Sean Connery: Un mentor y un inmortal

Una de las últimas leyendas del cine salió al paso de la eternidad: Sean Connery (1930-2020). Y es imposible no sentir que queda un vacío a escala global. Es que, en mi caso, es de esos actores que estuvieron siempre ahí, abarcando toda la pantalla con su presencia.

Recuerdo haber visto todas sus películas de James Bond, durante los años ’80, en televisión. Pero también en la gran pantalla, gracias a un inolvidable maratón que se proyectó durante un caluroso verano en el ya desaparecido cine Rex, en calle Huérfanos.

Y en la década siguiente, me sorprendió en ‘Marnie’ (1964), en el marco de un ciclo de películas de Alfred Hitchcock.

En ese sentido, con el paso de los años, Sean Connery fue creciendo cada vez más. Y el rol del agente 007 fue quedando atrás. O, mejor dicho, en el lugar que ya tenía ganado.

Connery no le temía a los libretos ni a los personajes que lo desmarcaran del legendario agente al servicio de Su Majestad. Y eso le abrió las puertas a un abanico de roles, donde hubo de todo.

Fantasía y ciencia ficción

Tal vez uno de los más llamativos fue el protagónico en la cinta de ciencia ficción post apocalíptica ‘Zardos’ (1974), dirigida por John Boorman (‘Excalibur’, ‘La selva esmeralda’). Pero también su rol en ‘El viento y el león’ (1975), dirigida por John Milius (‘Conan el Bárbaro’), en la que Connery interpretaba al líder jerife Ahmed al Raisuli, a comienzos del siglo XX.

En esa misma línea se podría mencionar su personificación de El Caballero Verde, en la película de fantasía épica ‘Sword of the Valiant: The Legend of Sir Gawain and the Green Knight’ (1984), en donde también aparecía Peter Cushing.

Es que a Sean Connery le quedaban bien los personajes épicos. Y el mejor ejemplo de eso son los últimos minutos de ‘Robin Hood: príncipe de los ladrones’ (1991), de Kevin Costner. No diré más.

Otro título imperdible de su filmografía es ‘Outland’ (1981), dirigida por Peter Hyams, quien siempre se desenvolvió con comodidad en el campo de la ciencia ficción, como lo demuestran cintas suyas como ‘Capricornio Uno’ o ‘2010’.

En lo personal, ‘Outland’ me parece una impecable reinterpretación de ‘A la hora señalada’ (1952), aquel western imprescindible de Fred Zinnemann, pero ambientada en una colonia minera en Io, una de las lunas de Júpiter. Y en la que Sean Connery fue el responsable de darle el mérito que permite verla una y otra vez.

La experiencia y la sabiduría

En ese contexto, con los años su trabajo actoral fue creciendo hacia un perfil que —con matices— se consolidó película tras película: el del mentor, sabio y exigente. ¿Ejemplos? Hay bastantes.

El primero, obviamente, es ‘Highlander’ (1986), dirigida por el australiano Russell Mulcahy, en la que Connery interpretó de manera magistral a Juan Sánchez Villalobos Ramírez, un inmortal con suficientes siglos en el cuerpo como para entrenar al joven e inexperto escocés Connor MacLeod (Christopher Lambert).

El rol se repitió ese mismo año en ‘El nombre de la rosa’, cinta dirigida por Jean-Jacques Annaud y que estaba inspirada en la novela homónima de Umberto Eco. En ella interpretó al fraile franciscano Guillermo de Baskerville, quien llega a una abadía en el norte de Italia (en plena Edad Media) para resolver una serie de extrañas muertes. Y que durante toda la trama está acompañado por su discípulo, Adso de Melk (Christian Slater).

Lo propio hizo también en aquella joya de Brian De Palma que es ‘Los Intocables’ (1987), donde Sean Connery interpreta al veterano policía Jim Malone, quien guía el trabajo de un joven Eliot Ness (Kevin Costner) en contra del crimen organizado en el Chicago de la Ley Seca (mención aparte merece Robert De Niro como Al Capone, por cierto).

Dos años después, Connery nos sorprendió a todos con su inolvidable interpretación del profesor Henry Jones en ‘Indiana Jones y la última cruzada’ (1989), donde encarnaba al padre del intrépido arqueólogo. Un rol que tal vez merecía —al menos— una aparición más en pantalla. Y por qué no decirlo, un spin-off.

En ‘La Caza del Octubre Rojo’ (1990), de John McTiernan (‘Duro de matar’, ‘Depredador’) esto parece menos evidente, pero lo cierto es que su desempeño como el capitán Marko Ramius se acerca mucho a ese rol cuando finalmente se encuentra con un joven Jack Ryan (Alec Baldwin).

