El porqué ya no quiero ir al cine

Sábado. 18:30 horas. La sala de cine está llena. Se apagan las luces. Mientras pasan los comerciales y trailers, la persona junto a mí abre su mochila y saca una botella de Pepsi para él y otra para la chica que lo acompaña. Ambos tienen sus respectivos baldes XL de cabritas. Comienzan a proyectar los primeros minutos de ‘Logan’ y el tipo empieza a explicarle a su acompañante toda la mitología de los X-Men, desde la primera cinta del 2000 hasta ‘Apocalipsis’.
Yo lo miro con cara de desconcierto, pero no se da por aludido. La película continúa. Ambos comienzan a comer sus cabritas. Bueno, también todo en el resto del cine. A alguien se le cae su balde y todo su contenido queda regado por el piso.
Logan’ va por la mitad y más adelante alguien prende su celular para revisar WhatsApp. Luego otro, otro y otro. La sala se llena de pequeñas pantallas encendidas que agujerean la oscuridad.
El tipo junto a mí, que no debe superar los 21 años, habla con la película: “No, no. ¡Guaaaaaaaa!”. Y a continuación inicia otra larga conversación con la misma efusividad que si estuviera en alguno de los pasillos del centro comercial. Le pido que guarde silencio, pero él solo baja el volumen y sigue hablando con su acompañante.
Estamos en los últimos minutos de ‘Logan’ y ahora repite casi como un mantra: “Que no termine así, que no termine así, que no termine así…”.
Las luces se encienden y el público abandona la sala. No tengo ganas de quedarme escuchando el análisis en profundidad del tipo sentado junto a mí. De modo que me paro y comienzo a bajar las escaleras hasta la salida. Y mientras avanzo, veo la enorme (sí, enorme) cantidad de basura que cubre el suelo de cada una de las filas.
Esta no es la primera vez que me pasa algo así al ir al cine. Pero por alguna razón, en esta oportunidad decidí poner por escrito mi molestia y desahogo.
Es que no puedo evitar recordar otros tiempos, en que ir al cine era un panorama anhelado y escaso. Entonces, las películas no se estrenaban en Chile un día antes que en Estados Unidos y, por el contrario, podían pasar muchos meses antes de que llegaran a las salas nacionales. Por eso, ir al cine era la mejor actividad familiar que podía haber durante el fin de semana.
La mayoría de los cines estaban en el centro de Santiago y cada uno de ellos tenía su propio estilo, decoración y arquitectura. Era la época en que se solía comprar la entrada con antelación, los asientos estaban numerados, en su interior solo se vendían chocolates y dulces en bolsitas de papel, y si llegabas después de que hubiesen apagado la luz, el acomodador te guiaba con su linterna.
¿La mayor interrupción pensable en ese tiempo? Que fallara el proyector y tuvieran que encender la luz, o alguien con un serio ataque de tos.
Sí, así era ir al cine en las décadas de 1970 y 1980; incluso algo de eso aún existía a comienzos de los ’90. Pero eso no era lo más significativo. Lo realmente importante era el efecto colectivo que se producía al interior de aquella sala a oscuras, solo iluminada por la proyección de la película. Un espacio y un tiempo en el que el silencio y el respeto hacían posible generar aquella magia imborrable que te transportaba al interior de la trama, olvidando que estabas sentado en una butaca y rodeado de personas.
Sí, la magia del cine. La misma que se fue perdiendo con la desaparición de los cines más clásicos (la mayoría hoy son sucursales de banco, alguna tienda de retail o fueron demolidos), la llegada de las grandes cadenas extranjeras y la imposición de que no se puede ver una película sin estar comiendo como náufrago. Hoy los vasos de bebida, las papas fritas, los trozos de pizza y los baldes de cabritas parecen ser más importantes que la trama de la cinta. Después de todo, hoy los mayores ingresos no son por venta de entradas sino por consumo de alimentos y bebestibles (por algo prohíben ingresar con productos comprados afuera).
Pero la magia del cine también se fue perdiendo porque los espectadores cambiaron. Para muchos, ir al cine hoy no es diferente a ver un video de YouTube en un celular mientras se viaja en metro. O una serie en casa junto a los amigos, comentando por redes sociales todo lo que pueda oler a spoiler.
En otras palabras, el otro ya no importa: vivimos en la cultura del yo (y con mayúsculas). De modo que a nadie le importa si mi música, mis comentarios o mi celular pueden molestar de alguna forma a otra persona. Pero que no se malentienda, porque no soy un nostálgico.
Entonces, ¿estamos hablando de educación? La verdad, sí. Y eso es lo más grave.
Todavía me quedan algunos años para abandonar los 40, pero me doy cuenta de que ― tal como le ocurre al propio Logan― las diferencias generacionales se acrecientan como un abismo. Y que frente al paso implacable del tiempo es muy poco lo que se puede hacer.
El cine ha sido una pasión para mí desde la infancia. Una actividad que me ha conmovido tantas veces como me ha hecho reír o llorar. Algo que ni la llegada del VHS ni de los DVD pudo cambiar. Sin embargo, debo reconocer que va quedando muy poco de aquella antigua magia, de esa experiencia colectiva tan cautivadora como cómplice. Por eso ya no voy tanto al cine.
Me quedo con la sensación de que debo ver ‘Logan’ por segunda vez, otro día y en otro horario. Ojalá a las 11 de la mañana de un día laboral, cuando el cine está mucho más vacío y el espectador se puede volver a conectar con la mítica “pantalla de plata”.

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