Especial Ghibli en Netflix: De oriente con amor

A partir del 1 de febrero, Netflix agregará a su catálogo más de veinte clásicos animados del famoso y querido ‘Studio Ghibli’. Por esta razón, como equipo de NerdNews queremos invitarlos a leer las diferentes opiniones respecto a estas grandes cintas animadas del famoso estudio oriental.

‘Cuentos de Terramar’: Casi un clásico

Por Mariana Poblete Cortés.

Studio Ghibli ha forjado una cierta reputación con el manejo de la fantasía en sus filmes.

Desde el uso de la mitología japonesa en ‘Princesa Mononoke’ y ‘Pompoko‘, hasta los elementos del folclore europeo en ‘Kiki: Entregas a domicilio’, el equipo de animación de Hayao Miyazaki ha sabido traducir en lenguaje cinematográfico este tipo de historias.

Considerando lo anterior, es frustrante saber que ‘Cuentos de Terramar’ pudo ser una película inolvidable y un referente en el mundo de la animación. Pero que por errores simples, no puede alcanzar su máximo potencial.

El filme, basado en la saga de ‘Terramar‘ de la escritora estadounidense Ursula K Le Guin y con elementos de ‘The Journey of Shuna’ de Hayao Miyazaki, fue dirigido y escrito por su hijo Goro, quien nunca antes había trabajado en una película y su relación con el estudio de  su padre se limitaba a aportar en el diseño de su museo de Mitaka, Japón.

La producción del filme estuvo sentado en la polémica, ya que se rumoreaba que Hayao siempre fue muy crítico de su hijo, llegando a decir que las personas que no tenían ningún tipo de relación con la animación, no podían dirigir filmes de este tipo. Mientras que Goro siempre recalcó que su padre estaba más interesado en su propio trabajo más que criar una familia.

La historia se ocurre en Terramar, un mundo donde los dragones y los magos son pan de cada día. Sin embargo, una fuerza misteriosa ha hecho que estos últimos pierdan sus poderes y las enfermedades se propaguen. Con eso, el rey de Enlad es asesinado por su propio hijo, Arren, quien se exilia y posteriormente es rescatado por Gavilán, un archimago.

Con eso, Arren descubre que está en medio de una pugna entre las fuerzas de la vida y de la muerte. Que un hechicero llamado Lord Araña está planeando algo que podría desestabilizar aún más las cosas en este mundo y que él debe encontrar un camino para evitar un desastre y curar sus propias heridas.

Terramar’ no es una mala película, especialmente si pensamos que es el primer trabajo de Goro Miyazaki en el cine. La animación y la construcción de mundo de Terramar están bastante bien logrados, logrando una sumersión en los paisajes de este mundo de fantasía y manteniendo la belleza que caracteriza a Ghibli en este ámbito.

Sin embargo, el filme sufre de un guión que establece varias ideas interesantes como la pérdida de la magia o peleas entre dragones, pero que nunca llegan a florecer, quedándose a medio camino o en diálogos que están entre no explicar bien una idea a algo que escribió George Lucas en las precuelas de ‘Star Wars’.

Además, la mayor parte de los personajes parecer cumplir roles demasiado específicos, especialmente el villano y sus secuaces, que parecen fuera de lugar en lo que fue construido anteriormente por el filme.

Junto a eso, el titulo de la película puede resultar capcioso para los fans de los libros porque solo es una amalgamación de ideas que surgen de la saga de ‘Terramar’ y no una adaptación del libro del mismo nombre, que salió en 2001.

Por lo que tanto fans del estudio que dio vida a Totoro, como los de los libros de Le Guin, pueden sentirse muy frustrados al ver esta película. No porque sea mala, sino porque pudo ser mucho más.

‘Kiki: Entregas a domicilio’: Una mágica transición a la adultez

Por Javiera Catalán S.

En un mundo donde las brujas son admiradas y apreciadas por todos – a diferencia de la mayoría de los mundos ficticios en que son perseguidas y deben esconderse –, vive Kiki, una niña de 13 años que, según dicta la tradición, debe irse de su casa a vivir un año fuera de la comodidad del hogar, a formar carácter y encontrar su verdadero poder.