Y en ‘La Roca’ (1996), de Michael Bay (‘Armageddon’, ‘Transformers’), interpretó a John Patrick Mason, un agente secreto británico (claro guiño a James Bond) encarcelado durante décadas, quien ayuda al agente Stanley Goodspeed (Nicholas Cage) a infiltrarse en la isla de Alcatraz para desmantelar unas armas químicas que amenazan a San Francisco.

En todo caso, una variante de ese rol fueron sus trabajos en ‘El curandero de la selva’ (1992), donde compartió la pantalla con Lorraine Bracco; ‘Sol Naciente’ (1993), junto a Wesley Snipes; y  ‘La emboscada’ (1999), con Catherine Zeta-Jones.

Su último trabajo en el cine fue interpretar a Allan Quatermain (el protagonista de ‘Las minas del rey Salomón‘, de H. Rider Haggard) en ‘La liga extraordinaria’, dirigida por Stephen Norrington (‘Blade’). Una adaptación fallida de esa joya que es ‘The League of Extraordinary Gentlemen’, de Alan Moore y Kevin O’Neill, pero que le permitió un último papel, épico y emocionante.

Ya se extrañan su voz y su expresiva mirada. En ese sentido, ver al dragón Draco en ‘Dragonheart: corazón de dragón’ (1996), es verlo a él. Y, nuevamente, oficiando de mentor y guía de Bowen (Dennis Quaid), un caballero desencantado devenido en cazador de dragones.

Es probable que a Connery sólo le faltara dejar su huella en alguna saga cinematográfica como ‘Harry Potter’ (habría sido un gran Dumbledore), ‘Star Wars’ (algún maestro Jedi o un oficial del Imperio) o ‘Avengers’ (¿se lo imaginan de Odín?). Lo único cierto, en todo caso, es que alguna vez le ofrecieron el rol de Gandalf, para ‘El Señor de los Anillos’.

Cuando figuras como Sean Connery nos dejan, se vuelven leyendas. Y las leyendas, son inmortales.

El viaje infinito de ‘Dune’

“Es el momento de empezar cuando hay que cuidar atentamente que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta. Y esto lo sabe bien cada hermana Bene Gesserit. Así, para emprender este estudio acerca de la vida de Muad’Dib, primero hay que situarlo exactamente en su tiempo: nacido en el 57º año del Emperador Padishah, Shaddam IV. Y hay que situar muy especialmente a Muad’Dib en su lugar: el planeta Arrakis. Y no hay que dejarse engañar por el hecho de que nació en Caladan y vivió allí los primeros quince años de su vida. Arrakis, el planeta conocido como Dune, será siempre su lugar”.

Con este extracto del ‘Manual de Muad’Dib’, escrito por la Princesa Irulan (la hija del emperador Shaddam IV), comienza ‘Dune’, la emblemática novela que Frank Herbert (1920-1986) publicó hace medio siglo. Y que no sólo ha soportado de manera impecable el paso de las décadas, sino que además marcó el inicio de una de las sagas más importantes de la literatura de ciencia ficción. Y por qué no decirlo, de la literatura del siglo XX.

Desde su primera edición en inglés, en 1965, ‘Dune’ ―ganadora de los premios Hugo y Nebula― se transformó casi de inmediato en un fenómeno de las letras y en un título que fue uniendo generaciones con el paso de los años. Sin embargo, su masificación no se concretaría sino hasta 1984, cuando llegó al cine su adaptación cinematográfica de la mano de David Lynch. Un proyecto tan ambicioso como incomprendido en su minuto, pero que estaba destinado a transformarse en una cinta de culto.

Sin embargo, más allá de esa incursión cinematográfica, ‘Dune’ representa una monumental historia que se proyectó a lo largo de cinco volúmenes más: ‘Mesías de Dune’ (1969), ‘Hijos de Dune’ (1976), ‘Dios Emperador de Dune’, (1981), ‘Herejes de Dune’ (1984) y ‘Dune: Casa Capitular’ (1985). Y que fueron dando forma a un complejo universo a miles de años de distancia en el futuro, donde el poder reside en antiguas familias de la nobleza, como la Casa Atreides o la Harkonnen. Además de la figura de un emperador que gobierna sobre miles de millones de personas en diferentes mundos, en este caso, Shaddam IV, quien al igual que sus 80 predecesores, basa su poder en las brutales y fanáticas legiones Sardaukar.

Pero también existen otros poderes tanto o más importantes, como las matriarcales hermanas Bene Gesserit, maestras absolutas en el campo de la manipulación genética; la Compañía CHOAM, corporación que controla todos los asuntos económicos del espacio conocido; o la Cofradía Espacial, que tiene el monopolio de los viajes interestelares gracias a sus Navegantes, quienes pueden “plegar el espacio” y así guiar enormes naves a través del cosmos sin el uso de computadoras.

