CALOR HUMANO

1993
No recuerdo si fue idea de Pedro o mía, pero el asunto es que con mi amigo Peirano nos convencimos mutuamente de que Percy era la persona ideal . En el ramo de fotografía había que hacer retratos de ‘famosos’ e inventamos la excusa perfecta para ir al encuentro del creador de Pepe Antártico, ese infatigable perseguidor de mujeres, mezcla de sexópata y galán eterno.
Lo llamamos y quedamos en ir a verlo a su taller, en las inmediaciones de avenida Matta. Llegamos una tarde nublada y nos recibió como si fuéramos amigos de siempre, acompañado de su esposa joven y buenamoza y contento de que este par de futuros seudoperiodistas lo fueran a visitar. Era igualito a su Pepe Antártico y más todavía al Pepe Antártico que hacía Pato Torres en el Jappening con Ja. Percy nos esperaba con bebidas y galletas y estuvimos unas tres o cuatro horas con él y hablando de todo: su trabajo como dibujante, sus influencias, su vida y la vida en general.
Ah, y también tomamos fotos.
La sesión fue un desastre. Varias veces lo dejamos ciego con los flashes que le tiramos encima de la cara y nos fuimos para la casa con revistas autografiadas del fogoso Pepe Antártico y cagados de la risa recordando la cara de Percy, encandilado y pestañeando rápido para que se fueran esos puntitos blancos que flotaban a su alrededor por culpa de nuestra inoperancia.
De esa tarde grisácea quedan por ahí unas fotos ídem y una más decentita, con Percival Eaglehurst posando junto a una imagen de sus ídolos Laurel y Hardy.
2011
Por la investigación para un texto vuelvo a reunirme con Percy, que ni se acuerda de mí ni de esa velada de flashes asesinos, pero me recibe afable como siempre y siempre con bebida y galletas.
Esta vez nos juntamos un día de noviembre en su amplia casa de Nuñoa y tras la entrevista de rigor y una visita a su estudio del segundo piso, lleno de dibujos, premios e imágenes de chicas curvilíneas y atrevidas, terminamos hablando, de nuevo, de la vida en general. Le comento que lo encuentro igual que hace casi veinte años y pregunto cómo hace para mantenerse tan lúcido y activo con casi 90. Percy abre una ventana y me revela el secreto: “todos los días me levanto temprano, me paro aquí, respiro hondo el aire de los árboles, de las flores, las plantas, y doy las gracias por un nuevo día”. Luego me susurra al oído que “bueno, lo otro es que también hay que mantenerse activo en la cama, pues…”.
Antes de irme, Percy me pregunta cómo ando y le digo que, por circunstancias varias, en un complejo período en lo personal y familiar. Me despide en la puerta de su casa con una mano sobre mi hombro y con un consejo inolvidable: “Sonríe y trata de ser siempre feliz. Eso también hace felices a los demás y hace que todo salga bien en la vida”.
La tarde soleada se vuelve luminosa cuando emprendo el regreso.
2012
Encuentro a Percy a Concón, a la salida de la misa fúnebre de Themo Lobos, hace casi un año. Va del brazo de su señora, a paso lento, y por primera vez me parece un hombre con la edad que tiene. Imagino que será por la circunstancia. Nunca fue amigo cercano de Lobos, pero ambos se conocían desde fines de los 40 y había respeto y estima mutua.
Andrea y yo lo saludamos y Percy sonríe y habla entusiasta, receptivo, dando a entender que me recuerda, aunque su mirada es vidriosa y algo ausente. Quedamos en comunicarnos, pero algo me dice que esa tarde fría y ventosa es la última vez que veré a este Percival Eaglehurst al que, con la parcialidad de unos pocos encuentros, hoy recuerdo como hemos visto siempre a su legendario Pepe Antártico: como puro calor humano.

 

 

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