De la prosa a los pixeles: El rostro hollywoodense de la literatura

Los estrenos cinematográficos más esperados de 2014 vienen cargados de películas basadas en libros de autores que se lo han vendido todo; la tendencia general se mantiene en bestsellers y sagas juveniles como la última entrega de Los juegos del Hambre de Suzanne Collins, Divergente de Veronica Roth, El corredor del laberinto de James Dashner, The Vampire academy de Richelle Mead y alguna que otra obra menos conocida para las masas como Al filo del mañana, basada en la novela del japonés Hiroshi Sakurazaka, titulada All you need is kill. En todo caso, los adolescentes y adultos aguardan estos títulos con ansias.
Cuando el éxito de una novela es desbordante, es natural y casi obligado que los reyes Midas de la industria cinematográfica se abalancen sobre ella para explotar el potencial que entraña; de ese modo,  arrasar en taquilla, multiplicar los ingresos en muñecos, termos, poleras, dvds, blurays y otro tipo de productos licenciados.
Uno de esos casos, raro además porque la adaptación ha tenido una crítica respetable lo que no siempre ocurre, es el de la trilogía bestseller Los Juegos del Hambre (2008) de la ex guionista de Nickelodeon, Suzanne Collins.
Los estudios hollywoodenses (Lionsgate Entertainment) le echaron el ojo desde hace bastante tiempo, casi desde que apareció la primera entrega del libro, y en marzo de 2009 adquirieron los derechos para la adaptación fílmica; pero no fue sino hasta el año 2012 en que el inicio de la saga, que también incluye En llamas y Sinsajo (que para la pantalla se dividirá en dos episodios), se materializó en cines, siendo además una de las cintas pioneras en ofrecerse comercialmente en salas con formato 4D.
La polémica historia dirigida por Gary Ross (Pleasantville), está protagonizada por Jennifer Lawrence (la nueva superestrella consentida de Hollywood, ganadora del Oscar por su actuación en Silver Linnings Playbook) y Josh Hutcherson, ex celebridad infantil de películas como Un puente hacia Terabithia, basada en la novela de Katherine Paterson.
Por si el gancho de atracción al público no fuera suficiente con los protagonistas, la cinta incluyó a un taquillero repertorio de actores, entre los que están el hermano pequeño de Thor, Liam Hemsworth, el veterano Donald Sutherland y el Asesino por naturaleza, Woddy Harrelson.
Reality show
Los Juegos del Hambre está narrada desde el punto de vista de Katniss Everdeen, una adolescente de 16 años que para salvar a su hermannita Primrose se ve obligada a participar en un torneo de tributos que consiste en luchar a muerte con otros niños de entre 12 y 18 años. La novela se desarrolla en Panem, un país distópico construido en lo que fue una vez América del Norte.
Se trata de mundo oprimido y recursos limitados, donde el gobierno totalitario de El Capitolio somete bajo su bota a los ciudadanos de los 13 Distritos que, mantiene separados entre ellos por el reforzamiento de las diferencias de clase, las vejaciones y las expectativas del mundo.
La herramienta más poderosa de El Capitolio para promover la desunión y desmoralizar la rebelión son los Juegos del Hambre: un evento anual en el que dos tributos de cada distrito se enfrentan entre sí, mientras todo el país los ve por televisión, en lo que constituye una conmemoración del levantamiento en armas del Distrito 13, que fue sometido y eliminado del mapa.
Durante los últimos setenta y cuatro años, estos terribles juegos que mantienen en zozobra a unos habitantes de Panem, mientras que estimula el espíritu guerrero de otros, han sido transmitidos en un espectacular reality show que debe ser celebrado en todo el país.
Lo cierto es que, más allá de cómo los enfrenten en su espíritu individual,  los doce Distritos que quedan temen y detestan estos juegos porque, para El capitolio tanto como para ellos, los 23 niños que mueren cada año solo son piezas de un juego que sirve para someter y para seguir manteniendo vigoroso el poder del sistema.
Para Katniss y los demás tributos, los momentos de la cosecha, la presentación ante la audiencia y aun los previos a los juegos, resultan especialmente tortuosos y desmoralizadores debido a que el capitolio los obliga a vivir todo el proceso como si fueran una gran fiesta para celebrar.
Effie Trinket, una de las estrafalarias y exóticas presentadoras y representante del Distrito 12, en la cosecha de tributos grita con vestimentas fashion y pelucas esponjosas: “Felices Juegos del Hambre”, aun cuando sabe que en esos juegos, verá  a niños pequeños matarse entre ellos.
Esta celebración mediática de la muerte, como producto de un poder totalitario y brutal, puede rastrearse en novelas como El fugitivo (1982) y La larga marcha (1979) de Stephen King, como el mismo autor de Doctor Sueño se ha encargado de evidenciar cada vez que puede.
Del morbo a la profundidad
En cualquier caso, más allá de la originalidad de la fuente de inspiración, la mecánica de Los juegos del hambre se puede comparar con los reality shows de hoy, donde no es infrecuente que la audiencia sea presa de un morboso estado anímico y psicológico en el que disfruta viendo la vida de los demás y, en ocasiones, exige que los productores generen conflictos para hacer el show mucho más interesante. O menos aburrido, menos probable que se cambie de canal, lo que tratándose de desgracias humanas de los participantes, la reflexión ética de los medios de comunicación, sus contenidos y el público, se hace ineludible.
Y es que en ese sentido, si los conflictos verbales llegan a peleas físicas, es mucho mejor para el rating y éxito del show, como pasó por ejemplo en Mundos Opuestos en sus dos versiones y, actualmente, en Padres lejanos. Pero el atractivo mediático de esos programas no solo puede encontrarse en la violencia, sino que logra potenciarse también con el sexo, el chisme de la farándula, la discapacidad, el escarnio y muchos otros ingredientes típicos del consumo mediático.
Sin embargo, la versión cinematográfica de Los Juegos del Hambre no profundizó en los tópicos que hicieron de la novela un éxito de ventas y, al menos en esa primera cinta, las carencias y espacios dejados por los libretistas fueron cubiertas por la imaginación del público que leyó el libro, sin dejar de reconocer, por otra parte, que acercó a los cinéfilos a la saga.