En este contexto aparece el planeta Arrakis, un desértico mundo habitado por los enormes gusanos que viven bajo la arena y que producen la sustancia más valiosa del universo: la melange. Una especie cosechada en la superficie de este desértico planeta que tiene la capacidad de prolongar la vida en cientos de años y que permite a los Navegantes de la Compañía CHOAM guiar a los enormes cargueros por las rutas más seguras, pero que también es una droga que genera una fuerte adicción.

Precisamente es hasta Arrakis donde llega la noble familia Atreides, encabezada por el duque Leto, para hacerse cargo de este “feudo espacial”. Una jugada política que obliga a la casa rival, los Harkonnen, a abandonarlo a regañadientes. Sin embargo, a poco andar, Arrakis será el fatal escenario de la caída de la Casa Atreides producto de complejas maquinaciones y conspiraciones políticas. Una cadena de acontecimientos que acabará poniendo a su único heredero, Paul, en el camino de convertirse en Muad’Dib, el mesías que aguardan los fremen, la única tribu originaria de Arrakis.

El arrastre que esta saga generó en diversos públicos, especialmente entre los universitarios de esos años, fue definitivo. Es que el universo de ‘Dune’, al igual que la Tierra Media de Tolkien o los reinos  fabulosos de Robert E. Howard, es una realidad en sí misma. Un lejano escenario futurista en el cual la existencia de estas casas reales tiene su propia lógica, donde no existen formas de vida no humanas ni robots ni computadores (o cualquier otra forma de inteligencia artificial).

Pero el fallecimiento de Frank Herbert, apenas un año después de publicar el sexto tomo, dejó caer sobre su monumental obra un manto de incertidumbre. ¿Llegaba a su fin esta saga llena de intrigas palaciegas futuristas, batallas a escala espacial y tragedias propias de Shakespeare?

El relevo

La partida de Herbert dejó un profundo vacío en el ámbito de la literatura de ciencia ficción y en el corazón de sus lectores. Y durante casi una década el mayor de sus tres hijos, Brian, se convirtió en el epicentro de los rumores sobre un séptimo libro ambientado en el universo de ‘Dune’. La esperada continuación de ‘Casa Capitular’.

Sin embargo, Brian se dedicó durante cinco años a un proyecto diferente: ‘Dreamer of Dune’, una exhaustiva biografía de su padre. Y sólo después de concluir dicho proyecto ―a través del cual conoció mejor a su padre, al autor y a su obra―, por primera vez consideró la posibilidad de entrar al mundo de ‘Dune’. Pero no sería una secuela, sino un precuela ambientada 10.000 años antes de los acontecimientos de ‘Dune’: “La época de la JihadButleriana, la legendaria Gran Revolución contra las máquinas pensantes. Había sido un período mítico de un universo mítico, un período en el que se habían formado casi todas las Grandes Escuelas, incluidas la Bene Gesserit, los Mentats y los Maestros Espadachines”.

Apenas se supo la noticia, diferentes escritores y editores empezaron a contactarlo. Sin embargo, fue a través de Ed Kramer, editor e impulsor de convenciones de ciencia ficción y fantasía, que Brian Herbert conoció a Kevin J. Anderson. Un escritor con trayectoria que tenía un profundo conocimiento de la obra de Frank Herbert. Ambos congeniaron y tras obtener la aprobación de la familia, se abocaron al proyecto de escribir una precuela de ‘Dune’. Pero tras numerosas conversaciones, Brian y Kevin acordaron que el nuevo libro no estaría ambientado en un lejano pasado, sino más cerca de la novela original y que trataría sobre “la historia amorosa de los padres de Paul, el envío del planetólogo Pardor Kynes a Arrakis, los motivos de la terrible y destructora enemistad entre la Casa Atreides y la Casa Harkonnen, y muchos más”, escribió Brian Herbert.

A comienzos de mayo de 1997, el proyecto ya había tomado cuerpo. Entonces, algo inesperado ocurrió. Brian recibió el llamado de un abogado que se había encargado de asuntos relacionados con sus padres, quien le informó que habían aparecido dos cajas de seguridad en un banco de Seattle, pertenecientes a su padre. Cajas cuya existencia él y su familia desconocían. De modo que  concertó una reunión en el banco y ambas cajas se abrieron en su presencia. En su interior se escondía un verdadero tesoro: una serie de documentos y disquetes anticuados que incluían numerosos apuntes para ‘Dune 7′, la secuela de ‘Casa Capitular’.

A pesar de aquel valiosísimo descubrimiento, Brian Herbert y Kevin J. Anderson se lanzaron a explorar y ampliar el pasado del universo de ‘Dune’. Primero concretaron la trilogía/precuela que revisaba la juventud de los protagonistas de ‘Dune’, básicamente el duque Leto Atreides y el barón Vladimir Harkonnen: ‘Dune: La Casa Atreides’ (1999), ‘Dune: La Casa Harkonnen’ (2000) y ‘Dune: La Casa Corrino’ (2001).