Es en la búsqueda de una nueva casa lejos de sus padres en que Kiki – que viaja en compañía de su gato negro parlante, Jiji, y montada sobre una vieja escoba – llega a un pueblo costero, que evoca los bellos paisajes de Italia, y donde, luego de una accidentada primera impresión, se ganará el amor y la admiración de los habitantes. Ahí funda su negocio de delivery, que le permite mantenerse sola, y que le da nombre a esta cinta, ‘Kiki: Entregas a Domicilio’.

Esta película de 1989 fue dirigida por Hayao Miyazaki – el japonés adorable fundador de Studio Ghibli -, y que, si bien en apariencia es un tanto liviana, habla de temas muy profundos, porque la joven Kiki a través de la excusa de fortalecer sus habilidades de niña mágica, transitará por el confuso sendero hacia la adultez.

Si dulce es una palabra aceptada para definir una película, pues déjenme decirles que esta lo es. Es sutil y a la vez directa al mostrar la transición de niña a joven adulta de una pequeña bruja con ansias de conocer el mundo, que debe lidiar con emociones nuevas, que a sus cortos 13 años, nunca le había tocado experimentar.

La soledad, la rabia y el amor romántico son experimentados por primera vez por una niña con poderes, que de un día para otra debe transformarse en casi una mujer responsable de sí misma. Todo eso es acompañado de la exquisita animación clásica del estudio japonés que se hizo tan conocido en occidente gracias a la ganadora del Oscar a mejor película de animación el 2002, ‘El viaje de Chihiro’.

En este camino por auto descubrirse Kiki conocerá amigos leales, como el joven Tombo o la panadera Osono, que la guiarán y motivarán a continuar su camino como aprendiz de bruja, e incluso a atravesar las crisis de fe e identidad que le impiden manifestar sus poderes mágicos.

Esta es una cinta para todo público, porque los niños y adultos son afortunados de poder interpretarla según sus contextos personales. Lo que es definitivo es que todos la disfrutarán. Es, además, un ejemplo del poder de los niños, un tópico que a Miyazaki le encanta, sobre todo cuando se trata de niñas fuertes enfrentadas a las problemáticas de la vida real y fantástica.

Esta historia llena de magia es un festival de colores que cala hondo en el corazón, con una narración simple, pero que logra hacerse un espacio, ahí bien profundo en el pecho. Es, como dije, una película dulce para disfrutar en familia una y otra vez, porque es una coming of age al estilo Ghibli.

‘El castillo en el cielo’: Una aventura en la alturas

Por Javiera Catalán S.

Hace 34 años, cuando Studio Ghibli había sido fundado recién un año antes por Hayao Miyazaki e Isao Takahata, se lanzó una película que sería recordada por muchas generaciones, al ser una historia vertiginosa y entretenida protagonizada por dos niños valientes, los primeros de una larga lista de protagonistas infantes que nos han regalado a lo largo de estas tres décadas. Esos niños eran Sheeta y Pazu, los pequeños héroes de ‘El castillo en el cielo’, una cinta dirigida por el propio Miyazaki y que significó su debut en su nuevo estudio, el adorado Ghibli.

Los pequeños Sheeta y Pazu se conocen en las condiciones más impredecibles, cuando ella cae del cielo envuelta en una luz azul que la protege. Ella estaba cautiva en un dirigible, desde el que decide saltar para liberarse. Él es un niño huérfano que trabaja incansablemente para poder sobrevivir, y es el responsable de rescatar a Sheeta de una brusca llegada a tierra firme. Desde ahí los dos se hacen inseparables, y huyen juntos de los peligros que significan los adultos en sus vidas. Ninguno de los dos tiene padres, pero ya no importa, porque se tienen el uno al otro.

De esta película esperaba una trama completamente diferente, porque a pesar de la magia evidente que se nos presenta – hay literalmente un castillo en el cielo – siempre creí que la historia se centraba en la relación de los niños. Y en cierto modo lo hace, porque son amigos y compañeros, pero, esta no es una película romántica. Esta es una historia de guerra, de ambición y de cómo el egoísmo de los líderes puede perjudicar a su propio pueblo. Sí, de eso trata.

Es una película que se plantea de manera que mientras avanza se revelan más y más secretos sobre los personajes, logrando hacer plot twist que son atractivos para el desarrollo de la historia, que pasa de ser una persecución de piratas y militares a dos niños inofensivos, a una batalla de un solo flanco en las alturas, en el cielo.

