Author Archives: Ernesto Garratt

“Blade Runner 2049” El verdadero replicante

EL PRESENTE BRIGHT NOIR.

El estreno de la secuela de “Blade Runner” abre, de nuevo, el foco sobre la película original de 1982 y el binomio que ahora forma con esta secuela de Denis Villeneuve es un díptico cuya bisagra es el paso del tiempo, 30 años desde “Los Angeles, noviembre de 2019” con el que empieza la primera hasta el “Californa, 2049” con el que se inicia esta atrevida segunda parte.

La “Blade Runner” original es oscura, lluviosa y un canto del cisne del cine policial de los años 50, como las películas de  Humphrey Bogart tipo “El halcón maltés”, pero proyectado, desde el año 1982, en el futuro remoto de 2019, ya tocando la puerta. Rick Deckard, el entrañable Harrison Ford, era en esa primera parte un detective de cine noir, cine negro y el ambiente de noche eterna, de lluvia, luces de neon, autos voladores sobre una Los Angeles con llamaras de fuego saliendo desde los rascacielos, era fondo ideal para una historia perfecta y con el primer plano de un ojo como símbolo de este juego: en la dilatación y contracción de la pupila, en el fragor de un interrogatorio, se haya la verdad que separa a los fugitivos replicantes Nexus 6 (humanos sintéticos escapados de las colonias espaciales) de la real naturaleza de humanos verdaderos.

En la observación de ese y más ojos de replicantes que ocultan su identidad, frente a preguntas que buscan reacciones “humanas” (¿qué hace frente a una tortuga que está de panza?), un Blade Runner como Deckard debería ser capaz de descubrir si la hermosa asistente del fabricante de replicantes, Eldon Tyrell, la Rachael (Sean Young) es humana o no.

Es un encuentro mágico entre detective y conejillos de indias y que define la acción de la primera parte y el corazón de la secuela.

“Blade Runner 2049” ocurre 30 años después de 2019, de la ambientación temporal de la primera parte, y si esa “Blade Runner” parecía que hablaba de un futuro loco e imposible, con inteligencias artificiales entre nosotros y con tecnologías impresionantes definiendo nuestras vidas, pues la segunda parte parece que ocurre en el ¿temible? (¿estoy siendo muy pesimista?) presente que vivimos.

“Blade Runner 2049” es expande visual y estéticamente el territorio de “Los Angeles” a la más amplia “California” porque sale de lo particular de la primera y viaja más allá, a lo general de una geografía diurna, con luz de sol, que se ve más real y usando como recurso una paleta de colores pasteles y cenicienta: una combinación que le da a todo una sensación palpablemente vívida y que transmite un sentido absoluto de realidad en cada encuadre de la fotografía maravillosa del cinematógrafo Roger Deakins.

Jordan Cronenweth, el director de fotografía de la primera, sin duda nos hizo soñar con el futuro, mientras que en esta segunda parte, Roger Deakins nos hace temer el presente en el que vivimos.

Los mismos temas de la cinta de la original tocan piedra de tope en la secuela gracias a su misma idea madre: contar una historia de detectives, pero no noir necesariamente, sino que bright noir, “clara” “negra”, porque todo está a la vista, bajo la luz del día, más que antes, gracias a un relato detectivesco de un nuevo Blade Runner, K (Ryan Gosling), esta vez siguiendo una pista que trae de nuevo a la palestra la historia de amor entre Deckard, Rachael y que de nuevo nos hace pensar sobre qué significa ser humano y qué es ser replicante.

Con esa excusa, este nuevo mundo abierto así ante nuestros ojos se siente y piensa más palpable, más profético que la cinta de 1982 porque es más fiel reflejo de lo que nos está pasando socialmente en nuestras relaciones con las inteligencias artificiales y las nuevas tecnologías.

EL PEQUEÑO DIOS: DENIS VILLENEUVE.

Si uno mira el cine del director de “Blade Runner 2049”, el canadiense Denis Villeneuve, en especial sus primeras películas francófonas, queda claro que su acento ha sido el foco femenino o el de los invalidados o minorías por el peso de alguna fuerza en contra enorme: “Un 32 août sur terre” (1998); “Maelström” (2000),   “Polytechnique” (2009) y “Incendies” (2010) comparten las cuatro protagonistas femeninas fuertísimas, todas mujeres que de alguna manera intentan homologarse a una igualdad masculina subyugadora y que, cada una por distintas manera, llegar a recibir un tipo de castigo social por eso. Son personajes, como suele pasar en el cine de Villeneuve, en desventaja, como pasa igual en “Arrival”, se acuerda, con Amy Adams, pero se trata de personajes cuya mirada es crucial para alcanzar otro punto de vista, más personal, “femenino” y por eso deslumbrante porque se muestra otra óptica del drama propuesto.

Las mujeres de “Blade Runner 2049”, en este sentido, son claves, desde las que podemos hablar sin spoilear, como la teniente Joshi (Robin Wright); la estricta jefa de “K”; pasando por la asistente del nuevo “Tyrrell” del cuento, el multimillonario Niander Wallace (Jared Leto), la fría y brutal Luv (Sylvia Hoeks) y sin duda que la mejor de esta historia: Joi (una impresionante Ana de Armas), especie de Siri-amante-pareja virtal de “K” (es un asumido replicante desde el inicio, ojo) y una máquina para la “máquina”, una Siri para un Siri, que es una de las vueltas de tuercas inteligentes de esta secuela que iluminan los territorios de esta nueva película.