Luego viajaron mucho más atrás en el tiempo para su segunda trilogía/precuela, en la cual contaron en detalle la guerra entre las máquinas pensantes y los seres humanos: ‘Dune: La JihadButleriana’ (2002), ‘Dune: La Cruzada de las Máquinas’ (2003) y ‘Dune: La Batalla de Corrin’ (2004).

Desde entonces, ambos autores no sólo han sido los “guardianes” del legado de Frank Herbert. También han sido los responsables de seguir poblando su universo con nuevas obras ―precuelas y secuelas―, muchas veces entrecruzadas con los seis libros originales. ¿Y qué pasó con los apuntes para ‘Dune 7’? Se convirtieron en ‘Cazadores de Dune’ (2008) y ‘Gusanos de arena de Dune’ (2009), cronológicamente ubicados después de ‘Casa Capitular’.

Su lugar en la historia

A pesar del incuestionable peso que tiene la saga de ‘Dune’, el mundo parece estar todavía esperando su redescubrimiento. Es que desde la exitosa adaptación que Peter Jackson hizo de la trilogía de ‘El señor de los anillos’, de J.R.R. Tolkien, tanto el cine como la televisión han estado buscando un éxito similar.

De momento, a nivel cinematográfico, sólo sagas juveniles distópicas como ‘Los juegos del hambre’ o ‘Divergente’ han demostrado ser apuestas exitosas. Lo que ha llevado a muchos a considerar que el formato televisivo es el más apropiado para desarrollar historias de largo aliento.

‘Canción de Hielo y Fuego’, la saga de fantasía épica adulta de George R.R. Martin, es un ejemplo de eso. Y de cómo cinco extensos libros ―todavía faltan dos más por publicarse― pudieron servir como base para una de las series más exitosas de HBO en los últimos años. Precisamente eso es lo que impulsó al streaming AppleTV a “jugarse” por otro proyecto igual de ambicioso y que otras habían intentado adaptar: nada menos que ‘Fundación’, la saga de ciencia ficción de Isaac Asimov.

‘Dune’ camina por el mismo sendero que ‘Canción de Hielo y Fuego’, en términos de la complejidad de su trama, cantidad de personajes y tono claramente adulto. Una historia que podría gozar de una adaptación más fiel en temporadas de 12 o 13 episodios. Bastaría con que una cadena de televisión decidiera tomar el riesgo de filmarla y darle la masividad a escala planetaria que tuvo‘Juego de tronos’.

Es cierto, ya hubo un intento de eso: ‘Frank Herbert’sDune’, miniserie de tres capítulos producida por New Amsterdam Entertainment, Blixa Film Produktion y Hallmark Entertainment, y transmitida por Sci Fi Channel en 2000. Su éxito discreto permitió obtener “luz verde” para una secuela titulada ‘Frank Herbert’s Children of Dune’, cuya trama reunió los acontecimientos de segundo y tercer libro de la saga.

Entre sus actores protagónicos estuvieron William Hurt, Alec Newman, Giancarlo Giannini y Susan Sarandon. Pero todo eso no fue suficiente y el proyecto acabó ahí. Tal vez porque la televisión, las audiencias y la forma de contar historias han cambiado mucho entre comienzos de siglo y la actualidad.

Tal vez eso sea lo que le falta a ‘Dune’: un conocimiento y difusión masivos. Una visibilidad a escala mundial que bien podría traducirse en un fenómeno similar a la saga de Martin. ¿Cómo sería una colección de figuras de acción con personajes como Duncan Idaho, Lady Jessica, Gurney Halleck o el barón Vladimir Harkonnen? ¿O detalladas esculturas para coleccionistas como las de la serie ‘The Walking Dead’? ¿Y qué hay del cosplay? ¿Qué impacto tendría llegar a una convención vestidos como el emperador Shaddam IV o como una hermana Bene Gesserit?

‘Dune’ es y seguirá siendo una piedra angular de la ciencia ficción. Una novela que se prolongó en el tiempo a través de cinco libros más y que hoy sigue creciendo en manos de sus herederos. Nada mal para tener medio siglo de vida.

Ray Bradbury y el fuego distópico de ‘Fahrenheit 451’

Dentro de su extenso trabajo como escritor, esta es una de las obras que más me impactó y sobrecogió. Un título que mantiene una vigencia inalterable más allá de las hojas de papel.

Hace ya demasiadas décadas, en mis años de escolar, dos libros de Ray Bradbury abrieron una ventana llena de luz y aire fresco en medio de tantas lecturas que nunca dejaron huella. Me refiero a ‘Fahrenheit 451’ y a ‘Crónicas marcianas’, que me sorprendieron desde sus primeras páginas y cuyo recuerdo sigue vivo como el día en que los leí por primera vez.

En el caso de ‘Fahrenheit 451’, fue la aproximación a una distopía que me asombró y conmovió de una manera distinta a lo que me habían producido otros títulos semejantes, como ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley; o ‘1984’, de George Orwell.

