Daft Punk: Game Over

Sacarse los cascos en la mitad de una pandemia parece no ser el más adecuado de los criterios, pero si sus portadores son máquinas poco importa. Si son fieles a su espíritu mecánico, los robots deberían demostrar que el maldito enemigo orgánico que agobia a los humanos no reviste ningún peligro para ellos. Los integrantes de Daft Punk pueden respirar con tranquilidad la atmósfera terrestre después de su disolución.

Es lo que hicieron este lunes 22 de febrero, cuando a través de un video en YouTube dieron a entender que el dúo se acababa. Para darle más formalidad al asunto, aquel clip de 8 minutos de duración extraído de su película ‘Electroma‘ (2006) incluía fechas de nacimiento y muerte: 1993-2021. Hacia la noche de ese mismo día, una portavoz “humana” de la banda confirmó la información. 

Tras 28 años de carrera, dos giras mundiales, cuatro álbumes de estudio, una banda sonora, un disco en vivo y otro de grandes éxitos, el grupo electrónico más influyente del siglo XXI llegó a su fin. O mejor dicho, explotó: en el clip de YouTube, uno de los robots vuela en millones de pedacitos mientras el otro se pierde caminando por el horizonte de un anónimo desierto.

Lo de Daft Punk es un asunto de estudio, pero también de cariño. Aunque Thomas Bangalter y Guy de Homem-Christo jamás abandonaron a sus personajes (o precisamente por eso), sus seguidores nunca les fallaron. El pacto era mutuo y los músicos tampoco traicionaron a sus fans. Nada de caer rendidos a la lisonja y el lujo de los seis Grammys del 2014 y ceder a mostrar sus rostros. 

No es que nadie los hubiera visto jamás (hay varias fotos de ambos antes y después de la fama), sino que un asunto de consecuencia con lo que una vez se dijo y luego se practicó. Quizás por ese raro anonimato y por su rechazo a las entrevistas, Daft Punk generó lazos afectivos fuertes con su público. No estaban para abrir las puertas de su intimidad a algún privilegiado ocasional, sino que para mostrar lo que sabían a todos por igual. Unos androides democráticos y orgullosos al mismo tiempo. 

Tiempo de espera

La paciencia de los que gustamos de su música nos hizo acostumbrarnos a esperar más de lo habitual para el lanzamiento de sus discos. Cuatro años entre ‘Homework‘ (1997), su pegajoso debut, y ‘Discovery‘ (2001), su consagratorio segundo álbum. Otros cuatro años para que apareciera ‘Human After All’ (2005), el más débil de sus álbumes. Luego, y cuando ya parecía que los circuitos estaban quemados, llegó ‘Random Access Memory‘ (2013), un disco definitivo. Fueron siete años de espera que entremedio se animaron al menos con la banda sonora para la película ‘Tron: Legacy’ (2010). 

Para dos franceses perfeccionistas es probable que ‘Random Access Memories‘ haya funcionado desde siempre como un récord imposible de superar. En ese sentido, el fin de Daft Punk estaba escrito en cada una de las pistas de un álbum que los llevó a colaborar con la flor y nata de ayer y de hoy en el pop, desde Pharrell Williams y Julian Casablancas (The Strokes) a Giorgio Moroder y Nile Rodgers (Chic). 

Tras este disco muchos esperaron una nueva gira del dúo. Hubo varias falsas alarmas, se publicaron itinerarios inexistentes en las redes sociales, se masificó el mito robótico por todo el globo y la sola idea de su retorno a Chile se transformó en un singular rezo colectivo de los melómanos electrónicos. Sólo que los dioses no escucharon. No tenían por qué: un auténtico robot no cree en plegarias. 

A pesar de la visita que nunca fue, se puede decir que Chile tuvo suerte con Daft Punk. O al menos los que asistieron al histórico concierto del 2 de noviembre del 2004 en Espacio Riesco, sí que fueron afortunados. Después de todo, el grupo apenas hizo dos giras en su carrera y una de ellas llegó a Chile. Era el tour por ‘Human After All‘, pero había mucho que escuchar (y ver): las canciones de ‘Discovery‘ y ‘Homework‘ eran clásicos en su registro. 

Conscientes de que la imagen era la mitad de su encanto (probablemente ya en su último disco ‘Random Access Memories‘, la música les importaba más que el clip audiovisual), el dúo se preocupó de que cada uno de sus videos fuera una obra aparte. Tal vez por eso aguantamos cuatro o siete años de espera entre cada disco. Había videos y al menos un par de películas para alimentar la imaginación. 

Daft Punk partió con ambición y su primer disco ‘Homework‘ venía acompañado por los videos de los cineastas Spike Jonze y Michel Gondry. El realizador de ‘¿Quieres ser John Malkovich?‘ hizo el clip de ‘Da Funk’’ el del noctámbulo con cabeza de perro que se desplaza por Nueva York. El director de ‘Eterno Resplandor de Una Mente Sin Recuerdos’ realizó ‘Around the World’, con aquellas coreografías en círculo de bailarines vestidos como esqueletos. 

Ya en el 2003, dos años después del lanzamiento de ‘Discovery‘, Bangalter y De Homem-Christo le pidieron al gran dibujante de manga japonés Leiji Matsumoto que creara una historia para cada una de las canciones de aquel disco. El resultado fue ‘Interstella 5555′, un filme prodigioso y nostálgico, una historia espacial con protagonistas musicales que en total duraba 65 minutos. Muchos niños, hoy ya adolescentes o en los veintitantos, conocieron al grupo francés a través de esta creación supervisada por Toei Animation, el clásico estudio de ‘Dragon Ball’, ‘Mazinger Z’ y ‘Sailor Moon’. 

La nostalgia y el rescate de la memoria pop es el ADN de Daft Punk y cada una de sus incursiones musicales y visuales lo prueba. En las pocas entrevistas que otorgaron, sobre todo al inicio de sus carreras, también lo decían. Sus influencias van desde las más evidentes como la música disco de los años 70 o bandas del mismo período en la línea de Supertramp o Chic hasta Pink Floyd, Fleetwood Mac o Michael Jackson. 

De todos tomaron algo, tal vez alguna pista latente en sus infancias a fines de los 70 (Bangalter tiene 46 años y De Homem-Christo 47), o el impulso de un hit en la adolescencia en los 80. Su gran arte fue la mezcla, el sampleo, la deconstrucción y la reconstrucción al mismo tiempo, creando nuevos mundos musicales que paradójicamente nos hacían recordar algo del pasado. 

En ese sentido, los robots fueron atemporales. Nos sobrevivirán. 

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