Y el mismo “K”, suave, tenue, resiliente y muy “femenino” (no en un sentido de género, sino que de comportamiento) en comparación con la dureza de Harrison Ford en la primera, es una máquina que aguanta de todo y que sigue los designios de ese pequeño dios que es Denis Villeneuve.

VANGELIS EN LA SOMBRAS.

Hay algo que siempre duele comparar pero hay que decirlo. La música de Vangelis en la primera parte es un personaje más: una música que dialogaba con la película de 1982 y esa virtud no está de la misma manera en “Blade Runner 2049”. Las composiciones de Hans Zimmer son más que nada comentarios de esa cumbre de Vangelis y salen desde las esquinas, corredores de cada cuadro y no llenan la pantalla como sí pasaba en la primera parte.

Eso no desmerece para nada esta secuela que quizás, como franquicia –como “Superman”, como “Star Wars”, como “Batman”- pudo haber usado sin culpas las melodías originales de Vangelis. ¿Quién hubiera culpado a Villeneuve por hacer eso? Pero por lo menos hay un murmullo religioso, que es la música de Zimmer, entrando con respeto sonoro a este templo de Blade Runner y si bien Vangelis es la deidad a la que se le rinde culto a cada momento desde el punto de vista sonoro-formal, creo que la verdadera estrella de la forma de esta secuela es la fotografía de Roger Deakins: demoledora máquina de imágenes de un futuro que perfectamente podría ser y que nos sumerge en un mundo real, quizás más real que la “Blade Runner” de 1982 y eso es lo maravilloso de esta segunda parte. “More human than human”.