Personajes que en un principio todos creemos son los villanos, terminan siendo los más grandes aliados de los niños, en una misión que parece casi imposible, salvar el “Laputa”, el castillo volador de una civilización milenaria. Lo que nos enseña – y aunque sea cliché – a nunca juzgar un libro por su portada, porque te puedes llevar una sorpresa. Otros que parecen comunes ostentan grandes cargos, o son los reales villanos. Y la verdad, todo es posible en este mundo donde los castillos vuelan y existen los robots. Porque sí, también hay robots.

Al ser la primera película de Ghibli, marca un precedente de como deben ser y lucir las películas del estudio. En cuanto a estética, pero también a guion, donde los héroes siempre serán los más jóvenes. Es una cinta que se mueve rápido, y que nos transporta a esas realidades fantásticas tan clásicas de la filmografía de Miyazaki.

El castillo en el cielo’ fue una bonita sorpresa al transformarse una y otra vez en distintas historias que hablan de temas infantiles, pero también de otros muy adultos, como es la ambición y la ceguera – literal y figuradamente – por el poder. Todo teñido de la magia característica de la animación japonesa.

‘Porco Rosso’:  Más vale cerdo que un fascista 

Por Víctor Méndez. 

Porco Rosso’ es la quinta película dirigida por Hayao Miyazaki en el Studio Ghibli. Fue estrenada en el año 1992 y está basada en el manga ‘La Era de los Hidrocanoas’ creado por el propio director. La película originalmente fue hecha para ser para ser mostrarla durante los viajes de la aerolínea Japan Airlines.

La historia se sitúa después de la Primera Guerra Mundial, en la Italia de la dictadura de Mussolini. El protagonista es un piloto italiano llamado Marco Pagot que, después de ver a un compañero morir en batalla, es víctima de un extraño hechizo que le da la apariencia de un cerdo. Desde ese momento es conocido como ‘Porco Rosso’ ya que pilota un avión rojo, el que utiliza para trabajar como cazarrecompensas.

Porco Rosso’ es una de las películas más sobrevaloradas de la filmografía de Miyazaki, a pesar de ser una de las más personales del director y que se aleja en cierta manera de las clásicas películas de Ghibli. ya que no se basa en algún relato o leyenda japonesa.

Sobrevaloración que personalmente encuentro una soberana estupidez ya que es una joya visual del catálogo del estudio. Una verdadera carta de amor a la aviación. Durante todo su metraje la cinta entrega asombrosas secuencias de acción, llenas de un realismo que solo los mejores animadores del mundo pueden lograr.

En este aspecto, ‘Porco Rosso’ es sin duda primero recomendable para todos los amantes de los aviones, sobre todo los de esa época, ya que no solo nos entrega su amor por ellos en el aire, sino que también en tierra con los protagonistas armando y reparando naves.

Y además como es común en las películas de Miyazaki, la cinta está repleta de un humor que domina el absurdo de manera magistral desde la primera escena: cunado unas niñas ridiculizan a unos tontos piratas; además de entregarnos una ambientación de la época magnifica, tanto en vestuario, música, medios de transporte, comida y hasta en temas políticos.

Como digo en el título, ‘Porco Rosso’ es quien desde pequeños nos enseñó que es mil veces mejor ser un cerdo que un fascista, mensaje que se entrega sin miedo en esta hermosa cinta que si por alguna razón no está en tu lista de películas que debes ver, debes agregar de inmediato y aprovechar que desde febrero estará entre las cintas del Studio Ghibli que Netflix tendrá en su catálogo.

‘Mi vecino Totoro’: Un hermoso y eterno clásico que expande los universos infantiles

Por Víctor Méndez. 

Desde que me enteré que Netflix desde el uno de febrero incluirá todo el catálogo de películas del Studio Ghibli  en su plataforma de Latinoamérica, no he dejado de pensar en esas películas animadas que marcaron parte de mi vida y lo que significó descubrirlas en cada época de la misma.

Cuando mi familia —que vivía en una pieza de madera en el patio trasero de la vivienda de la abuela— recibió la notificación de que serían dueños de una casa en una villa típica de Puente Alto, no solo sintió un alegría indescriptible sino que también comenzó a aspirar a otros lujos que eran impensables en su pasado reciente, entre ellos el teléfono y el Tv Cable.