En un futuro cercano, todos los contenidos e informaciones se consumen a través de pantallas de gran tamaño ubicadas en hogares y lugares públicos. En esa sociedad los libros impresos están prohibidos por el gobierno porque —supuestamente— hacen infelices a las personas y fomentan las diferencias entre la población. Y los encargados de “hacer cumplir la ley” son los bomberos. Esa sola idea me pareció aterradora y de una vigencia permanente.

¿Y el título del libro? Simple: 451 grados Fahrenheit (unos 233 grados Celsius) es la temperatura a la que se quema el papel.

Publicada por primera vez en 1953, desde entonces ha vendido más de 10 millones de ejemplares, está traducido a 33 idiomas en 38 países y jamás se ha dejado de imprimir. ¿Por qué? Tal vez, precisamente, por su singular trama distópica.

El protagonista es Guy Montag, uno de esos bomberos que, tras acudir a un “llamado” en el que una mujer prefiere quemarse viva con sus libros, se queda furtivamente con un ejemplar. Una decisión que le cambiará la vida para siempre a un hombre acostumbrado a no cuestionar los mensajes oficiales, la historia ni mucho menos la autoridad. Después de todo, lo que él y esa sociedad necesitan saber es lo que entregan permanentemente las pantallas ubicadas en cada calle, esquina, casa y departamento.

En 1966 la novela de Bradbury fue adaptada al cine por François Truffaut, transformándose en un clásico instantáneo. Y en 2018, la cadena HBO se arriesgó con un remake escrito y dirigido por Ramin Bahrani, protagonizado por Michael B. Jordan (‘Pantera Negra’, ‘Creed’), Michael Shannon (‘Hombre de acero’, ‘La forma del agua’) y Sofia Boutella (‘Kingsman’, ‘Star Trek Beyond’).

Hay que decirlo: el remake es bueno, sobre todo porque tomó la misma historia y la transformó en una versión para este presente, en el que —por ejemplo— los drones acompañan a los bomberos en sus misiones y transmiten los allanamientos en tiempo real a la sociedad, casi como si fueran un reality.

En 2009, ‘Fahrenheit 451’ también se publicó en formato de novela gráfica, cuyo guion estuvo a cargo del propio Bradbury, mientras Tim Hamilton se encargó de las ilustraciones.

Sin embargo, más allá de las adaptaciones, lo cierto es que esta novela mantiene su vigencia por todos los temas que aborda: la desaparición de los libros impresos (cuando se publicó aún no se soñaba con los ebooks), la fragilidad de la cultura y el conocimiento, la capacidad de reescribir la historia, así como la ignorancia como instrumento de dominación y control de las sociedades.

Pero también porque rescata lo más profundo de la esencia humana: la sensibilidad, la curiosidad y la capacidad de asombro.

En ese sentido, el mundo de ‘Fahrenheit 451’ ofrece una densidad que pocas obras de este tipo pueden ofrecer. Es difícil saber si Bradbury alguna vez consideró volver al universo que había creado en 1953, pero resulta indudable que —asumiendo que se trata de una novela icónica— no resulta difícil pensar en que podría inspirar una secuela, una precuela e incluso un spin-off. Algo similar a lo que Amazon hizo con ‘El hombre en el castillo’.

Todo esto y más encierran las páginas de esta famosa novela de Ray Bradbury, quien —irónicamente— durante años fue muy crítico de internet y de los libros digitales. Y que recién en diciembre de 2011 (un año antes de su fallecimiento) autorizó que ‘Fahrenheit 451’ tuviera una versión digital y se distribuyera en formato ebook.

Tal vez consideraba que el libro impreso, con su textura y olor, era el mejor soporte para una obra imperecedera como esta; ciertamente, una novela incombustible al paso del tiempo.

‘Shadow Show’: Una sorprendente antología-tributo a Ray Bradbury

El libro reúne 26 cuentos de destacados escritores inspirados en la obra del autor de ‘Crónicas marcianas’ y tantas otras inolvidables obras. Y, además, tiene una edición como novela gráfica.

Cuando el 5 de junio de 2012 el mundo se enteró del fallecimiento de Ray Bradbury, una etapa se cerró para siempre en la historia de la literatura estadounidense y universal. Bradbury, junto a otros autores de ciencia ficción como Arthur C. Clarke, Frank Herbert o Isaac Asimov era parte de una generación que había ayudado a construir los pilares de este género a lo largo del siglo XX. Y su partida deja un vacío indiscutible.

Sin embargo, el autor de títulos que ya se consideran clásicos como ‘Crónicas marcianas’, ‘Fahrenheit 451’ o ‘El hombre ilustrado’, sigue vivo hasta hoy precisamente a través de las historias que escribió y que, año tras año, nuevas generaciones van descubriendo.

