‘Blade Runner’: El futuro hoy

No sólo se trata de pasar la prueba Voight-Kampff , ese ficticio test inventado por el escritor Philip K. Dick en su novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”  -que inspira el filme ‘Blade Runner’– para distinguir a un humano de un robot. No solo se trata de un cazador de replicantes llamando Rick Deckard en un planeta Tierra moribundo. No solo se trata de un futuro próximo, en noviembre de 2019 en una lluviosa y oscura ciudad de Los Angeles, California. No solo es ciencia ficción para adultos en una era repleta de filmes de ciencia ficción para niños. ‘Blade Runner’, una película que cumple 35 años, es una sorprendente y anticipatoria película  que fue fruto del azar, de lo mejor y de lo peor de Hollywood, del talento y de la falta de este, pero también fue fruto del terror a lo nuevo, al éxito de la innovación y, en general, al tira y afloja entre el estricto Ridley Scott con su estrella Harrison Ford, harto de discutir con el testarudo creador de ‘Alien, el octavo pasajero’, Scott; y fue fruto además del genio de Rutger Hauer y su lucidez para interpretar de qué se iba a tratar este engendro enorme que crecía en presupuesto, en locaciones, en efectos especiales, en diseño de producción y vestuario a pasos agigantados durante su filmación.
Blade Runner’ se salió de las manos, fue une hipérbole ambiciosa y desquiciada que llegó a buen término porque hubo talentos que supieron contenerla, leerla, editarla y sacarla de la zona en la que pudo haberse ahogado: la de la absurda parodia y franca estupidez.
Blade Runner’, estrenada el 25 de junio de 1982 en Estados Unidos, es una película sobre el futuro. En noviembre de 2019, la fecha en la que está ambientada esta distopia, el mundo se encuentra moribundo, la publicidad que flota entre edificios altísimos invita a los privilegiados a explorar nuevos mundos, ya no queda casi nada natural, hay animales clonados en su mayoría y los humanos “falsos”, los replicantes, solo pueden ser descubiertos con el test Voight-Kampff: unas decenas de preguntas formuladas para descubrir a los humanos sintéticos, en especial a los Nexus 6, un tipo de replicantes más avanzados, idénticos a los humanos, pero más fuertes. Más inteligentes y usados en las colonias espaciales como esclavos.
Deckard (Ford) es un retirador de replicantes, un “blade runner”, en otras palabras, un ex policía que solía sacar la vida artificial indeseada de las calles. Pero él mismo se haya fuera de las pistas, comiendo bajo la lluvia y el neón de Los Angeles cuando es de nuevo reclutado para poner el orden cuando un escuadrón de replicantes rebeldes se ha internado en la Tierra. Estos replicantes están sueltos y liderados por Roy Batty (Rutger Hauer).
Hecha en los 80s, mirando al futuro lejano (en esa época) de 2019, pero usando de base el claroscuro del cine noir de los años 50 de Hollywood y asimismo el expresionismo alemán y su fotografía de claroscuros y en especial la pieza cumbre ‘Metrópolis’ (1927), de Fritz Lang (ciencia ficción que iba a ser fundacional mirando a una ciencia ficción que ha sido fundacional), ‘Blade Runner’ fluye como un caso policial casi menor. De crónica roja, es decir, va de lo mínimo y casi nimio  a un tipo de grandeza que Ridley Scott de seguro no captó del todo en su momento, pero sí de seguro intuyó y apostó por esa vía intuitiva y visual que nunca se había hecho hasta ese momento.
El caso policial va así: Un blade runner ha sido atacado por  uno de los secuaces de Batty durante un test Voight-Kampff  que vemos al inicio de la película. Leon, impetuoso, no ha podido disimular su falta de humanidad con preguntas que indagan en su reacción frente a la imagen (mental) de una tortuga boca arriba
Y ese hecho criminal activa la acción de esta pieza fundamental del cine contemporáneo porque todo a lo ancho y alto de la pantalla se llenó y aún llena de ideas nuevas, materializadas con una fotografía sublime de Jordan Cronenweth, el guion de Hampton Fancher y David Webb Peoples, que supo captar la esencia paranoica del genio del escritor Phillip K. Dick, imitado, jamás igualado, y la música electrónica, melancólica y un personaje en sí mismo de Vangelis: un soundtrack que acompaña y hace crecer la ambientación perfecta que realiza la cinta de este porvenir decadente, triste y apocalíptico.
Blade Runner’ marca un antes y un después en el cine porque en 1982, cuando se estrenó, las películas de ciencia ficción estaban en Hollywood y en Occidente completamente infantilizadas. ‘La guerra de las galaxias’ y sus clones de los años 70 habían señalado el camino de la taquilla hacia e el cine sci fi de matiné, hecho para niños  y si bien hubo intentos por adultizar el género gracias a singularidades como ‘Logan’s Run’ (‘Fuga en el siglo XXIII’, de 1976), esa delicia sobre un futuro idealizado donde se vive hasta los 30 años, fue en verdad ‘Blade Runner’ el gran faro que supo interpretar con capas y profundidad el oscuro futuro que se nos venía encima.
A 35 años de este fundamental estreno, este filme posee la lucidez para darle una vuelta al capitalismo y si en ‘Breaking Bad’ hay más de crítica al capitalismo que en cualquier bloque socialista, la cinta de Ridley Scott  ponía en primer plano que diantes pasaba con las vidas de las personas normales y comunes cuando las grandes corporaciones se ponían a regir existencias y destinos de todo lo natural y artificial sobre la faz de la Tierra. Lejos de la utopía de los optimistas del neoliberalismo salvaje, el guion y realización de ‘Blade Runner’ posee una potente subversión y candente postura anti sistémica porque a cada momento estamos viendo el lado de los derrotados: los legales, los humanos fallidos (y no aptos para viajar y escapar de este infierno) que se han quedado en la Tierra prácticamente a perecer, y los ilegales: los androides perfeccionados  y superiores que regresan fuera de la ley a la Tierra a buscar una solución a su problema: solo pueden vivir cuatro años y desean que su creador, el empresario y genio Dr. Eldon Tyrell, les diga el secreto para vivir más.