En esas largas tarde de entretención, obnubilados por la parrilla de canales que en ese entonces el preciado servicio de TV entregaba, no nos deteníamos en ningún canal en concreto, veíamos imágenes de películas, series… hasta que dimos con HBO.

HBO en ese entonces, transmitía películas de “monos chinos” como solíamos llamarles y entre la serie de dibujos, se encontraba ‘Mi vecino Totoro’— escrita y dirigida por Hayao Miyazaki—, una cinta rara como ella sola, pero tan distinta a mis queridas películas animadas de Disney que, sin proponérmelo, dejaría al olvido.

Mi vecino Totoro’ es una película ambientada en el año 1958, donde un profesor universitario llamado Tasuo kusakabe, debe ir a vivir junto a sus dos hijas llamadas: Satsuki y Mei, a una antigua casa de campo, debido a que su esposa, Yakuso, sufre de tuberculosis y está internada en un hospital cercano a la casa.

Las niñas impulsadas por la curiosidad infantil, descubren raras criaturas bajo la casa, entre ellas unas muy parecidas al hollín llamadas ‘Susuwatari’, además de otros seres mágicos que en un principio las niñas confunden con conejos y que al seguirlos, las llevan al encuentro de una criatura muy parecida, pero gigante al que llaman Totoro.

Desde ese momento, las chichas acompañan a este gigantesco ser en sus diferentes actividades. Un viaje que las lleva a conocer el interior de un inmenso árbol milenario y viajar en un ‘gatobus’.

Totoro es el personaje animado favorito y más importante en mi vida. Como conté en un principio, llegó a mí durante la adolescencia y me golpeó como la pubertad misma. Me hizo no solo maravillarme con esta animación, muy diferente a la que conocí toda mi corta vida, sino que también por este tipo de historias, mezcla de fantasía, belleza y dura realidad, es que comprendí que estos temas no eran exclusivos de las películas de adultos.

De hecho, gracias al hallazgo del estudio Ghibli, descubrí como en esas antiguas animaciones —incluidas las de Disney llenas de mensajes poco profundos y hasta tontos—maquillaban muchas realidades que, como tal, eran tristes y llenas de sufrimiento. Me enteré, también, que relatos como por ejemplo ‘La Sirenita’, son historias de amores imposibles, la de dos amantes que nunca lograron estar juntos; y de paso, entendí que la mamá enferma en ‘Totoro’ no se sanaría mágicamente, porque eso no pasa en la vida real. No aparecería ninguna hada mágica a concederles deseos que los haría volver todos felices a su antigua casa.

Y por sobre todo, aprendí que para contar historias, una película no necesita que sus personajes canten canciones cada 15 minutos y mejor aún, ni siquiera tener diálogos. Solo con largas secuencias donde las hermanas y esta especie de troll gigante japonés interactúan con la bella y eternamente hermosa música de fondo compuesta por Joe Hisaishi, es suficiente para deslumbrar.

Miyasaki desde el inicio me llevó a viajar por este campo mágico arriba de un trompo volador y no me soltó nunca más, haciéndome recordar momentos de mi infancia cuando visitaba Río Bueno o Lago Ranco. Y ahora, ya adulto me atrevería a decir que la importancia de ‘Mi vecino Totoro’ es tal, que sin este tipo de películas no existirían muchas otras cintas animadas y no animadas, como por ejemplo todas las del estudio Pixar.

Por eso, al saber que la película llegaría a Netflix, sentí una alegría enorme porque al igual que como lo fue en el canal HBO durante mi adolescencia, ahora será esta plataforma la que seguramente deslumbrará y cambiará la forma de ver películas animadas a  más de algún niño o adulto.

‘Recuerdos del ayer’ (1991)

Por Ernesto Garratt.

Esta es la segunda película que el fallecido director Isao Takahata realizó para los estudios Ghibli después de la que es considerada su obra maestra, ‘La tumba de las luciérnagas’ (1988). Recordemos que mientras su amigo y socio en Ghibli, Hayao Miyazaki, debutaba en 1988 en los estudios que ambos formaron como director de la hermosa y fantasiosa Mi vecino Totoro, Isao Takahata apostó por un realismo más filoso y que deja sin lágrimas a quienes se expongan a la tragedia de La Tumba de las luciérnagas.