En ese contexto, vale la pena destacar el valor de ‘Shadow Show’, una suerte de antología-tributo a su obra que se comenzó a trabajar cuando Bradbury aún estaba vivo y que incluso cuenta con un prólogo escrito por él mismo.

Publicado en el año 2012, a pocos días del fallecimiento del escritor, ‘Shadow Show’ reúne 26 relatos inspirados en los mundos creados por Ray Bradbury, en el que participaron autores de larga trayectoria como Neil Gaiman (‘The Man Who Forgot Ray Bradbury’), Margaret Atwood (‘Headlife’), Harlan Ellison (‘Weariness’), Joe Hill (‘By The Silver Water Of Lake Champlain’), Audrey Niffenegger (‘Backward in Seville’), Charles Yu (‘Earth: A Gift Shop’) o David Morrell (‘The Companions’), entre otros. Y cuyos editores fueron Sam Weller y Mort Castle.

Weller fue el biógrafo autorizado de Ray Bradbury y dos veces finalista del Premio Bram Stoker. Además del autor de ‘Las crónicas de Bradbury: La vida de Ray Bradbury’ (2005) y ‘Escuchar los ecos: Las entrevistas a Ray Bradbury’ (2010).

Por su parte, Castle tiene una carrera como escritor de terror y profesor de escritura con más de 500 relatos publicados, además de haber sido nominado siete veces al Premio Bram Stoker.

Desde su publicación, ‘Shadow Show’ ha tenido una buena recepción por parte de los lectores. Y en 2015 la editorial IDW publicó una adaptación al cómic que al año siguiente ganó el Premio Bram Stoker como Mejor Novela Gráfica.

A Bradbury le entusiasmaba este proyecto y lo dejó claro en el prólogo, donde expone su mirada sobre la antología: “En este libro descubrirás relatos ambientados en sótanos oscuros y cuentos ambientados en las oscuras velocidades del espacio profundo; hay historias en pequeños pueblos y grandes ciudades. Aquí encontrarán ángeles guardianes y demonios internos. Hay personajes que están atormentados sin un fantasma a la vista. Hay historias tranquilas, historias alegres, historias tristes e historias aterradoras. Este libro se lee como una transcripción de mis propias pesadillas y sueños. Estas son historias de ciencia ficción y fantasía y misterio y, sobre todo, de imaginación”.

La despedida de ‘Game of Thrones’

Después de nueve años, ocho temporadas y 73 episodios, finalmente asistimos al esperado y polémico desenlace de ‘Game of Thrones’. Una serie que instaló el género de fantasía en la televisión de manera definitiva a través de una apuesta para público adulto, con altos niveles de violencia, sexo, intrigas y muertes inesperadas; con personajes ambiguos (muy ambiguos) en términos morales, una producción que comenzó con US$ 60 millones por temporada y llegó hasta los US$ 100 millones; y que, por lo mismo, no escatimó en el despliegue visual de este mundo, con locaciones, vestimentas, armaduras, etc. Todo eso, para que fuera lo más real posible.

Es un hecho que, a nivel mundial, cada espectador tiene su propia opinión sobre ‘Game of Thrones’ y su desenlace, de modo que –en ese contexto-, estas palabras son solo “una mirada” y no “la mirada” sobre un fenómeno televisivo que seguramente seguirá siendo analizado a futuro.

Y bueno. No sé si fue el mejor final, pero sospecho que fue un final que intentó dejar satisfechos a todos, lo que hoy es cada vez más difícil. Eso ya quedó demostrado con ‘Star Trek: Discovery’, “’Avengers: Endgame’ y en los próximos meses ocurrirá algo parecido con la adaptación televisiva de ‘Watchmen’ y en diciembre con ‘Star Wars: The Rise of Skywalker’. Es que el entusiasmo y apoyo de los seguidores de estas y muchas otras franquicias se han convertido en fanatismo militante. Insisto, no se puede dar en el gusto a todos.

Pero volviendo a ‘Game of Thrones’, debo decir que mi apuesta iba por Sir Davos, quien me parecía el más digno e indicado para sentarse en el Trono de Hierro. Por lo mismo, no me convenció la figura de Bran, aunque es una excelente jugada establecer un soberano por elección y discapacitado, que rompe con el “antiguo orden”. Y por lo mismo, pienso que en algún oscuro rincón de Westeros ya se debe estar planeando la nueva insurrección contra “el cuervo de tres ojos”.

Sansa, como la Reina en el Norte, hace justicia al sueño de su padre, Ned Stark, y garantiza la independencia de Winterfell. Después de todo, basta recordar cómo cambió aquella niña mimada que conocimos en la primera temporada. Su camino hasta el trono fue largo y tortuoso; incluso no deseado. Pero Winterfell estará bien en manos de su reina.