Pero a Tyrell le interesa solo el profit, el lucro. El dinero.
¿Qué más, sino, no?
Harrison Ford es un Deckard que da el ancho en su deambular errático y humano en su investigación que de mínima y aparentemente simple, retumba en crucial y determinante cuando se enamora de una femme fatale equivocada como Rachael (Sean Young) y da tumbos en una sociedad jamás hecha a ninguna escala humana, ni menos hecha a la inhumana escala de los replicantes en busca de su humanidad.
Si ‘Blade Runner’ es tan pesimista como su cinta abuela directa, ‘Metrópolis’, de Fritz Lang, esa crítica social directa a la desigualdad de clases y las injusticias de la modernidad en la Europa de post guerra (de la post guerra de 1914) , esa solemnidad en la que podría caer una denuncia mal formulada, se diluye entre el neón, los vuelos rasantes de autos policiales voladores y el vaho de una trama policial fascinante que, a final, no busca culpables, ni buenos, ni malos, ni víctimas ni victimarios. Aunque sí en la fórmula y forma, pero en la innovación y en el fondo los resultados de la pericia detectivesca en verdad chocan más con temas de ese futuro distópico que tienen que ver más que nada con problemas parecemos vivir hoy en día: gobernados por corporaciones abusivas, beneficiadas por la ley y con la impunidad completa para lucrar lo que deseen a costa de los ciudadanos de segunda clase que cerramos  filas como un ejército de clientes listos para enriquecer a los más ricos.
Ridley Scott nunca leyó “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” ni su versión fílmica de esa novela corta de Philip K. Dick tenía la intención de traducir la paranoia perenne del autor de “El hombre del castillo” y “Ubick”. Sin embargo, la conocida disputa que sostuvo el director con Harrison Ford durante el tenso rodaje, porque Ford no quería aceptar de buenas a primeras una instrucciones que decía que no entendía, discusiones que también se trasladaron a la esfera entre el actor y Sean Young, ambos no se podían soportar en el set, llevaron a generar una alerta total entre los productores: Jerry Perenchio y Bud Yorkin.
El sorpresivo aumento del presupuesto, tardanzas en el rodaje y cambios sugeridos por el holandés Rutger Hauer, quien se negó a rodar la pelea de karate instalada en el guion original entre el Deckard de Ford y su propio rol, el supuesto villano Roy Batty. A cambio de esta horripilante escena, el actor fetiche de Paul Verhoeven en cintas como “Delicias turcas” propuso una solución alternativa: su ya clásico discurso “lágrimas en la lluvia”.
-He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar; naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… igual que lágrimas… en la lluvia. Llegó la hora de morir-.
 Toda la película ‘Blade Runner’ es un test Voight-Kampff: un cuestionario hecho una perfecta película que busca responder quiénes son los humanos de verdad en el deshumanizado mundo del futuro de Los Angeles, en noviembre de 2019.
¿Deckard, Roy, Rachael son humanos? ¿O son replicantes? ¿Qué nos hace humanos al final?
 Philip K. Dick comenzó a germinar la idea para su novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” cuando investigaba para su distopia “El hombre del castillo”.
Philip K. Dick tuvo acceso a archivos nazis de la Segunda Guerra Mundial y allí, la lectura de varios casos terribles cometidos por los alemanes le llevaron a discernir una manera para diferenciar quienes eran los humanos y quienes no entre nosotros. Quienes eran los monstruos y quienes no.
Es cierto que el test de Turing, propuesto por el británico Alan Turing para descubrir –en simple- si una inteligencia es artificial o humana en los albores de la ciencia computacionales en su conocido ensayo de 1950 “Computing Machinery and Intelligence”, es un referente obligado en ‘Blade Runner’. Pero la verdad es que en el caso de Philip K. Dick es la influencia del lado más ferviente y metafísico del sicoanalista Carl Jung lo gravitante.
Sin embargo, en ‘Blade Runner’, la película, el espectro de Turing planea como un drone en el cielo sobre esa ciudad futurista que en verdad nunca fue, ese Los Angeles aberrante pero altamente estilizado en que se convierte el desolador futuro – a secas-  en la cinta de Ridley Scott. Turing y su idea sobre las inteligencias artificiales es convertida en hermosos retablos de claroscuros sobre la pantalla de cine y de eso se trata esta maravilla de Ridley Scott, un artesano visual que supo mostrar al mundo la manzana mascada y envenenada que habría terminado con la vida de Turing en uno de los más famosos comerciales de la historia, el de Apple, que en 1984 usó esa fruta con un pedazo faltante como su símbolo corporativo.
Blade Runner’, así las cosas, es lo que hacen las grandes obras de artes: instalar un espejo delante de la realidad que nos toca vivir como sociedad y de una manera fascinante, sofisticada y hasta premonitoria –cómo no asociar la manera en que Deckard manipula fotos buscando pistas en una escena clave como  si fuera la era de los smarthphones y del IPhone de Appel ¿no?- distraernos con los adornos, los destellos, pero a la postre, y luego de 35 años, hacernos entrar en un mundo nuevo y un futuro desolador.
Aunque claro.
Aun faltan dos años para noviembre de 2019.
Aun hay tiempo.

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