“Blade Runner 2049” El verdadero replicante

EL PRESENTE BRIGHT NOIR.

El estreno de la secuela de “Blade Runner” abre, de nuevo, el foco sobre la película original de 1982 y el binomio que ahora forma con esta secuela de Denis Villeneuve es un díptico cuya bisagra es el paso del tiempo, 30 años desde “Los Angeles, noviembre de 2019” con el que empieza la primera hasta el “Californa, 2049” con el que se inicia esta atrevida segunda parte.

La “Blade Runner” original es oscura, lluviosa y un canto del cisne del cine policial de los años 50, como las películas de  Humphrey Bogart tipo “El halcón maltés”, pero proyectado, desde el año 1982, en el futuro remoto de 2019, ya tocando la puerta. Rick Deckard, el entrañable Harrison Ford, era en esa primera parte un detective de cine noir, cine negro y el ambiente de noche eterna, de lluvia, luces de neon, autos voladores sobre una Los Angeles con llamaras de fuego saliendo desde los rascacielos, era fondo ideal para una historia perfecta y con el primer plano de un ojo como símbolo de este juego: en la dilatación y contracción de la pupila, en el fragor de un interrogatorio, se haya la verdad que separa a los fugitivos replicantes Nexus 6 (humanos sintéticos escapados de las colonias espaciales) de la real naturaleza de humanos verdaderos.

En la observación de ese y más ojos de replicantes que ocultan su identidad, frente a preguntas que buscan reacciones “humanas” (¿qué hace frente a una tortuga que está de panza?), un Blade Runner como Deckard debería ser capaz de descubrir si la hermosa asistente del fabricante de replicantes, Eldon Tyrell, la Rachael (Sean Young) es humana o no.

Es un encuentro mágico entre detective y conejillos de indias y que define la acción de la primera parte y el corazón de la secuela.

“Blade Runner 2049” ocurre 30 años después de 2019, de la ambientación temporal de la primera parte, y si esa “Blade Runner” parecía que hablaba de un futuro loco e imposible, con inteligencias artificiales entre nosotros y con tecnologías impresionantes definiendo nuestras vidas, pues la segunda parte parece que ocurre en el ¿temible? (¿estoy siendo muy pesimista?) presente que vivimos.

“Blade Runner 2049” es expande visual y estéticamente el territorio de “Los Angeles” a la más amplia “California” porque sale de lo particular de la primera y viaja más allá, a lo general de una geografía diurna, con luz de sol, que se ve más real y usando como recurso una paleta de colores pasteles y cenicienta: una combinación que le da a todo una sensación palpablemente vívida y que transmite un sentido absoluto de realidad en cada encuadre de la fotografía maravillosa del cinematógrafo Roger Deakins.

Jordan Cronenweth, el director de fotografía de la primera, sin duda nos hizo soñar con el futuro, mientras que en esta segunda parte, Roger Deakins nos hace temer el presente en el que vivimos.

Los mismos temas de la cinta de la original tocan piedra de tope en la secuela gracias a su misma idea madre: contar una historia de detectives, pero no noir necesariamente, sino que bright noir, “clara” “negra”, porque todo está a la vista, bajo la luz del día, más que antes, gracias a un relato detectivesco de un nuevo Blade Runner, K (Ryan Gosling), esta vez siguiendo una pista que trae de nuevo a la palestra la historia de amor entre Deckard, Rachael y que de nuevo nos hace pensar sobre qué significa ser humano y qué es ser replicante.

Con esa excusa, este nuevo mundo abierto así ante nuestros ojos se siente y piensa más palpable, más profético que la cinta de 1982 porque es más fiel reflejo de lo que nos está pasando socialmente en nuestras relaciones con las inteligencias artificiales y las nuevas tecnologías.

EL PEQUEÑO DIOS: DENIS VILLENEUVE.

Si uno mira el cine del director de “Blade Runner 2049”, el canadiense Denis Villeneuve, en especial sus primeras películas francófonas, queda claro que su acento ha sido el foco femenino o el de los invalidados o minorías por el peso de alguna fuerza en contra enorme: “Un 32 août sur terre” (1998); “Maelström” (2000),   “Polytechnique” (2009) y “Incendies” (2010) comparten las cuatro protagonistas femeninas fuertísimas, todas mujeres que de alguna manera intentan homologarse a una igualdad masculina subyugadora y que, cada una por distintas manera, llegar a recibir un tipo de castigo social por eso. Son personajes, como suele pasar en el cine de Villeneuve, en desventaja, como pasa igual en “Arrival”, se acuerda, con Amy Adams, pero se trata de personajes cuya mirada es crucial para alcanzar otro punto de vista, más personal, “femenino” y por eso deslumbrante porque se muestra otra óptica del drama propuesto.

Las mujeres de “Blade Runner 2049”, en este sentido, son claves, desde las que podemos hablar sin spoilear, como la teniente Joshi (Robin Wright); la estricta jefa de “K”; pasando por la asistente del nuevo “Tyrrell” del cuento, el multimillonario Niander Wallace (Jared Leto), la fría y brutal Luv (Sylvia Hoeks) y sin duda que la mejor de esta historia: Joi (una impresionante Ana de Armas), especie de Siri-amante-pareja virtal de “K” (es un asumido replicante desde el inicio, ojo) y una máquina para la “máquina”, una Siri para un Siri, que es una de las vueltas de tuercas inteligentes de esta secuela que iluminan los territorios de esta nueva película.

Y el mismo “K”, suave, tenue, resiliente y muy “femenino” (no en un sentido de género, sino que de comportamiento) en comparación con la dureza de Harrison Ford en la primera, es una máquina que aguanta de todo y que sigue los designios de ese pequeño dios que es Denis Villeneuve.

VANGELIS EN LA SOMBRAS.

Hay algo que siempre duele comparar pero hay que decirlo. La música de Vangelis en la primera parte es un personaje más: una música que dialogaba con la película de 1982 y esa virtud no está de la misma manera en “Blade Runner 2049”. Las composiciones de Hans Zimmer son más que nada comentarios de esa cumbre de Vangelis y salen desde las esquinas, corredores de cada cuadro y no llenan la pantalla como sí pasaba en la primera parte.

Eso no desmerece para nada esta secuela que quizás, como franquicia –como “Superman”, como “Star Wars”, como “Batman”- pudo haber usado sin culpas las melodías originales de Vangelis. ¿Quién hubiera culpado a Villeneuve por hacer eso? Pero por lo menos hay un murmullo religioso, que es la música de Zimmer, entrando con respeto sonoro a este templo de Blade Runner y si bien Vangelis es la deidad a la que se le rinde culto a cada momento desde el punto de vista sonoro-formal, creo que la verdadera estrella de la forma de esta secuela es la fotografía de Roger Deakins: demoledora máquina de imágenes de un futuro que perfectamente podría ser y que nos sumerge en un mundo real, quizás más real que la “Blade Runner” de 1982 y eso es lo maravilloso de esta segunda parte. “More human than human”.

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