‘Blade Runner’: El futuro hoy

No sólo se trata de pasar la prueba Voight-Kampff , ese ficticio test inventado por el escritor Philip K. Dick en su novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”  -que inspira el filme ‘Blade Runner’– para distinguir a un humano de un robot. No solo se trata de un cazador de replicantes llamando Rick Deckard en un planeta Tierra moribundo. No solo se trata de un futuro próximo, en noviembre de 2019 en una lluviosa y oscura ciudad de Los Angeles, California. No solo es ciencia ficción para adultos en una era repleta de filmes de ciencia ficción para niños. ‘Blade Runner’, una película que cumple 35 años, es una sorprendente y anticipatoria película  que fue fruto del azar, de lo mejor y de lo peor de Hollywood, del talento y de la falta de este, pero también fue fruto del terror a lo nuevo, al éxito de la innovación y, en general, al tira y afloja entre el estricto Ridley Scott con su estrella Harrison Ford, harto de discutir con el testarudo creador de ‘Alien, el octavo pasajero’, Scott; y fue fruto además del genio de Rutger Hauer y su lucidez para interpretar de qué se iba a tratar este engendro enorme que crecía en presupuesto, en locaciones, en efectos especiales, en diseño de producción y vestuario a pasos agigantados durante su filmación.
Blade Runner’ se salió de las manos, fue une hipérbole ambiciosa y desquiciada que llegó a buen término porque hubo talentos que supieron contenerla, leerla, editarla y sacarla de la zona en la que pudo haberse ahogado: la de la absurda parodia y franca estupidez.
Blade Runner’, estrenada el 25 de junio de 1982 en Estados Unidos, es una película sobre el futuro. En noviembre de 2019, la fecha en la que está ambientada esta distopia, el mundo se encuentra moribundo, la publicidad que flota entre edificios altísimos invita a los privilegiados a explorar nuevos mundos, ya no queda casi nada natural, hay animales clonados en su mayoría y los humanos “falsos”, los replicantes, solo pueden ser descubiertos con el test Voight-Kampff: unas decenas de preguntas formuladas para descubrir a los humanos sintéticos, en especial a los Nexus 6, un tipo de replicantes más avanzados, idénticos a los humanos, pero más fuertes. Más inteligentes y usados en las colonias espaciales como esclavos.
Deckard (Ford) es un retirador de replicantes, un “blade runner”, en otras palabras, un ex policía que solía sacar la vida artificial indeseada de las calles. Pero él mismo se haya fuera de las pistas, comiendo bajo la lluvia y el neón de Los Angeles cuando es de nuevo reclutado para poner el orden cuando un escuadrón de replicantes rebeldes se ha internado en la Tierra. Estos replicantes están sueltos y liderados por Roy Batty (Rutger Hauer).
Hecha en los 80s, mirando al futuro lejano (en esa época) de 2019, pero usando de base el claroscuro del cine noir de los años 50 de Hollywood y asimismo el expresionismo alemán y su fotografía de claroscuros y en especial la pieza cumbre ‘Metrópolis’ (1927), de Fritz Lang (ciencia ficción que iba a ser fundacional mirando a una ciencia ficción que ha sido fundacional), ‘Blade Runner’ fluye como un caso policial casi menor. De crónica roja, es decir, va de lo mínimo y casi nimio  a un tipo de grandeza que Ridley Scott de seguro no captó del todo en su momento, pero sí de seguro intuyó y apostó por esa vía intuitiva y visual que nunca se había hecho hasta ese momento.
El caso policial va así: Un blade runner ha sido atacado por  uno de los secuaces de Batty durante un test Voight-Kampff  que vemos al inicio de la película. Leon, impetuoso, no ha podido disimular su falta de humanidad con preguntas que indagan en su reacción frente a la imagen (mental) de una tortuga boca arriba
Y ese hecho criminal activa la acción de esta pieza fundamental del cine contemporáneo porque todo a lo ancho y alto de la pantalla se llenó y aún llena de ideas nuevas, materializadas con una fotografía sublime de Jordan Cronenweth, el guion de Hampton Fancher y David Webb Peoples, que supo captar la esencia paranoica del genio del escritor Phillip K. Dick, imitado, jamás igualado, y la música electrónica, melancólica y un personaje en sí mismo de Vangelis: un soundtrack que acompaña y hace crecer la ambientación perfecta que realiza la cinta de este porvenir decadente, triste y apocalíptico.
Blade Runner’ marca un antes y un después en el cine porque en 1982, cuando se estrenó, las películas de ciencia ficción estaban en Hollywood y en Occidente completamente infantilizadas. ‘La guerra de las galaxias’ y sus clones de los años 70 habían señalado el camino de la taquilla hacia e el cine sci fi de matiné, hecho para niños  y si bien hubo intentos por adultizar el género gracias a singularidades como ‘Logan’s Run’ (‘Fuga en el siglo XXIII’, de 1976), esa delicia sobre un futuro idealizado donde se vive hasta los 30 años, fue en verdad ‘Blade Runner’ el gran faro que supo interpretar con capas y profundidad el oscuro futuro que se nos venía encima.
A 35 años de este fundamental estreno, este filme posee la lucidez para darle una vuelta al capitalismo y si en ‘Breaking Bad’ hay más de crítica al capitalismo que en cualquier bloque socialista, la cinta de Ridley Scott  ponía en primer plano que diantes pasaba con las vidas de las personas normales y comunes cuando las grandes corporaciones se ponían a regir existencias y destinos de todo lo natural y artificial sobre la faz de la Tierra. Lejos de la utopía de los optimistas del neoliberalismo salvaje, el guion y realización de ‘Blade Runner’ posee una potente subversión y candente postura anti sistémica porque a cada momento estamos viendo el lado de los derrotados: los legales, los humanos fallidos (y no aptos para viajar y escapar de este infierno) que se han quedado en la Tierra prácticamente a perecer, y los ilegales: los androides perfeccionados  y superiores que regresan fuera de la ley a la Tierra a buscar una solución a su problema: solo pueden vivir cuatro años y desean que su creador, el empresario y genio Dr. Eldon Tyrell, les diga el secreto para vivir más.
Pero a Tyrell le interesa solo el profit, el lucro. El dinero.
¿Qué más, sino, no?
Harrison Ford es un Deckard que da el ancho en su deambular errático y humano en su investigación que de mínima y aparentemente simple, retumba en crucial y determinante cuando se enamora de una femme fatale equivocada como Rachael (Sean Young) y da tumbos en una sociedad jamás hecha a ninguna escala humana, ni menos hecha a la inhumana escala de los replicantes en busca de su humanidad.
Si ‘Blade Runner’ es tan pesimista como su cinta abuela directa, ‘Metrópolis’, de Fritz Lang, esa crítica social directa a la desigualdad de clases y las injusticias de la modernidad en la Europa de post guerra (de la post guerra de 1914) , esa solemnidad en la que podría caer una denuncia mal formulada, se diluye entre el neón, los vuelos rasantes de autos policiales voladores y el vaho de una trama policial fascinante que, a final, no busca culpables, ni buenos, ni malos, ni víctimas ni victimarios. Aunque sí en la fórmula y forma, pero en la innovación y en el fondo los resultados de la pericia detectivesca en verdad chocan más con temas de ese futuro distópico que tienen que ver más que nada con problemas parecemos vivir hoy en día: gobernados por corporaciones abusivas, beneficiadas por la ley y con la impunidad completa para lucrar lo que deseen a costa de los ciudadanos de segunda clase que cerramos  filas como un ejército de clientes listos para enriquecer a los más ricos.
Ridley Scott nunca leyó “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” ni su versión fílmica de esa novela corta de Philip K. Dick tenía la intención de traducir la paranoia perenne del autor de “El hombre del castillo” y “Ubick”. Sin embargo, la conocida disputa que sostuvo el director con Harrison Ford durante el tenso rodaje, porque Ford no quería aceptar de buenas a primeras una instrucciones que decía que no entendía, discusiones que también se trasladaron a la esfera entre el actor y Sean Young, ambos no se podían soportar en el set, llevaron a generar una alerta total entre los productores: Jerry Perenchio y Bud Yorkin.
El sorpresivo aumento del presupuesto, tardanzas en el rodaje y cambios sugeridos por el holandés Rutger Hauer, quien se negó a rodar la pelea de karate instalada en el guion original entre el Deckard de Ford y su propio rol, el supuesto villano Roy Batty. A cambio de esta horripilante escena, el actor fetiche de Paul Verhoeven en cintas como “Delicias turcas” propuso una solución alternativa: su ya clásico discurso “lágrimas en la lluvia”.
-He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar; naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… igual que lágrimas… en la lluvia. Llegó la hora de morir-.
 Toda la película ‘Blade Runner’ es un test Voight-Kampff: un cuestionario hecho una perfecta película que busca responder quiénes son los humanos de verdad en el deshumanizado mundo del futuro de Los Angeles, en noviembre de 2019.
¿Deckard, Roy, Rachael son humanos? ¿O son replicantes? ¿Qué nos hace humanos al final?
 Philip K. Dick comenzó a germinar la idea para su novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” cuando investigaba para su distopia “El hombre del castillo”.
Philip K. Dick tuvo acceso a archivos nazis de la Segunda Guerra Mundial y allí, la lectura de varios casos terribles cometidos por los alemanes le llevaron a discernir una manera para diferenciar quienes eran los humanos y quienes no entre nosotros. Quienes eran los monstruos y quienes no.
Es cierto que el test de Turing, propuesto por el británico Alan Turing para descubrir –en simple- si una inteligencia es artificial o humana en los albores de la ciencia computacionales en su conocido ensayo de 1950 “Computing Machinery and Intelligence”, es un referente obligado en ‘Blade Runner’. Pero la verdad es que en el caso de Philip K. Dick es la influencia del lado más ferviente y metafísico del sicoanalista Carl Jung lo gravitante.
Sin embargo, en ‘Blade Runner’, la película, el espectro de Turing planea como un drone en el cielo sobre esa ciudad futurista que en verdad nunca fue, ese Los Angeles aberrante pero altamente estilizado en que se convierte el desolador futuro – a secas-  en la cinta de Ridley Scott. Turing y su idea sobre las inteligencias artificiales es convertida en hermosos retablos de claroscuros sobre la pantalla de cine y de eso se trata esta maravilla de Ridley Scott, un artesano visual que supo mostrar al mundo la manzana mascada y envenenada que habría terminado con la vida de Turing en uno de los más famosos comerciales de la historia, el de Apple, que en 1984 usó esa fruta con un pedazo faltante como su símbolo corporativo.
Blade Runner’, así las cosas, es lo que hacen las grandes obras de artes: instalar un espejo delante de la realidad que nos toca vivir como sociedad y de una manera fascinante, sofisticada y hasta premonitoria –cómo no asociar la manera en que Deckard manipula fotos buscando pistas en una escena clave como  si fuera la era de los smarthphones y del IPhone de Appel ¿no?- distraernos con los adornos, los destellos, pero a la postre, y luego de 35 años, hacernos entrar en un mundo nuevo y un futuro desolador.
Aunque claro.
Aun faltan dos años para noviembre de 2019.
Aun hay tiempo.