Por su parte, Tyrion, quien nunca tuvo alguna posibilidad real de llegar al trono, seguirá en la órbita del poder. Es el Maquiavelo de Westeros y eso, seguramente, le garantizará una larga vida como la Mano del Rey de Bran. Aunque, hay que decirlo, si fue la mano de Jon Snow la que terminó con la vida de Daenerys, fue Tyrion el “autor intelectual” del crimen. Y por lo tanto, la sacó barata.

La muerte de Daenerys no me convenció, lo siento. Ella merecía más tiempo en pantalla, un mejor diálogo final, una épica mayor y, por cierto, una muerte a su altura. Sobre todo, porque después de los hechos del penúltimo episodio, era casi un hecho que ella no podía vivir para gobernar los Siete Reinos. De esta forma, ella queda en el registro de otras muertes apresuradas y precipitadas de la última temporada.

Drogon es el gran personaje de este desenlace. Es que su intento por despertar a la “Madre de dragones”, en mi opinión, es la escena más conmovedora del último episodio. Es el hijo devastado por la orfandad repentina en un mundo que le es ajeno. Él sabía que todo el camino recorrido por Daenerys había sido para llegar a sentarse en el Trono de Hierro. Y, de esa forma, se convirtió en la causa de su muerte.

Además, Drogon es quien, finalmente, corta el Nudo Gordiano sobre quién se quedaba con el Trono de Hierro. Su destrucción pone fin a un largo ciclo de muertes y guerras, y establece el inicio de un nuevo orden. Por lo mismo, si no era de ella, no sería de nadie.

En ese sentido, la partida de Drogon con el cadáver de Daenerys entre sus garras establece el mejor final abierto de una serie en la que varios personajes se movieron entre la vida y la muerte, sin mencionar la existencia de un enorme ejército de muertos vivientes. Y tal vez Drogon sabe más de lo que uno cree y él conoce algún lugar, alguna manera de que Daenerys vuelva de la muerte. ¿Eso podría ocurrir? No lo sé, pero sería un estupendo spin-off. En todo caso, vale la pena recordar que al este de Westeros está el continente de Essos y también Dragonstone, lugar de origen de los Targaryen.

Del mismo modo, la partida de Arya hacia el oeste, con el escudo de los Stark sobre las velas de su barco, es otro excelente final abierto para otro spin-off que, seguramente, sería del gusto de millones de espectadores. Porque si Westeros se parece a la Europa de los siglos XIV y XV, hacia el oeste bien podría existir algo similar a América; un nuevo continente esperando ser descubierto por Arya y un escenario ideal para la legendaria mujer que mató al Rey de la Noche.

Y Jon Snow, que creció temporada tras temporada, que se había sacudido el estigma del bastardo, que volvió de la muerte, que siempre pareció el elegido para matar al Rey de la Noche y luego para acabar con Cersei, terminó en el exilio y el olvido. “El pago de Westeros”, en pocas palabras. Jon merecía un final mejor. Sobre todo porque, con el enorme forado que quedó en El Muro, la Guardia de la Noche no tiene mucho sentido. Salvo, que hubiese una nueva amenaza, desconocida, proveniente de un norte aún más lejano. De momento, parece poco probable.

Dicho todo lo anterior, me parece justo agradecer a George R.R. Martin por crear ‘Canción de Hielo y Fuego’. Es cierto, la serie de HBO se movió de manera más veloz que sus manos sobre el teclado de su computador y, de esa forma, debe ser el primer caso en la historia de la televisión de una saga literaria cuya adaptación televisa terminó antes que la obra original.

En todo caso, vale la pena recordar que no es el único autor con cierres pendientes. Basta recordar a Patrick Rothfuss, quien aún no termina de escribir la tercera (y supuestamente última) parte de ‘El nombre del viento‘.

Sí, hay otras sagas de fantasía, de tono adulto y con extraordinarios personajes, que también podrían haber sido adaptadas a la televisión (y ojalá lo hagan pronto). Pero ‘Canción de Hielo y Fuego’ fue la primera. Y eso pesa.

Por lo mismo, es bueno recordar que ‘Game of Thrones’ es/fue la adaptación televisiva de ‘Canción de Hielo y Fuego’, y que Martin aún tiene pendiente la publicación de sus dos últimos libros.

¿Los finales abiertos que vimos en HBO serán los mismos que en algún momento leeremos en ‘The Winds of Winter’ y ‘The Winds of Spring’? ¿El destino de los personajes principales será el mismo? ¿La descripción de las últimas grandes batallas superará las imágenes de los capítulos finales de la última temporada? No lo sé. Pero me encantaría pensar que George R.R. Martin –quien fue guionista de un capítulo por temporada durante las cinco primeras- tiene su propia visión (la original, por cierto) de los últimos tramos de su saga. Y que cuando publique sus dos libros pendientes, habrá más de alguna sorpresa.