Recuerdos del ayer sigue por ese sendero: esto es realismo y no posee nada del mágico escapismo de su colega Hayao Miyazaki. ¿Un error? Para nada. Solo, otro sello, otra rúbrica para narrar emociones profundamente entrañables.

La protagonista de esta historia “realista” entonces es una joven llamada Taeko Okajima: tiene veintitantos años, recibe sueldo fijo y el foco de la historia es el regreso, en modo de vacaciones, a su preciado lugar de origen.

Es una historia preciosa transcurre como un sueño lúcido. ¿La razón? Su montaje fabuloso que mezcla dos tiempos, el pasado, el de una niñez idílica creciendo en medio de una naturaleza casi purificadora, y el viaje en el presente de la protagonista mientras está vacacionando.

¿Se han fijado que el sello de Ghibli como estudio, mucho antes del #Metoo, ya focalizaba sus creaciones en personajes femeninos? Recuerdos del ayer posee este maravilloso filtro de elegancia y sutilezas femeninos que, como ya afirmé, parecen en algunos segmentos parte de un mundo de sueños. De hecho, Isao Takahata se basó en la serie de mangas de Hotaru Okamoto y Yuko Tone, sobre una niña pequeña. Entonces el director de La tumba de las luciérnagas lo que hizo fue “crear” la versión adulta de la esta niña y fundir esas dos dimensiones de la misma persona en una unidad perfecta.

Recuerdos del ayer es un hito en la animación japonesa por varias razones. La más importante, es un punto de vista personal de una joven de la década de los sesenta sumamente realista y contundente. Solo es cosas de mirar la expresión de los rostros de los personajes, cuyos gestos se mueven como nunca antes lo habían logrado hacer en la historia del animé. El director Isao Takahata estaba tan obsesionado con el tema que él y su team insistieron en animar músculos faciales y corporales usualmente dejados de lado en los dibujos de caras y cuerpos. Y para tal objetivo, lo que hicieron fue primero grabar los diálogos de los actores, así los dibujantes pudieron sincronizar de menor manera la voz de los actores de doblaje con los labios en movimiento de los personajes. Lo que se obtuvo, en japonés, fue una sincronía casi perfecta y eso, cuando uno mira el motion animado, da algo de escalofrío porque ese efecto –en el idioma original- le da aún más el soplo de la vida y realismo a estos caracteres. Le entrega el envoltorio de concreto realismo a un montón de emotivos momentos: desde sorprenderse viendo comiendo una piña –recordemos que las frutas en el Japón de post guerra era carísimas y un lujo asiático- hasta las risas de juegos infantiles. Una maravilla, Recuerdos del ayer es una confirmación más del inmenso talento del difunto genio Isao Takahata.

‘Puedo escuchar el mar’ (1993)

Por Ernesto Garratt.

Quizás se trate de unas de las películas menos conocidas de los estudios Ghibli. Es, de alguna forma, una especie de cantera de experimentación y  cuyos resultados, bastante buenos, son consecuencia del libre ejercicio en que los fundadores del estudio, Hayao Miyazaki e Isao Takahata, dejaron a los artistas “promesa” de Ghibli a inicios de los años 90.

Y una de esas promesas fue el director Tomomi Mochizuki, quien con solo 34 años capitaneó con dedicación y esmero este relato, de nuevo contado mayormente por una protagonista femenina y joven, lo que es casi una especialidad de la casa cuando hablamos de estos estudios japoneses.

En apenas 45 minutos, este joven director, ayudado por un también muy joven equipo de creadores, se desarrolla la historia de cómo la llegada de  una compañera nueva, Rikako Mutō,  a un colegio costero altera las vidas de dos amigos que estudian en el lugar.

Es la primera vez que Ghibli hizo una película para la TV.  Y fue la ocasión para que los más jóvenes del estudio probaran sus habilidades. ¿El resultado? Una película que es una pequeña joyita, jugada en muchos aspectos, experimental en otros. En una idea, Puedo escuchar el mar es una película para jóvenes de los 90, hecha por jóvenes creadores de los 90 y que en este 2020 mantiene su vigencia y juventud intactas.

 

 

 

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