Emil Ferris y su amor por los monstruos

La artista recibió este año un Eisner por Mejor Historia Autoconclusiva.

Emil Ferris es autora de la que muchos consideran la novela gráfica de la década. Antes de ello, freelanceaba, como tantos artistas, diseñando juguetes para McDonald’s y Takara Tomy, una juguetera de Tokio, hasta que en 2001 fue mordida por un mosco portador del virus del Nilo de Occidente, enfermedad que la dejó postrada. La parálisis en la parte baja de su cuerpo y la falta de movimiento en la mano derecha no frenaron su ansia creativa y de hecho sirvieron como incentivo para recuperar la motricidad y concebir ‘Lo que más me gustan son los monstruos‘, maravillosa y monumental obra debut, publicada en 2017 por Fantagraphics Books. Desde entonces, la autora de 55 años hizo historia al colocar su libro como la mejor novela gráfica del año en más de 100 listas en América y Europa, además de cosechar decenas de críticas elogiosas y acumular galardones; el más reciente conseguido el lunes pasado: el Eisner a Mejor Historia Autoconclusiva/Número suelto. 

Reto narrativo y visual

Una niña jorobada con una pierna más corta que la otra está sentada en un rincón del patio de su colegio. Es la década de los sesenta, en Chicago, la época de esplendor del cine Clase B. Estados Unidos experimenta diversos horrores como el de la guerra, los conflictos de clase, raciales o sexuales. En su falda tiene un bloc de croquis y un lápiz pasta. Sus compañeros de escuela corren y juega  sin notar su presencia. O tal vez la obviaron, hasta que la chiquilla comenzó a relatarles fascinantes cuentos de terror y ya nunca más estuvo sola en los recreos.

Así pasaba los días Emil Ferris; dibujaba rostros y contaba historias; recreaba con su memoria escenas que, años después, plasmaría en su libro debut ‘Lo que más me gusta son los monstruos‘, novela gráfica que la hizo merecedora a una multitud de premios (2 Ignatz, 3 Eisner, 1 Guinigi, 1 ACBD Gran Prix, 1 Carlos Giménez, 1 Premio de los Libreros de Madrid, 1 Premio del Cómic Aragonés; el Premio al mejor Cómic Internacional del Salón Internacional del Cómic de Barcelona 2019).

La autora cosechó otro  Eisner, el más importante del cómic estadounidense, el pasado lunes 27 de julio por ‘Our Favorite Thingis My Favorite Thing is Monsters‘, una nueva entrega de monstruos concebida por Ferris para los lectores del Free Comic Day de este año y que espera su publicación en español. Son 16 páginas que incluyen dos historias autobiográficas;una sobre las terribles condiciones que la llevaron a concebir ‘Lo que más me gustan son los monstruos‘ y la otra ‘Cómo dibujar un monstruo‘.

La nueva y breve obra puede decirse que parte de ‘Lo que más me gustan son los monstruos‘ (publicada en español en junio de 2018 en el sello Reservoir Books por Penguin Random House), una trepidante obra narrativa de gran reto visual que transita por muchos aspectos de la vida de su autora.

En esas páginas se encuentran sus días en el Instituto de Arte de Chicago,su forma de hacer amigos en el colegio, su amor por el género de horror y la narración ilustrada. Pero también su visión del convulsionado mundo político de la época, la búsqueda de la identidad en una edad en la que se transita de niña a mujer.

La protagonista se dibuja a sí misma como una mujer loba, porque según Ferris así se veía y sentía ella. Su madre era muy hermosa y vio que las mujeres bellas no solo eran limitadas por su esa belleza sino que también por la forma en que los hombres las deseaban: “lo que con frecuencia causaba violencia en sus vidas. Su brillantez no fue valorada. Tampoco fue valorada socialmente en ese momento. Nunca quise ser mujer por eso, tampoco hombre porque también siento que son víctimas del mismo sistema”.

Te lavo los pinceles

Emil Ferris nació en Chicago el año 1962. Es hija de un matrimonio de talentosos artistas que, entre sus estudios y los trabajos del Instituto de Arte, se enamoraron e hicieron de ella su mejor obra. “Mi madre siempre decía que cuando vio a mi papá, le dijo: si me estiras los lienzos yo te lavaré los pinceles”, contó la autora en una entrevista a The Guardian.

Según ferris, comenzó a dibujar desde pequeña, dado que sus padres eran artistas; el dibujo —y el arte en general— era sumamente importante en su familia. Emil prácticamente se crió en el Instituto de Arte;para ellos, era como la iglesia y de alguna manera memorizaban los pintores como otros niños se grababan los versículos de La Biblia. Y así, entre Goya y Picasso, Emil Ferris se formó como mujer y profesional.

En los  2000, Ferris dedicaba sus días a cuidar a su pequeña hija de siete años y por las noches freelanceaba diseñando juguetes para la Cajita feliz de McDonald’s y la línea de conejitos Tea Bunnies de la firma japonesa de juguetes Takara Tomy. Pero el año 2001 Emil fue mordida por un mosquito portador del virus del Nilo Occidental, enfermedad que dentro de todos sus síntomas —en ocasiones— afecta gravemente el sistema nervioso central.

En tres semanas, la ilustradora, quedó paralizada desde la cintura para abajo y también perdió la movilidad de su mano derecha. En ese momento, Emil pensó que no iba a ser capaz de volver a escribir o a dibujar; por tanto, luego de meses en recuperación, decidió regresar al Instituto de Arte de Chicago para estudiar un máster en escritura creativa, de alguna manera, necesitaba algo en lo que pudiese trabajar sin que las artes manuales fuesen un requisito.