El día que vi ‘La Guerra de las Galaxias’

Este 25 de mayo se conmemoran 40 años del estreno oficial de ‘Star Wars‘, o como se llama desde hace ya un buen tiempo, ‘Episodio IV: Una nueva esperanza’. Sin duda, el hito fundacional de la saga creada por un joven George Lucas y que desde entonces ha entrecruzado la vida de múltiples generaciones sin distingo de género, edad o raza en todo el mundo.
Pero lo cierto es que el estreno en Chile demoró. Y mucho. Técnicamente ‘La Guerra de las Galaxias’ (ese fue el título original acá) llegó a un puñado de salas nacionales recién el 20 de marzo de 1978; casi un año después de que Estados Unidos y el resto del planeta enloquecieran con la épica historia del joven Luke Skywalker, la valiente princesa Leia, el contrabandista Han Solo, R2-D2 y el villano de villanos, Darth Vader, entre otros.
A riesgo de tener que ir a buscar mi carné a la más profunda de las alcantarillas, debo decir que mi primer contacto con ‘La Guerra de las Galaxias’ fue antes de su estreno. Con apenas siete años, un fin de semana mis padres me llevaron al cine; una experiencia esporádica y mágica, y por lo mismo, atesorada en tiempos en que no existía la televisión por cable ni Netflix ni el “on demand”.

Como de costumbre, tomamos el metro Línea 2, hicimos trasbordo en Los Héroes y enfilamos hacia la estación Universidad de Chile. De allí caminamos hasta el cine Astor, que hoy alberga una multitienda. La película era ‘Simbad y el ojo del tigre’ y como ya había visto el adelanto meses antes, sabía que me esperaba una aventura de esas que no se olvidan.
Ya ubicados en nuestras butacas, la luz se apagó y comenzaron los comerciales, el infaltable noticiario alemán y un par de sinopsis (lo que hoy llamamos trailers) que ya no recuerdo. Y entonces, sin previo aviso, la pantalla explotó con el rugido de naves espaciales, duelos con sables de luz, criaturas tan extrañas como fascinantes y personajes que me dejaron alucinado. Al final, en la pantalla solo quedaron las palabras de “pronto estreno”.
Debo reconocer que disfruté la aventura de ‘Simbad y el ojo del tigre’, pero mi mente ya no estaba ahí. Se encontraba a millones de kilómetros de distancia, precisamente, en una galaxia muy, muy lejana.
Salí del cine Astor con la misión autoimpuesta de averiguar todo lo posible sobre aquella película que en algún momento llegaría a Chile. O mejor dicho, que debía llegar.
Lentamente fueron apareciendo notas en los diarios e incluso una selección de fotos en un número perdido de la revista Paula. Y los recorté todos, guardándolos como si fueran reliquias sagradas. En un mundo sin internet, la poca información disponible era un bien más que preciado.
Hasta que se anunció la fecha de estreno y yo perseguí sin tregua a mis padres para que me llevaran a verla. Algunos compañeros de colegio ya la habían visto y yo trataba de que me contaran cómo era, sus impresiones, pero al mismo tiempo, sin revelar nada de la trama.
Finalmente llegó el día y fuimos al desaparecido cine Windsor (hoy convertido en sucursal de un banco). Primero hicimos la fila para comprar la entrada y luego una fila aún más larga por la misma Galería Windsor, para poder entrar.
La ansiedad me devoraba entero, los minutos no avanzaban y la fila tampoco. Hasta que la gente comenzó a moverse, llegamos al ingreso, nos cortaron la entrada y yo arrastré a toda velocidad a mis padres hasta nuestros asientos numerados. Y cuando en la pantalla aparecieron las grandes letras de ‘Star Wars’ y comenzó a avanzar el texto introductorio que se perdía en el infinito, seguido de la primera imagen del destructor imperial persiguiendo la nave de la princesa Leia, perdí todo contacto con el mundo que me rodeaba.

Dos horas después, cuando la cinta acabó y se prendieron las luces, yo solo pensaba en cómo hacerlo para verla otra vez; la función que estaba por comenzar, al día siguiente, el próximo fin de semana, lo que fuera; lo único importante era que fuese lo antes posible.
Eran otros tiempos y la idea de repetirse ‘La Guerra de las Galaxias’ por segunda vez no prosperó. De modo que tuve que esperar años para volver a verla en una copia en VHS de muy mala calidad. Y claro, años más tarde, me reencontré con ella en televisión abierta, un domingo por la noche en Canal 7.
Mientras tanto, traté de reconstruir toda la película en dibujos, diseños de cazas X-Wing y TIE fighters, alguno que otro disfraz mal logrado; todo servía para mantener viva aquella magia cinematográfica que —ya lo presentía— se volvería imborrable.
Hoy ‘Star Wars’ está a la distancia de un click, en todos los formatos físicos y digitales. Está en la televisión, en los computadores, en los tablets, en los celulares. Pero sobre todo, en los corazones de todos los que, siendo niños, nos maravillamos con aquella historia que nos marcó para siempre. Felices 40 años.