia arriba y en el fondo de ella se había acumulado el agua (seguramente de la lluvia de invierno). Al mirarla más atentamente me di cuenta que dentro del agua había una enorme lagartija muerta. No sé si era enorme por genética o por lo hinchada que estaba con el agua, pero se veía increíble. No recuerdo qué hice con ella, ni tampoco qué pasó después de eso con la máscara. Ese es el último recuerdo que tengo de ella.

 

 

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