Se fue el verdadero corazón de ‘Star Wars’

Que la Fuerza te acompañe Carrie.
Era, se supone, la princesa de la historia. Y algo había de razón en esa etiqueta. Carrie Fisher, hija de la realeza de Hollywood, del cantante Eddie Fisher y la actriz Debby Reynolds, era la que tenía más pedigrí del elenco original de Star Wars en 1976. Harrison Ford, ya mayor comparando con sus compañeros, y Mark Hamill, con hambre de fama, solo querían entrar al mundo de donde Carrie Fisher quería salir: Hollywood y su laberinto de lágrimas.
Como hija de celebridades, nunca, nunca quiso ser una. Así me lo dijo en el último Festival de Cannes. Siempre evitó la fuerza gravitacional del mundo Fama, porque sabía, porque intuía que iba a ver peligros.
Y los hubo.
Los tuvo.
La destrucción de Alderaan en Star Wars fue el equivalente a la destrucción de su propia vida producto de sus adicciones, trastornos y miedos y demonios. Pero Carrie Fisher los encaró. Enfrentó sus miedos. La baja autosetima, la paranoia, la cocaína, el alcoholismo.
Ella bajó el infierno, allí, en el horror, descubrió un antídoto: la comedia. Reír. Reírse. Y escribir con humor sobre eso.
Carrie Fisher hizo entonces libros autiobiográficos que se convirtieron en películas, como ‘Postcards from the edge’: sobre su atormentada relación con su madre y los excesos.
¿Cómo Carrie Fisher pudo ser tan importante para un montón de chicos y chicas en Chile? ¿En Sudamérica? Oigo a un compañero de trabajo, un millenial con potencial, quejándose sobre la pena que tenemos los viejos por la muerte de este ícono.
Nada. Es una respuesta que se siente. Carrie Fisher era el verdadero corazón de la saga: una chica fuerte y vital a lo largo de los capítulos que importan (olvidemos el I, II, III y VII, que no existen en verdad).
Y la podemos ver en ‘Rogue One’ como siempre la recordaremos: una guerrera joven, joven y, a pesar de su fragilidad, lista para enfrentar el mayor de los miedos. Al imperio, Al mal, a las adicciones, a la vida y sus infiernos.
Un saludo para una actriz que hizo de una valiente en una saga para niños y que, en su vida, fue una corajuda que se equivocó y se levantó una y otra vez. Una y otra vez. Hasta que en el aire, arriba allá cerca de las estrellas, como corresponde a su estatus, su corazón quiso dejar de latir en un vuelo comercial.
Adiós Carrie Fisher.