Pero no es sino hasta la segunda parte de la trilogía: En llamas, estrenada el 22 de noviembre de 2013, que se gana profundidad temática y delineamiento de los personajes, más en sintonía con la trilogía de Collins; en esa segunda entrega, la trama muestra no solo un show curioso y brutal, sino la descripción narrativa de un poder totalitario, sus abusos y maniobras, y, por contraparte, cómo los gestores de la revolución usan a un par de jóvenes inocentes como carne de cañón para iniciar un levantamiento necesario pero de grandes consecuencias.
Estos aspectos, logrados gracias a una destacada dirección de Francis Lawrence (Agua para elefantes), hicieron de En llamas una película disfrutable, reflexiva y emocionante que genera el suspense necesario para querer saber de la tercera entrega. Nada mal para una franquicia aparentemente dirigida para el público juvenil, sobre todo después de valorar sagas desiguales o malogradas, al menos desde el punto de vista de la crítica especializada, como Crepúsculo o Harry Potter 
¿Es mejor el libro, ah?
Y es que el poco entusiasmo de cierto tipo de público a la hora de pagar por ver este tipo de películas se debe a que adecuar las novelas al cine es difícil en cuanto a lo que los directores y libretistas son capaces de moldear en la pantalla grande respecto de lo que el libro dice, pero definitivamente no en cuanto a lo que las miles o millones de personas han imaginado al momento de leerlo y que de antemano acribillan con su frase fetiche: “Es mejor el libro”.
Hay algunas sagas largamente acariciadas por los estudios cinematográficos, que temiendo un fracaso en ese sentido, o reconociendo la imposibilidad de la adaptación por lo que significa a nivel de metraje, producción y financiamiento.
La torre oscura (ocho novelas) de Stephen King, por muchos años, ha sido el mayor ejemplo de lo inadaptable. Universal y Warner así lo han reconocido, aunque todo puede cambiar, sobre todo con las noticias recientes sobre conversaciones de Ron Howard para mantener vivo el proyecto en el que que ahora suenan nombres como Aaron Paul y Liam Neeson.
Pero también hay excepciones, en las que las adaptaciones son tan buenas como el libro o incluso superiores. Blade Runner (1981) por ejemplo, un clásico de las películas de ciencia ficción fue una adaptación libre de la novela corta ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick.
Ridley Scott (Alien, Prometeus) junto a sus dos libretistas, Hampton Fancher (Guionista de The Minus Man de Lew McCreary) y David Peoples (12 Monos) tomaron de este relato solo las escenas e ideas que harían de la película una maravilla hollywoodense, dejando afuera toda las críticas sociales más profundas y los rollos éticos que Dick plantea en su texto.
Cuando Peter Jackson dijo que haría El señor de los anillos, expertos y fanáticos de J.R.R. Tolkien pusieron el grito en el cielo; pero aun así, Jackson sobrepasó todas las expectativas, e incluso se dio el lujo de dirigir la trilogía de El hobbit, criticada por extender artificialmente el metraje en busca de la taquilla de tres películas sobre un relato más bien breve.
No obstante, podría decirse que Jackson, al igual que Scott, dio con la fórmula que todo director debe saber: no reproducir la obra en la pantalla, sino adaptarla.
Más King 
El cine y la literatura son lenguajes diferentes, por eso es mejor basarse en un libro que copiarlo íntegramente. Así es posible crear una nueva obra con cierta independencia, donde el sello del director pese más que el del autor. Eso lo tuvo presente Jackson, y en otros tiempos Stanley Kubrick, quien basó todas sus películas en libros, pero los transformó a un estilo fílmico completamente personal.
Pero si bien la mayoría de las adaptaciones cinematográficas de Stanley Kubrick fueron un éxito de taquilla, el propio Stephen King, probablemente el autor de nuestro tiempo más adaptado (al cine, televisión, teatro, cómic, ópera, musical), terminó odiando El resplandor, una película considerada por los críticos y las audiencias como una obra maestra.
Según cuentan, a King le molestó la elección de Jack Nicholson como protagonista; también encontró que Kubrick había sido demasiado sutil para comunicar el alcoholismo de Jack y sus problemas familiares, así como también la forma tan ambigua en que manejó los elementos sobrenaturales del libro. Quizás tiene razón y argumentos.
Otros que antes lo pasaron mal por tratar de acercar la literatura al cine fueron los escritores William Faulkner y Francis Scott Fitzgerald, quienes no tuvieron un tránsito amable por Hollywood. Ambos nunca pudieron adaptar al cine sus propias obras y vegetaron en los grandes estudios escribiendo guiones impuestos y a sueldo fijo.
Raymond Chandler, autor de Sueño eterno, se llevó pésimo con Billy Wilder (Pacto de sangre) y mucho peor con Alfred Hitchcock a la hora de adaptar la novela de Patricia Highsmith Extraños en un tren. El mago del suspenso le devolvía los guiones repletos de tachaduras y anotaciones al pie de las páginas, a lo que Chandler respondía furioso: “Si lo tienes tan claro, ¿por qué no lo escribes tú mismo?”.
En 2013, la nueva versión de El gran Gatsby de Fitzgerald contó con la opulenta y barroca dirección de Baz Luhrmann y la entrañable actuación de Leonardo Di Caprio (y un acartonado Tobey Maguire), aunque las críticas fueron más numerosas que los elogios. Solo en dirección artística y vestuario alcanzó nominaciones al Oscar de este año. Mal.
Mentes prodigiosas
Pero a pesar de las malas experiencias,  Hollywood sigue apostando por las adaptaciones.  En el caso de las novelas de ciencia ficción, su proceso de adaptación por lo general implica separar el desarrollo profundo de los personajes, de todo comentario social fuerte, llenando la pantalla de explosiones, efectos especiales  y dejando nada más que el título para conectarlo a la visión original del autor. World War Z es un ejemplo de ello. La ciencia ficción, es un género de ideas que solo tiene sentido para la industria como un campo interminable de ingresos de taquilla.
En buenas manos, una adaptación de ciencia ficción puede ser notable e incluso introducir el material de origen a un público más amplio. Blade Runner, El planeta de los simios, e Hijos de los hombres, por ejemplo, son películas notables.
 
