‘Dolor y Gloria’: En la piel de Almodóvar

Por Michelle Martínez Collipal

En ‘Dolor y Gloria’, lo último del director español Pedro Almodóvar, es difícil no descubrir algunos patrones de “8 ½”, la obra más personal de Federico Fellini. El más fuerte probablemente está en esa misma estructura narrativa de “obra dentro de una obra” que estableció el director italiano durante los años 60. Este es el filme número 21 del cineasta, bien podría llamarse “20 ½”.

Autoficción y una “construcción en abismo” es lo que vemos en ‘Dolor y Gloria’, un recorrido íntimo, metafórico y surrealista, por la vida de uno de los directores hispanos más importantes de último siglo: su miedo, sus adicciones, su pasión y sus deseos.

La película ha sido catalogada como una de las mejores de Almodóvar en mucho tiempo. Entre otras cosas, por la conmovedora interpretación de Antonio Banderas. El actor, conocido colaborador en el universo almodovariano con películas como ‘La ley del deseo’ (1987), ‘¡Átame!’ (1989) y ‘La piel que habito’ (2011), ganó la Palma de Oro gracias a su papel de Salvador Mallo, un prolífico director que se encuentra a sí mismo en lo que parecer ser el ocaso de su carrera, con problemas para crear una nueva película, aquejado por un sinfín de dolencias físicas y espirituales, y dependiendo de la heroína para poder tener momentos de paz en el día a día.

La marca de Almodóvar se hace presente en un melodramático retrato del deseo masculino. También en términos estéticos como los colores vivos, la música y la algarabía que percibimos en cada flashback que tiene este aquejado director, cada recuerdo que contrasta con las escenas sombrías, el silencio y la soledad de su presente. El montaje, ágil, a veces imperceptible, nos lleva al pasado, luego nos trae de vuelta, luego nos vuelve a llevar, y así nos vamos sumergiendo en los lugares más recónditos de la mente de Pedro Almodóvar.

En este viaje nos encontramos con personajes secundarios interesantes: la madre del director, interpretada por Penélope Cruz y luego por Julieta Serrano, y los distintos hombres que marcaron su vida, en la piel de Leonardo Sbaraglia y Asier Etxeandia.  Así, a través de la propia catarsis del director manchego se pueden encontrar temas universales, aunque quizás más en el dolor que en la gloria: el dolor de una infancia difícil, un deseo no concretado, un amor truncado, y una incapacidad profunda de disfrutar el aquí y el ahora.

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