Mi top 10 en las mejores películas del siglo 21 de la BBC

Fui convocado hace unos meses por la BBC para dar mi opinión con las 10 mejores películas del siglo 21. Mi lista con mi versión de las 10 mejores producciones para el cine en estos primeros 16 años del siglo 21. El mail, que era un honor para mí, sin duda, me tomó por sorpresa y, repito, fue y es un honor ser llamado a dar tu opinión junto a otros 176 críticos del mundo entre los que se cuentan amigos y colegas como Samuel Castro, de Colombia, y Arturo Aguilar, de México.
Las listas, para mí, cambian día a día. Ayer Taxi Driver pudo ser mi top 1 de las mejores películas de la vida, hoy ese sitio lo puede ocupar Blade Runner y mañana quizás Mi Vecino Totoro. Las listas se mueven en mi cabeza dependiendo de muchas cosas, de estímulos particulares, de lecturas, de conversaciones, de memoria. De ver de nuevo la película en cuestión cuando pienso mucho en ella. Son muchas cosas a considerar.
Creo que la lista que le mandé a la BBC la cambié unas 10 veces antes de presionar “send”. Y en esos cambios se alteró bastante.
En general, de las 100 películas que forman parte de la lista general de la BBC con las 100 películas del siglo 21, y que pueden ver acá (http://www.bbc.com/culture/story/20160819-the-21st-centurys-100-greatest-films), muchas de ellas estuvieron en los borradores de mi lista y otras tantas otras están en mi lista final. Una lista arbitraria, personal y sobre todo debatible. Sofia Coppola y su Lost in Translation estuvo mucho tiempo en mi cabeza o In the Mood of Love, de Wong Kar-wai.
Pero me quedé con el listado final, que de seguro hubiera seguido mutando, cambiando dependiendo del día, hasta que no me quedó más que someterme al plazo final. ¿Y qué criterios usé?  Creo que toda mi lista se resume en la idea del cine como un artilugio fisgón en el laberinto de la mente: un laberinto con las caras del miedo, del apocalipsis y de una tragedia que puede ser un sueño de unos fantasmas contado al revés como la tercera cinta en mi lista: Mulholland Drive, de David Lynch, que fue la que se llevó el número uno del listado general.
Conversando con un amigo cinéfilo, quizás la mejor manera de comprender esta genialidad de David Lynch, que se mete de lleno con la alucinación del sueño de Hollywood, sea como el sueño de un fantasma contado al revés. Así puede leerse la trágica historia de una aspirante a actriz que entra en una zona oscura y con los códigos de las pesadillas en este clásico del director de “Corazón salvaje”.
Tanto Old-boy, de Park Chan-wook,que es mi número 1 personal de lo mejor del siglo 21, como Children of Men, de Alfonso Cuarón, mi número 2, son para mí películas que proyectan de manera perfecta esa idea del fin del mundo alojadas en las cabezas de sus protagonistas. El fin del sueño. El fin de todo. En Old-boy, es el fin de SU mundo, para su protagonista, alguien sometido a un castigo infernal que, después de décadas de presidio injusticado a manos de un opresor anónimo, le servirá para refundar un mundo nuevo y jamás imaginado. Y en Children of Men, el mexicano Alfonso Cuarón nos habla de lo que pasa cuando el mundo ya se ha acabado. Cuando prendes la luz y te das cuenta que es como Blade Runner pero de día, sin neón y sin la lluvia poética de la cinta de Ridley Scott.
Mi top 10 personal, o la mayoría de las películas en ese top 10 creo, son  películas que funcionan como un radar audiovisual en la cabeza de sus protagonistas en donde lo que más resuena es cómo, CÓMO, muestran los lugares donde se mueven, sufren, aman y, sobre todo, temen. Amé la manera en que Campanella cuenta el raconto del hombre de leyes que es Ricardo Darín sobre un pasado oscuro en la dictadura argentina y lo que vemos son sus recuerdos. Recuerdos de un mundo peor también son los que quiere borrar Jim Carrey en Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdo, cuando trata de eliminar su relación con Kate Winslet.
Amé NO, de Pablo Larraín, porque filmó la campaña del NO como si fuera un sueño y puso, como si fuera una instalación de arte, las imágenes originales y ochenteras de esa campaña con las imágenes actuales de sus protagonistas. Y así antes y presente, los dos momentos, chochando, filmados con la misma cámara U-Matic me produjeron un singular sentido. ¿Resultado? La alegría no llegó y el mensaje de esperanza y de cambio, en el presente, resuena brutalmente añejo, arrugado, cansado. Sin vitalidad.
Donnie Darko, esa genialidad de Richard Kelly, es otra manera de abordar la reconstrucción de la realidad a partir de un personaje con una actividad intensísima en su cabeza: Es una película que, como la cinta de Michel Gondry y como muchas de esta lista mía, rearman la realidad en una fábula prodigiosa, según cada autor responsable, con estilos y estéticas audiovisuales superiores. Y, como pasa en Donnie Darko, en este tipo de película que puse en la lista, creo, me quedo con las emociones del miedo, la desesperanza y la sensación del acabo de mundo inminente como experiencia básica en un menú que también comparten Red Social, de David Fincher, sin duda uno de los faros en este nuevo siglo de creadores, junto a Denis Villeneuve con su perfecta Sicario y toda la paranoia impuesta por ese pequeño genio llamado Damien Chazelle en Whiplash.
Para mí, el buen cine de este nuevo siglo habla de los fantasmas en que nos hemos convertido cuando no hemos sido capaces soñar nuevas utopías, como vemos de alguna manera que así pasa en Mulholland Drive. Habla del nihilismo que campea en títulos como Old-boy y Children of Men porque creo que así está el pulso de la real realidad. El desapego, el individualismo y el acto de alienarse y atrincherarse dentro de uno mismo, dentro de la cabeza de uno mismo, que es donde se libra la batalla final, es un tema que me apasiona y que, creo, es parte de la forma en que vivimos en este siglo 21: un siglo que era esperado con ansías por mi generación, esa que creció con ideas de un futuro esplendor y con la fecha límite mental de 2001, el año en que haríamos contacto… ¿con nosotros? ¿con alguien? y que ha llegado y ya la hemos visto pasar, hace mucho, sin las ilusiones ni esperanzas proyectadas antaño.
Mi lista, creo, según el día en que la hice, es una lista que refleja lo que siempre he pensado diferencia a una gran película de una película no más. Una película no más puede dejarte tarareando y feliz o impactado unos largos momentos. Pero una gran película, creo, destruye el mundo de la real realidad para recrearlo de nuevo en una absorbente realidad que está hecha del mismo material de los sueños. Una gran película borra la frontera que la une a lo que llamamos realidad y se convierte en una copia unica que imita como nadie la vida. Una gran película, creo, es un pequeño Apocalipsis que destruye y recrea todo en su interior, una y otra vez.
Ernesto Garratt – El Mercurio (Chile)
1. Oldboy (Park Chan-wook, 2003)
2. Children of Men (Alfonso Cuarón, 2006)
3. Mulholland Drive (David Lynch, 2001)
4. The Secret in Their Eyes (Juan José Campanella, 2009)
5. Sicario (Denis Villeneuve, 2015)
6. No (Pablo Larraín, 2012)
7. Donnie Darko (Richard Kelly, 2001)
8. Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry, 2004)
9. The Social Network (David Fincher, 2010)
10. Whiplash (Damien Chazelle, 2014)