En las manos equivocadas se producen cintas como Yo Robot de Asimov, o La Guerra de los mundos de H.G. Wells, dirigida por Steven Spielberg. La que, obviamente, para traerla a nuestros días sin que resultara desatinada e inverosímil, los realizadores le hicieron cambios radicales.
En el siglo XIX, la invasión marciana era una terrorífica fantasía que hacía mucho sentido. El pavor y la desesperación, aumentadas por la incomunicación y la falta de tecnología para hacer frente a los invasores extraterrestres, eran perfectamente comprensibles. Ahora, con Internet, teléfonos satelitales y poderosas armas nucleares, la historia tuvo que ser profundamente modificada. Obvio.
Recientemente, los fans vieron al fin en cine la historia cuya adaptación los mantuvo con altos niveles de estrés por mucho tiempo: El juego de Ender de Gavin Hood; se trata de una obra maestras del género, cuya adaptación era considerada imposible por sus fanáticos.
El juego de Ender, basada en la novela de Orson Scott Card (Pathfinder), trata de un preadolescente —en el libro es un chiquillo de 6 años de edad—, que es entrenado para liderar una tropa de niños en la batalla contra la amenaza de los Insectores.  Asa Butterfield, visto por última vez como Hugo Cabret en la cinta de Martin Scorsese, retrata magistralmente a Ender Wiggins: un niño tímido pero brillante, capaz de planear estrategias como el mejor, desde mucho antes de ser llevado a la elitista Escuela de Batalla.
Ender es preparado para ser un asesino que logra entender perfectamente a su enemigo y dado sus altos niveles de empatía y éxito en los complicados juegos de guerra es elegido como el salvador de la humanidad y rápidamente ascendido a la Escuela de Mando.
El juego de Ender es una película que aprovecha muy bien las posibilidades que da la tecnología digital, pero ello ya tiende a ser repetitivo en este tipo de películas. Es bueno el diseño de las salas de entrenamiento y planificación; los juegos y las batallas son capaces de asombrar al espectador aunque sea solo en la superficie. Pero poco más.
Sin embargo, fuera de las técnicas actorales y los efectos especiales, lo que resulta superficial, otra vez, es la falta de desarrollo de los asuntos éticos presentes en el relato; o sea, falla con los conceptos sobre la validez del “no importa el medio sino el fin”,  el engaño mediático y la manipulación de soldados que, en su mayoría, apenas han cumplido los 18 años.
Nunca se sabe qué es lo que querían realmente los invasores, solo se les ha enseñado a temerles de tal manera que lo único importante para los pequeños soldados, es erradicarlos. Los niños no pueden hacer preguntas, salvo que sean legítimas —lo que sea que eso signifique—, y solo al final de la cinta, a través de la desazón de Ender, se pueden ver algunos elementos que rompieron el molde superficial con el que Hollywood adapta las películas ciencia ficción.
¿Por qué los insectores se detuvieron ante el ataque? ¿Por qué permitieron tantas muertes innecesarias? ¿Por qué no dialogaron? Y finalmente: ¿Por qué no se comunicaron? Son algunas de las interrogantes que  Ender necesita que alguien responda. Al menos en la ficción del Film. .
Y así como Wiggin, destacó entre  millones de niños con  inteligencia superior a la media, también existen realizadores que han logrado sobresalir con éxito con sus adaptaciones fílmicas de los libros. Quizá son pocos los privilegiados con mentes prodigiosas, no hay duda. Directores estrategas, capaces de procesar la información verbal para convertirla en una síntesis de imágenes y sonido que logran dejar satisfechos al lector-cinéfilo.
Pero lo cierto es que hasta al cineasta más experimentado se le pueden ir detalles, o agregar tantos que al final arrojan como resultados películas desastrosas o simplemente irregulares. Así ha sido y seguirá siendo. Pero con un poco de suerte, los proyectos fallidos serán compensados cuando una joya reluzca a medio camino entre las letras y los pixeles.

