A 137 años de la primera novela de ciencia ficción chilena

 
Portada - desde jupiter
Escrita con apenas 12 años de diferencia respecto a “De la Tierra a la Luna”, de Julio Verne, y solo tres años después de la primera obra latinoamericana del género (“El maravilloso viaje del señor Nic Nac”, del argentino Eduardo Holmberg), la novela “Desde Júpiter”, publicada en 1877 por Francisco Miralles, tiene el honor de ser reconocida como la primera obra chilena de ciencia ficción. Este desconocido debut criollo en la novela anticipativa relata, en clave de aventuras, la visita de Carlos, un santiaguino de la época, al quinto planeta de nuestro sistema solar.
¿Cómo ocurre esto en pleno siglo XIX?
No imaginen un reluciente cohete disparado desde algún lugar de Chile. Tampoco un ovalado ingenio extraterrestre transportando a nuestro protagonista. La excusa es bastante más pedestre, porque este viaje interplanetario es obra y gracia de lo que el libro llama “magnetismo” –a todas luces una hipnosis- que proyecta a Carlos a una especie de realidad astral que lo lleva instantáneamente a su destino, en un plano donde se le permite ver, pero no tocar ni ser visto.
Es así como nuestro protagonista aparece en una hermosa ciudad llamada Babilonia, cuyos habitantes se denominan a sí mismos “jovianos”, y sobre la cual Carlos pronto descubrirá que se encuentra ubicada en el lejano Júpiter.
El destino lo pone en medio de la discusión de un comité de científicos que estudia al planeta Tierra, en un momento en que enfocan su atención justamente sobre Santiago de Chile. Lo hacen por medio de un artilugio llamado “telescopio indefinido”, poseedor de un lente tan fino que es capaz de leer un diario sostenido por un habitante de la ciudad.
La misión de este grupo extraterrestre, físicamente idénticos a nosotros, es evaluar el grado evolutivo de los humanos. Aquí emerge el elemento positivista propio de la época y su enfoque lineal del progreso, porque la humanidad es medida según una escala común a todos los seres del universo, entendiendo que todos pasan por similares estados evolutivos. Así es como, por medio de distintos parámetros y según sus estimaciones, nos encontraríamos a 145.700 años de los jovianos (quienes reconocen la existencia de otras razas aún más evolucionadas que ellos).
¿Cómo llegan a esa cifra? Eso es justamente lo que hace valiosa a esta obra. Porque además de anticipar la realidad, la ciencia ficción siempre ha servido para criticar a la sociedad en su momento. Escondido bajo el velo de pensar el futuro, subyace un cuestionamiento al presente y, por lo general, una moraleja sobre nuestros defectos y virtudes. Sobre todo en sus inicios, como en este caso, la ciencia ficción es una extrapolación, tanto de lo que hay que combatir como de lo que vale la pena en el género humano.
Para los científicos de Júpiter, establecer una fecha clara para nuestra evolución no es un ejercicio simple, porque la existencia humana y sus contradicciones no les facilitan la labor. Si bien nuestro incipiente desarrollo de “globos de aire” como medios de transporte y nuestro elevado desarrollo intelectual aparecen como puntos a favor, el no contar con un lenguaje universal, el uso de la pólvora como un arma de guerra, el consumo de tabaco y de alcohol o la existencia de plagas de ratones e insectos nos hacen bajar varios puestos en el ranking interplanetario.
Política, politiquería y religión
La crítica se hace más interesante cuando los jovianos abordan temas que aún nos resultan complejos, como la política y la religión. Con respecto a nuestras formas de gobierno, les desconcierta tanto la existencia de estados hereditarios como la democracia misma. Para los jovianos “decidir la verdad por mayoría numérica” parece una estupidez y una señal de que aún no hemos podido entender que, aunque estructuralmente somos similares, cualitativamente somos muy distintos (“elecciones populares significan locura entronizado por la ignorancia”). Para poner los pelos de punta a los defensores acérrimos del “un hombre, un voto”.
Igual de trasquilada sale nuestro apego a la religión.
“Imagínate, en la Tierra hay un hombre que gobierna las creencias de los demás, o por lo menos de un grupo grande…”
“Pero eso es imposible”, dijo Ada, “porque pedir a alguien que crea es como pedir a alguien que entienda”, dialogan dos de estos científicos.
Peor aún. La crítica particular hacia los chilenos es implacable y a los ojos de los jovianos somos los que más estamos al debe. Dentro de nuestros peores pecados figuran: “La adoración indiscriminada de todas las ideas que vienen de Europa y el desprecio correspondiente por el talento local, su desconfianza en los negocios, su pereza intelectual y la forma irregular de la formación, su defectuoso sistema electoral y la sensibilidad de la opinión pública, que los mantienen como rehenes a las masas”. Así de fuerte.