Sin embargo, frente a la tragedia, hizo crecer sus oportunidades. Mientras se recuperaba en el instituto, comenzó a entrenar su mano para volver a dibujar; este trabajo de rehabilitación mejoró la movilidad de su extremidad, Aunque no así la calidad de su trabajo. Le era imposible mantener la fluidez con la que estaba acostumbrada a crear sus dibujos; pero no desistió y fue buscando la forma de vaciar su creatividad en la novela ‘Lo que más me gustan son los monstruos‘, una obra portentosa de más de 500 páginas, cuyo dibujo es un verdadero deleite artístico.

El detallado rostro de los personajes que habitan la obra —la protagonista Karen Reyes, su hermano Deeze, su madre Marvela, el baterista de jazz Sam Silverberg o el casero mafioso Sr. Gronan— no sólo son muestra de un depurado trabajo técnico con el bolígrafo BIC, sino una referencial capacidad de observación para dotar de personalidad, rasgos y emociones cada página. La calidez de la historia se percibe con textura y sensibilidad como la que puede encontrarse en los trazos del cuaderno escolar de un adolescente. Así de fresco, de sincero y de original.

Comencé el libro aún con algunas dificultades de parálisis. El libro fue parte de lo que me ayudó a recuperarme”, dijo para The Guardian.

Y así como la fiebre del Nilo Occidental la postró, también dio vida a una de las mejores novelas gráficas (o debería mojarme y decir la mejor) del 2017. Y claramente su espectacularidad no se limita a ese año.

Monstruo

La novela cuenta la historia de Karen, una pequeña y talentosa niña de trece años que escribe e ilustra su diario de vida —con lápiz pasta sobre hojas de cuaderno cuadriculadas y con espiral—. Para ello se dibuja así misma como una niña loba. Como un monstruo.

Karen cursa la primaria de un colegio católico y su obsesión por el género del terror, especialmente los monstruos, la hace presa fácil de burlas y bullying, incluso por parte de su ex mejor amiga, Missy. La niña vive junto a su mamá y su hermano Diego, al que llama Deeze, en un pequeño apartamento en el sótano de un edificio ubicado en un barrio de Chicago donde se establecieron migrantes y negros. Sus vecinos incluyen al Sr. Chugg, que es un ventrílocuo insociable, los Gronans que son los mandamases y típicos mafiosos, y los Silverberg, que son una antigua pareja judía.

Un día, cuando regresaba a casa de la escuela, Karen se entera de que la señora AnkaSilverberg fue encontrada muerta en su apartamento. La policía oficia la muerte de la mujer como un suicidio. Karen y su mamá no están seguras de eso, más porque la primera tuvo una relación muy amistosa con Anka, así que decide convertirse en detective para resolver el misterio de su asesinato. Una mujer lobo con gabardina.

Karen, en su diario, también nos muestra lo extremadamente cercana que es su relación con su hermano, Deeze: un artista muy talentoso que está cubierto de tatuajes. Deeze, desde que Karen era muy pequeña, la lleva regularmente al Instituto de Arte de Chicago. Esto inculcó en ella un amor por el arte, tanto en la admiración como en la práctica.

La novela sufre un cambio de narrador cuando Karen, dentro de su investigación, entra al departamento de los Silverberg y encuentra unas cintas donde Anka había dejado testimonio de su vida. Anka había nacido en Berlín el año 1920; ella y su madre se fueron a vivir a un burdel y  mientras su madre trabajaba prostituyéndose, ella era cuidada por la cocinera, la señora Sonja. Una mujer bonachona que le brindaba una vía de escape, a través de historias fantásticas de hadas y mitos griegos. Finalmente por celos, la madre de Anka, asesina a la cocinera y la niña es vendida para ser esclava sexual.

Y aquí es donde todo se vuelve realmente fuerte.

Karen debe lidiar con la información revelada por Anka en las citas y la inminente muerte de su madre producto del cáncer. Su madre, una mujer hermosa que a través de sus ojos, le daba a Karen una vía de escape de esa realidad cruda y sutil que nos presenta la autora.

Emil Ferris, como fans del género de terror no sólo usa referencias del género en el texto o las ilustraciones, sino que integra aspectos del horror en la trama, una unión estudiada para el desarrollo de personajes y la narrativa que rodea a Karen y a sus amigos.

También referencia a los pintores más conocidos de la historia del arte, pero no de una forma pretenciosa; al contrario. Por ejemplo, en una parte de la historia, cuando Karen camina desconsolada por la ciudad tras recibir la noticia del cáncer de su madre, unos hippies le regalan unos Brownies de Marihuana, Karen los recibe sin saber qué contenían, pero cuando se come uno escribe que saben a los cuadros de Dalí si estos fueran de chocolate, y con ese pequeño guiño al arte, lo dijo todo. Se entiende perfecto lo que sintió al comerlo.

Por supuesto, los eventos antes mencionados —entre otros que no describiré para no tirar spóiler— son súper importantes no sólo para la investigación, sino para el crecimiento emocional y la maduración de Karen. Su pérdida de la inocencia es la lucha que Ferris considera primordial, pues la creencia de que está siendo excluida solo alimenta su resolución de aprender más sobre lo que está pasando entre los adultos. Tal como hacía de niña, en la realidad, su autora. Los monstruos que plasma, los de ficción tanto como los que habitan el mundo cotidiano, son su forma de mantener el interés en ella y nunca más volver a estar sola. Seguramente por eso le gustan tanto.

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