 

 

4 thoughts on “De la prosa a los pixeles: El rostro hollywoodense de la literatura

  1. Me cargan todos esos que siempre
    te dicen “ah, pico. Es mejor el libro”.
    O sea, me gustan mucho las adaptaciones
    de los libros, aunque es claro que no todas son buenas.
    Pero hay unas que realmente lo valen, por lo cual me
    celebro esos intentos. Está bueno el artículo de Paulina.
    Se vienen algunas esperadas, que ojalá funcionen mejor que El juego de Ender, que terminó muy floja. Quiero ver como se resuelve Los juegos del Hambre con la muerte de Philip Seymour. ya veremos. Felicidades a NN.

    1. Hace tiempo que veo tus comentarios, y nunca te agradecí la buena onda.
      Gracias por leernos y dejar tus apreciaciones. un abrazo y mucho éxito.
      Muy buena onda. 😀

  2. Pucha oh.
    Ah qué buena leer tu comentario, Paulina.
    Te leo no más porque me gusta filete tu estilo
    y tus temas. Son bien tratados y hacen aprender más de los temas nerds news.
    Así que eso. Buenita onda no más y muchos saludos.

  3. En verdad Yo Robot es una recopilación de cuentos de Asimov pero la película no esta basada en ellos. Lo único que aparece es la mención de las tres leyes de la robotica.

    Buen articulo.

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