Hasta nuestras aparentes virtudes aparecen como desventajas. Como ocurre con nuestra paciencia, que los jovianos creen que lleva a la aceptación pasiva de atrocidades.
Las máquinas indefinidas
El libro no ahonda en detalles tecnológicos sobre esta civilización avanzada y todas sus referencias son bastante vagas. Además del telescopio indefinido, aparecen cámaras que fotografían a color, pantallas del tamaño de muros, ascensores automáticos y una especie de transporte personal que permite a los jovianos desplazarse por el aire.
La ciencia en Júpiter ha evolucionado hasta el punto de concebir la comida perfecta, la cual se ingiere en forma de pastillas, lo que ha convertido las funciones digestivas básicas en superfluas, porque sus cuerpos no producen residuos (una desagradable característica de las especies más primitivas).
Más idílico a nuestros ojos es su nivel de desarrollo como sociedad. Los jovianos trabajan en aquello para lo que son los más adecuados y fijan sus propias horas de trabajo. No existen las cerraduras y los edificios y las aceras están en perfectas condiciones. La enseñanza y el aprendizaje son muy valoradas, tanto para las mujeres como para los hombres. Los ancestros son venerados. El valor personal se mide por el talento de uno y sus virtudes, más que las posesiones. Y adivinen: lo que prima es el amor desinteresado.
El futuro es una cosa del espíritu
No nos saquemos la suerte entre gitanos. Miralles no será ni el primero ni el último de los autores del género que decante hacia una sociedad utópica/mesiánica/metafísica. Si hasta un duro como Asimov tuvo que recurrir a la fuerza vital –e inmaterial- del planeta “Gaia” para poder cerrar su Saga de la Fundación.
Resulta que los jovianos han conseguido el perfecto equilibrio entre ciencia, razón y espiritualidad. La sociedad que han construido es pacífica y ordenada. Nada de lo que sucede es producto del azar, siendo gobernados por leyes absolutas. Leyes bajo cuyo sustrato racional subyace el “amor universal”, que lo abarca todo (pero suena a nada).
Es aquí cuando “Desde Júpiter” se aventura en un pantanoso escenario metafísico, ejemplificado en la llamada “escala de visibilidad”, la que establece que, según el desarrollo de una determinada civilización, ésta podrá ser visible e interactuar con otras que se encuentren en un mismo plano. Para qué decir que su evolución espiritual permite a los ciudadanos de Júpiter desaparecer a voluntad, leer la mente, pasar a través de objetos sólidos y habitar el cuerpo de otras personas. Una clara influencia de las corrientes espiritistas, la parasicología y otras disciplinas etéreas que causaron furor a fines del siglo XIX.
La crítica a 137 años luz
Es un poco injusto criticar una obra anticipatoria 137 años después, cuando casi todas sus predicciones tecnológicas se cumplieron con creces. Podríamos desmadejar la poca vistosa prosa de Miralles o sacar a relucir los trapitos de la deslucida trama romántica que corre en paralelo. Pero preferimos quedarnos con el hito que significa “Desde Júpiter” y con la crítica sin pelos en la lengua que hace al régimen político de la época, la influencia de la Iglesia y los aspectos menos loables de los chilenos.
Influenciada por la prolífica e anticipatoria prosa de Julio Verne y algo de la fantasía de Allan Poe, la obra de Miralles se destaca por poner la primera piedra del género anticipatorio criollo, uno que no ha sido nunca nuestra especialidad, pero que siempre ha sabido sobrevivir a épocas y autores, como bien conocimos en nuestro artículo En defensa de la ciencia ficción chilena (http://localhost/nerdnews/?p=5480). Ese es su aporte y eso ya es bastante.
LINKS
http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-9716.html
El libro integro en Memoria chilena. Una novela corta y sorprendente, de cuando la “g” era sólo “j” y aprenderse el nombre de las tres lunas descubiertas de Júpiter no requería del esfuerzo mnemotécnico de hoy (cuando ya contabilizamos 67 satélites naturales).
http://www.depauw.edu/sfs/backissues/66/Bell.html
En este maravilloso ensayo en inglés, Andrea Bell despliega un completo estudio de la obra y la contextualiza con relación a sus contemporáneos en Sudamérica y el viejo continente.
 

One thought on “A 137 años de la primera novela de ciencia ficción chilena

  1. Bacán que recuerden esta novela,
    porque eso igual contribuye a redefinir parte del rostro
    literario de América Latina. Nunca tan Macondo,
    rural. Tan ciencificciosos nuestros países
    como los que más. Buena.

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