La decepción de ‘El Despertar de la Fuerza’

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Ojo, esto tiene spoilers. La advertencia está lanzada. Si quiere, léalo. Si no, pase. ¿Vale?.
Sin enojarse ni reclamar.
Vamos al grano y a los spoilers.
Este Episodio VII prometía. Tiene todos los ingredientes para haber sido una gran película. Y no lo es. Es piola. Salva. Está entre ‘El regreso del Jedi’ y ‘La Venganza de los Sith’. Es entretenida. Es, más que nada, una experiencia pirotécnica que usa los juguetes, naves, cazas Tie, cazas X, el Millenium Falcon, de nuevo, en escenas aéreas y de combate que son como estar en el video juego Battlefront. Técnicamente bien. Nada qué decir.
Respiremos hondo. No nos hiperventilemos. Sí, uno se puede excitar y mucho por ver y oír a estos viejos estandartes. Uno se puede excitar por apreciar las referencias, los parecidos, el déjà vu de la ‘Star Wars’ original.
Uno se puede excitar por la nostalgia. Pero usemos la cabeza más que las primeras impresiones. Sé que es duro. Pero vamos. Se puede.
‘Star Wars: El Despertar de la Fuerza’ es la respetuosa y deslavada copia de J.J. Abrams de ‘Episodio IV: A New Hope’. Y de algunas ideas de ‘El Imperio Contraataca’ y de ‘El regreso del Jedi‘. Abrams es un director cuyo estilo es no tener estilo y falsificar a Steven Spielberg (la buena ‘Super 8′) y ahora a George Lucas con precisión. Con una respetuosa y hasta temerosa precisión.
Las letras móviles del inicio te dicen de qué va esta entrega: Luke ha desaparecido de la galaxia, La Nueva Orden, que es una especie de filial de los restos que quedaron del antiguo Imperio, anda buscando al fugado jedi para matarlo. La Resistencia, ex Alianza Rebelde, que lidera Leia Organa, busca a Luke para pedirle ayuda y la ex princesa ha enviado a su mejor piloto, Poe Dameron (Oscar Isaac) al mugroso planeta Jakku tras una pista que pueda dar con Skywalker.
Y Jakku, que es igual, igual a Tatooine, dunas eternas, sol infernal, pobreza y miseria por doquier, es el infierno a donde Poe da con los planos que indican el escondido lugar donde Luke se esconde de todo y todos luego de quedar traumado cuando un aprendiz suyo se fue al lado oscuro hace años (eso dice luego Han Solo). Poe esconde el ¿pendrive? con los datos en su unidad BB-8, el robot pelota de playa y que funciona bien, porque es lo mismo que hacía R2D2: emite beeps, es simpático y sabe cuando huir. Y tras un ataque nocturno de La Nueva Orden –gran secuencia hay que reconocerlo- en Jakku, liderado por el nuevo villano, Kylo Ren (Adam Driver), justo cuando Poe consigue la información, el pequeño androide huye solo hacia las dunas con la vital información, mientras su amo es hecho prisionero.
¿Suena conocido, no, lo del robot mensajero?.
Pero el original R2-D2, pronto lo sabremos, está dormido. Esperando a su amo Luke.
R2D2, en el sueño de los justos, es un poco el símbolo de esta película. Pese a todo, el 3D, el sonido sorround, la acción trepidante, ‘El Despertar de la Fuerza’ está, sino dormida, cabeceando.
Pero vamos: ‘El Despertar de la Fuerza’ te puede volar la cabeza por todo lo que contiene a nivel de naves, batallas, escenografías y envoltorio porque es leal a la estética de la primera trilogía: ‘Star Wars’, ‘El Imperio Contraataca’ y ‘El Regreso del Jedi’: no hay abuso de efectos digitales, las naves se palpan y parecen reales, es una delicia ver y “sentir” al viejo Millenium Falcon, rehecho a escala aunque sea para dos segundos de pantalla. Y lo mejor,  no están los saltitos y vueltas de carnero en las peleas de sables láser como vimos en las precuelas de Lucas. La carrocería de ‘El Despertar de la Fuerza’ es impecable, pero, bueno, no podemos juzgar un libro por su tapa ¿no? Los peros, problemas y mezquindades vienen por el lado de la historia: el guión y las a veces deficientes soluciones argumentales de Abrams et alt. 

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JUGUETES NUEVOS VS. JUGUETES VIEJOS
El despertar de la Fuerza’ tiene básicamente dos historias compitiendo entre sí: La de los juguetes nuevos versus los juguetes antiguos.
Los nuevos juguetes-personajes son dos: Primero, Rey (Daisy Ridley), una solitaria chica que recoge chatarra entre las ruinas de acorazados imperiales en Jakku. Esas escenas son preciosas, hermosas ilustraciones con esta chica sin pasado conocido, pobre y quien espera que su familia vuelva por ella después de ser abandonada siendo una niña. Rey recortada por todas estas ruinas de lo que alguna vez fueron potentes naves y artefactos de batalla resulta maravilloso y estremecedor.
Ella cruza su camino con la unidad BB-8 y, luego, con el otro juguete-personaje nuevo: Finn (John Boyega), un soldado de asalto arrepentido de tanta maldad en su primera excursión y quien deserta con dirección a Jakku (luego de ayudar a escapar a Poe). Rey y Finn y BB-8 vale, coincidencias, vale, vale, comienzan su aventura juntos, hay que aceptarlo, pero casi la primera media hora de la película, la más débil, los tiene a ellos ocupando la pantalla, en una presentación de personajes y una intro que es como tener a una joven y femenina versión de Luke buscando su destino en ‘A New Hope’, con un aliado parecido a un Han Solo en pañales (Finn).
Los juguetes-personajes viejos son dos: Han Solo (Harrison Ford) y Chewbacca (Peter Mayhew). Chewbacca está genial en su regreso-regreso. Olvidemos las precuelas. Es gracioso y le pone humanidad. La historia de Han Solo es la mejor. A por lejos. Es la más potente. Es la del mercenario fugitivo y con un fantasma de culpa sobre sus hombros. Eso se comprende entre líneas. Sí, los intertítulos del inicio dicen que el fugado es Luke, pero el realmente fugado que nos importa es Han. Por lo poco y nada que se dice, estuvo años lejos de la rebelión y de la causa rebelde. Y de Leia. Y de su mayor problema: el hijo de ambos, Ben Solo, quien se ha convertido al lado oscuro y es… el poderoso y villano Kylo Ren.
Pudo haber sido mejor, sin duda, con un Han Solo además resintiendo los achaques de la ancianidad. La fatiga de material. Pero no. Sigue en tan buena forma como siempre, pese a las arrugas y las canas.
Abrams eligió priorizar la historia de los juguetes nuevos. Obvio, hay que vender merchandising y empalmar con las dos películas que faltan de la nueva trilogía: Episodios VIII y IX. Pero la película, para funcionar mejor, para quedar en mejor posición, quizás necesitaba jugar con los titulares en su primer tiempo. Con la mejor historia. La de Han. No con los juveniles o suplentes. Han Solo, que aparece tarde, igual llena la pantalla, incluso sin la chispa de ‘El Imperio Contraataca’, pero está, aunque sea a media máquina. No dice tantos chistes ni sarcasmo y su encuentro con Leia (Carrie Fisher) después de ¿años? de separación es trivial y carente de química. No hay frases para el bronce como los “I love you” y “I know”. Ni una pelea digna. Son como un gastado matrimonio dialogando “pagaste la cuenta del gas”? ¿Tú vas a buscar al cabro chico hoy”?, “Tráelo temprano de vuelta del lado oscuro”, ¿”Llevai las llaves del Halcón Milenario?”.
Bueno no tan así. Pero algo así.
Y lo peor de lo mejor: la muerte de Han Solo a manos de su hijo. Sí, es un momento heavy. Power. Pero pudo haber sido tanto mejor. Se pudo haber preparado mejor, se pudo haber construido una mejor tensión en torno a ese hito ¿Qué llevó a Ben Solo, el hijo, al lado oscuro? ¿Sólo el discurso y carisma de El Líder Supremo Snoke? ¿Sólo su devoción a su abuelo Darth Vader?.
En ‘El Imperio Contraataca‘ el viaje de Luke para encarar a su padre le toma una película entera, con entrenamiento incluido. Acá el viaje de Han Solo para encarar a su hijo Ben-Kylo Ren es torpe y truncado por secuencias que parecen más bien sacadas de ‘Star Trek’, como el fome momento “divertido” cuando se liberan dos feroces monstruos, y mal hechos en CGI, a bordo de su carguero –sigue ejerciendo de mercenario que vive endeudado- mientras es encarado por dos bandas de acreedores.
Momento ‘Star Trek’. No ‘Star Wars’.
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UN VILLANO EMO
Hubiera sido tantísimo mejor si el malo de este episodio fuera eso: malo. Ben Solo-Kylo Ren es un malo “emo”. Mamón. Tirado al puchero. Que aún siente el llamado de la Luz pese a estar instalado en el Lado Oscuro. Su competencia con el frío y calculador General Hux (un sobreactuado Domhall Gleeson, imitando a Peter Cushing de ‘A New Hope’) por la aprobación del Líder Supremo Snoke -un holograma enorme que recuerda al desfigurado Gary Oldman como Mason Verger en la película ‘Hannibal‘-, es un poco cartón piedra. Ok, la saga no es especialmente una pieza de Shakespeare: es melodrama de matiné no más. Pero nunca se puede claudicar con la construcción de los villanos. Vader, casi hasta el final, hasta su arrepentimiento hecho para las masas, fue despiadado. Y mientras mejor el villano y rival, mejor el drama. Así lo decía Hitchcock.
Y en su intención de calcar casi a la letra ‘A New Hope’, Abrams filma su propia versión de la cantina de Mos Eisley: hay aliens copeteando, músicos decadentes y ambiente de bar de mala muerte en este ¿templo? de la milenaria y ¿sabia? Maz Kanata (con la correcta voz y actuación “digital” Lupita Nyong’o): una versión arrugada de Tristeza de ‘Intensa-mente’, en color naranja y una alien digital que ayuda a la joven  Rey a encarar su destino de jedi. Es como un Yoda express, así rapidito hablando de la fuerza y los jedis y dando lecciones en una toma porque Maz Kanata tenía guardado el sable de luz que fue de Luke y antes de Anakin.
Y ahora debe ser de Rey.
Está bien jugar al misterio, eso se agradece, pero hay que saber repartirlo y distribuirlo, y el ‘Episodio VII’, con su tono más telesérico y más chulo que la saga original, deja más preguntas que respuestas. Muchos hoyos y huecos sin llenar ¿Por qué Kylo Ren es seducido al lado oscuro? ¿Es Rey hija de Luke en verdad? ¿Qué pasa con el pasado de Finn –el mejor personaje a mi gusto- y por qué Kylo lo tiene identificado? ¿Qué comen en la Resistencia que Leia y Luke engordaron tanto?.
Las respuestas son más bien rápidos y efímeros “tuiteos” dentro de la película –en sentido figurado- y sus desarrollos no dan los cimientos para construir una real tensión. En este melodrama no hay mucho drama por eso mismo. Solo pasan las cosas. Entretenidamente. Pero solo pasan.
Más que una película propiamente tal, que no está mal, que se mueve piola, ‘El Despertar de la Fuerza‘ se disfruta más como un genial parque temático de ‘Star Wars’. Hay muchas cosas que se dicen e insinúan, pero el cine es cine y en sus reglas no valen las palabras sino que las imágenes. Las respuestas es mejor mostrarlas, no decirlas. Y menos como tuits lanzados al descampado que dejan más dudas que certezas.
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EL DÉJÀ VU
J.J. Abrams filmó con precaución y temor y siendo muy quisquilloso esta secuela. La hizo con la plantilla de las primeras, en muchos sentidos se agradece. Pero no hay riesgo. El riesgo razonable que por ejemplo tuvo el director Irvin Kershner en 1980 cuando realizó ‘El Imperio Contraataca’. Kershner, hombre mayor, mentor de Lucas en la Universidad de cine de California, hizo crecer el mundo de ‘Star Wars’ porque, dijo en vida (falleció en 2010), “lo relevante era la historia de los personajes”. Repito, la saga no es Shakespeare ni mucho más. Sólo una película de matiné. Como las de Flash Gordon que inspiraron a Lucas a hacer ‘Star Wars’.
Pero Irvin Kershner, viejo artesano, divertido y un tipo libre, entendió que los efectos especiales y navecitas y espadas de luz estaban al servicio del viaje del héroe. O los héroes. Y por eso, el guión de Lawrence Kasdan y Lucas y la mirada del director, la de Kershner, llevaron a ‘El Imperio Contraataca’ a mundos y estatus nuevos: por ejemplo, la derrota de los buenos y sus oscuros linderos.
Puro drama. O melodrama, si se quiere.
Sí, el secreto de “Soy tu padre” ayudó y mucho a esa película de 1980. Pero hay más que secretos en sus méritos como aventura. ‘El Despertar de la Fuerza‘, por su lado, es una especie de remake, recalco, especie de remake de ‘Star Wars’ y de ‘El Regreso del Jedi‘, además, porque de nuevo es lo mismo: destruir la Estrella de la Muerte, ahora un planeta vivo convertido en arma mortal: StarKiller, que en quizás la escena más absurda, destruye con un rayo triple un puñado de planetas.
Y ahí están otra vez el ataque furtivo de los rebeldes, la lucha David versus Goliat. Y desactivar el escudo que protege a esta máquina aniquila planetas, de nuevo. Pero no hay tensión. No hay riesgo. Todos sabemos que lo van a lograr porque así son los déjà vu: son cosas ya vistas.
Y son además muchas escenas e hitos de la trilogía original, comprimidas y comprimidos en una sola película. Y tenemos de nuevo el caso del héroe que es Nadie (Luke campesino) que se convierte en Alguien (El último jedi). O sea, heroína en este caso. Rey. Rey funciona. Pero también podría funcionar en ‘Los Juegos del Hambre’. Está bien la nueva actriz, Daisy Ridley, pero su camino y proceso de cambio, ok, esto es fantasía y ciencia ficción, pero su cambio resulta ya demasiado inverosímil incluso dentro de estos cánones irreales. De de ser una recolectora de chatarra en los primeros minutos, ya al final es una bacanaza ¿jedi? que usa la fuerza, controla mentes de las tropas de asalto y deja de rodillas en un correcto combate de sables láser al súper poderoso villano, con referencia incluida al sable de luz de Luke incrustado en la nieve, como pasa en el ‘El Imperio Contraataca‘, cuando Luke está atrapado boca arriba en la cueva del planeta de hielo Hoth y usa la fuerza para atraerlo a sus manos.
El caso de Rey es el símbolo del apuro y velocidad rápida que imprime Abrams, como si esto fuera un resumen de todas las películas originales en una sola. Se apura la máquina, la acción, aunque haya forados en la historia.
J.J. Abrams se alejó de las infames precuelas de Lucas, sin duda. ‘Episodio I: La Amenaza Fantasm’, ‘Episodio II: El Ataque de los Clones‘ y ‘Episodio III: La venganza de los Sith’ son entre más o menos y malas. Estamos OK con eso. Pero por lo menos Lucas tuvo las agallas para hacer algo distinto a su creación original. Se arriesgó. Completamente.
Y falló. Completamente. Pero tuvo huevos.
J.J. Abrams eligió seguir siendo él mismo: un director cuyo estilo es no tener estilo. Le tengo más fe a ‘Episodio VIII’, actualmente en rodaje. Su director, Rian Johnson, con películas como ‘Looper’, ha demostrado que la fuerza es fuerte en su trabajo. Tiene marca y sello propios. Riesgo. Como la tenía el mentor de “El Imperio Contraataca’, Irvin Kershner, un talento qué, OMG, qué falta que nos hace.